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El Morado de la Cuaresma y la Lucha por la Igualdad: Un Camino de Reflexión y Resurrección

#8MCuaresma

Para nosotras, las mujeres, esta confluencia no es mera casualidad del calendario, sino un signo providencial que nos convoca a elevar la voz con firmeza, demandando respeto, integración plena y el fin de toda forma de opresión.

#traslashuellasdesophía (3)

En el tapiz litúrgico de la Cuaresma, el color morado se erige como emblema de penitencia y preparación espiritual, un velo de introspección que nos invita a despojarnos de lo superfluo para acoger la esencia del misterio pascual. Sin embargo, en este año particular, el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, se entrelaza con este tiempo sacro, tiñendo el morado de un matiz adicional: el de la dignidad femenina, la reivindicación de la igualdad y el clamor por el cese de la violencia. Para nosotras, las mujeres, esta confluencia no es mera casualidad del calendario, sino un signo providencial que nos convoca a elevar la voz con firmeza, demandando respeto, integración plena y el fin de toda forma de opresión. Como hijas de una tradición milenaria, nos reconocemos no como periféricas, sino como pilares fundamentales de la Iglesia, y es hora de que esta realidad se refleje en su estructura y en su espíritu.

Durante siglos, las mujeres hemos peregrinado al ritmo impuesto por una jerarquía patriarcal, sosteniendo con nuestras manos y nuestros corazones el edificio eclesial. Somos las que animamos las comunidades, educamos en la fe, cuidamos de los vulnerables y mantenemos viva la llama de la caridad. No obstante, con frecuencia se nos relega a roles subalternos, como si nuestra vocación se limitara a las tareas invisibles: limpiar altares, pasar la colecta o realizar las labores que nadie anhela.

 Esta marginación no solo es injusta, sino que contradice el Evangelio mismo, que nos presenta a mujeres como protagonistas activas en la historia de la salvación. Peor aún, entre nosotras persisten voces con mentalidad retrógrada y servil, que sugieren soluciones absurdas: fundar otra Iglesia o migrar a denominaciones que admitan la ordenación femenina. ¿Por qué habríamos de exiliarnos de nuestra propia casa? La Iglesia no es un feudo masculino; es el cuerpo místico de Cristo, donde cada miembro hombre o mujer tiene un lugar irrenunciable. No nos iremos; al contrario, perseveraremos en la transformación desde dentro, porque esta es nuestra herencia y nuestro hogar espiritual.

 La Cuaresma, lejos de ser un período de tristeza o pesadumbre, es un kairos de reflexión profunda, un desierto interior que nos prepara para vivir la Pasión y Muerte de Jesús, pero sin estancarnos en el Viernes Santo. Su culminación es la Resurrección, esa irrupción de vida que disipa las tinieblas y restaura la esperanza. En este contexto, el relato evangélico de María Magdalena adquiere una relevancia profética. Ella, la fiel discípula, acude al sepulcro en la aurora del primer día de la semana, solo para encontrarse con la tumba vacía. El Resucitado se le revela, interrogándola con ternura: "¿Por qué me buscas entre los muertos, si estoy vivo?". Y en un gesto de audacia divina, le encomienda una misión apostólica: "Ve a mis hermanos y diles que he resucitado". Mientras los Doce, paralizados por el miedo, se ocultaban en el Cenáculo, es una mujer quien recibe el mandato de anunciar la Buena Nueva, convirtiéndose en la "apóstol de los apóstoles", como la honró la tradición patrística.

 Esta escena evangélica interpela directamente la doctrina que reserva el sacerdocio exclusivamente a los varones, argumentando que Jesús eligió a doce hombres como apóstoles. ¿Por qué, entonces, el Señor confió a María Magdalena y no a Pedro o Juan, la primicia de su resurrección y la tarea de proclamarla? ¿No revela esto que la vocación al ministerio no se circunscribe al género, sino al discipulado fiel y al coraje en la fe? Los apóstoles, atemorizados, representaban la fragilidad humana; María Magdalena, en cambio, encarnaba la audacia del testimonio. Limitar el sacerdocio al sexo masculino no solo ignora esta dimensión evangélica, sino que perpetúa una exclusión que empobrece a la Iglesia entera. Es tiempo de reinterpretar la tradición a la luz del Espíritu, reconociendo que las mujeres, como María Magdalena, estamos llamadas a ser heraldos de la Resurrección en plenitud, no meras auxiliares.

Que el morado de esta Cuaresma se transfigure en símbolo de unidad y amor, un puente que una la penitencia cuaresmal con la lucha feminista, guiándonos hacia la luz de la verdad. No es un color de luto, sino de transmutación: del desierto a la Pascua, de la opresión a la liberación. En este camino compartido, hombres y mujeres debemos forjar una Iglesia inclusiva, donde la igualdad no sea una concesión, sino un imperativo evangélico. Solo así honraremos el legado de Cristo, quien elevó a las mujeres a la dignidad plena, y prepararemos un futuro donde la Resurrección se manifieste en justicia y fraternidad universal. Que nuestra voz, contundente y profética, resuene como la de María Magdalena: "¡El Señor ha resucitado, y nos llama a todos a anunciarlo!".

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