Óscar Arnulfo Romero y la Reina Ester
#8MCuaresma
Vivieron un tiempo en que el poder decidió que su pueblo podía ser exterminado.
Cuando mis hijas e hijo eran pequeños, vimos juntos la película sobre Óscar Arnulfo Romero. El 24 de marzo, es aniversario de su asesinato en 1980, recuerdo su compromiso con la justicia y comparto mi reflexión. Romero y Ester: la guerra que vuelve a crucificar pueblos Irán como signo de nuestro tiempo
El 24 de marzo no es solo una fecha. Es una herida abierta en la historia y, al mismo tiempo, una semilla que sigue germinando. Recordar a Monseñor Romero no es un acto de nostalgia: es una toma de postura frente a los poderes que siguen decidiendo quién vive y quién muere. Romero nos enseñó a nombrar a las víctimas cuando el lenguaje oficial las convierte en “daños colaterales”. Nos enseñó a devolverles rostro, historia y dignidad.
Romero no solo denunció la violencia: la desenmascaró como pecado estructural. Y eso es lo que hoy estamos llamados y llamadas a hacer frente a la guerra en Irán, al genocidio de Gaza, a las amenazas de invasión a Cuba, a México, a Groenlandia y a la cacería de migrantes en Estados Unidos por el ICE. Porque cuando la guerra se presenta como inevitable, cuando se reviste de discursos de seguridad, defensa o estabilidad, cuando se normaliza el sufrimiento de pueblos enteros, lo que está ocurriendo no es solo política internacional: es la negación del Reino.
El Reino que no se impone desde arriba, no se construye desde el miedo, no nace del poder que domina. El Reino nace y sigue naciendo en quienes resisten. La misma herida, la misma esperanza Irán, Gaza, Cuba, México, Groenlandia, comunidades de migrantes en Estados Unidos: En todos estos territorios, el poder ejerce el mismo derecho: decidir qué cuerpos pueden ser sacrificados para sostener el orden.
Distintos nombres. La misma herida. Y también, la misma fuerza. Porque frente a la lógica de la guerra que deshumaniza, fragmenta y destruye, los pueblos siguen respondiendo con otra lógica: la del cuidado, la de la comunidad, la de la dignidad compartida. Esa fuerza no viene del poder. Viene de abajo. Ahí está la RUAH y el pueblo vuelve a evangelizar al mundo. Por eso recordarlo no es suficiente.
Hoy, como ayer, la fidelidad a Romero pasa por una decisión: ¿del lado de quién estamos? Del lado del poder que justifica la guerra, o del lado de los pueblos que la padecen. Porque, como él mismo lo dijo: “si me matan, resucitaré en mi pueblo”.
Hoy, Romero resucita también en Irán, en Cuba, en Gaza, en Groenlandia, en México, en las y los migrantes. En cada cuerpo que resiste. En cada vida que se niega a ser reducida a cifra. Y ahí, en medio de la guerra, la esperanza vuelve a nacer.
La vida de Óscar Arnulfo Romero me recuerda a Ester, la mujer de la Biblia, que también vivió un tiempo en que el poder decidió que su pueblo podía ser exterminado. Cuando el miedo le pedía callar, respondió con una decisión que atraviesa la historia: “y si perezco, que perezca” (Est 4,16). No era resignación: era conciencia. Era comprender que a veces callar equivale a morir.
Hoy, las mujeres de Irán, las madres de Gaza, las mujeres que sostienen la vida en Cuba, en México , en Groenlandia y en las comunidades migrantes encarnan esa misma decisión: ponerse del lado de la vida, aun cuando el poder amenace con la muerte.