Quien vive la Cuaresma en profundidad no llega igual al final. Llega transformada/o
#8MCuaresma
En este combate, el alma no puede improvisar. Necesita ser formada, fortalecida, purificada.
La Cuaresma no es simplemente un período dentro del calendario religioso; es un umbral espiritual, un llamado radical a morir a lo superficial para despertar a lo eterno. Hablar de conversión en este tiempo no es hablar de mejoras externas o ajustes morales ligeros, sino de una ruptura interior, de un giro total del alma hacia Dios.
La conversión auténtica duele. Implica reconocer las sombras que habitan en lo profundo, desmontar los ídolos invisibles el orgullo, el apego, la autosuficiencia y permitir que la luz divina penetre hasta los rincones más ocultos del ser. No es un proceso cómodo, pero es profundamente liberador. Porque solo quien se vacía de sí mismo puede ser llenado de lo eterno.
Y es precisamente este vaciamiento el que prepara para el gran combate espiritual.
No se trata de una lucha simbólica o lejana. Es una batalla real, silenciosa y constante, que se libra en el interior del hombre. Cada pensamiento, cada decisión, cada acto es un campo donde se enfrentan fuerzas invisibles: la verdad contra el engaño, la fidelidad contra la traición, el amor contra el egoísmo.
En este combate, el alma no puede improvisar. Necesita ser formada, fortalecida, purificada. Por eso la Cuaresma es escuela y desierto al mismo tiempo. En el silencio del desierto, el alma aprende a escuchar; en la disciplina, aprende a resistir; en la oración, aprende a depender de Dios.
Así como Jesús de Nazaret fue conducido al desierto antes de manifestar su misión, también cada alma es llevada a su propio desierto interior. Allí, lejos del ruido y de las seguridades falsas, se revela la verdad: quién es Dios y quién es realmente el hombre.
Y es en ese lugar donde se decide todo.
Porque el gran combate espiritual no es solo resistir el mal, sino elegir el bien de manera consciente, firme y perseverante. Es decir “sí” a Dios cuando todo dentro y fuera empuja al “no”. Es permanecer en la luz cuando la oscuridad parece más fácil.
La Cuaresma, entonces, no prepara simplemente para una celebración; prepara para una victoria. Pero no una victoria visible según los criterios del mundo, sino una victoria interior, silenciosa, definitiva: la del alma que ha sido conquistada por Dios y ya no pertenece al miedo, ni al pecado, ni a la muerte.
Quien vive la Cuaresma en profundidad no llega igual al final. Llega transformado. Llega más libre. Llega más verdadero.
Y sobre todo, llega listo.
Listo para el combate.
Listo para la entrega.
Listo para la vida nueva.
Ailin Katherine Palmera Amaya
Secretaria de comité de planeación en Afrihealth Optonet Association
Matrona Global (ECOSOC) ONUE
Embajadora de la paz
Embajadora de la salud África
Asesora Cumbre de las Américas