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El caso Zornoza, archivado

Calores y bochornos

Los vaivenes climáticos aparecen con frecuencia en boca de los personajes bíblicos

Nunca como este verano había sido tan citado el profeta Jonás porque, sin saberlo, cada vez que hemos dicho “¡Me muero de calor!” o “¡Hace un calor de muerte!, estábamos repitiendo sus palabras “Más vale morir que vivir”. Se sentía achicharrado en un mediodía de Nínive, con un viento solano bochornoso y ya sin la sombra protectora del ricino que se había secado.

El encinar de Mambré debía estar también en aviso naranja aquel mediodía en que Abraham, “sentado a la puerta de la tienda por el calor”, recibió la visita divina. La hora no podía ser más intempestiva y suponía un retroceso en las costumbres de la divinidad en los comienzos, cuando esperaba el fresco de la tarde para pasear por el jardín.

Los vaivenes climáticos aparecen con frecuencia en boca de los personajes bíblicos: Jacob reprochaba a su suegro Labán que, cuando estaba a su servicio, “de día me consumía el calor y de noche el frío, y no conciliaba el sueño”. Era la misma queja de los jornaleros que protestaban por “haber cargado desde primera hora con el peso del día y el bochorno”. Jeremías deseaba que soplara el viento de levante sobre sus enemigos y el protocolo sobre el maná señalaba que había que recogerlo temprano porque luego “el calor del sol lo derretía”.

Como nada es perfecto, David pasaba frío de viejo “y por más ropa que le echaban encima, no entraba en calor”. Aunque mi feminismo no sea muy combativo, prefiero no ser yo la que cuente la solución que le dieron sus cortesanos: mejor que cada cual la lea en su Biblia (1Re 1)

A Jesús le parecían unos hipócritas los que sentenciaban: “Sopla el viento sur, va a hacer calor” pero no sabían después reconocer las señales de reino. Seguramente rezó más de una vez lo de “Fuego y calor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos” y recitó el salmo que compara la Torah con la carrera triunfante del sol y “nada se escapa de su calor”.

Y quizá algún día, cuando ya refrescaba en Nazaret después una jornada muy calurosa, le oyó decir a su madre, tan experta en las cosas de Dios, que así debía ser su Espíritu, una brisa suave en las horas de fuego.

(Vida Nueva, Septiembre 2025)

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