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Costumbres, trdiciones, sábados y otras adicciones

Cuando vuelva el Hijo del Hombre, ¿le dejaremos ser Señor de nuestros “sábados”?

Recordemos la escena de Mc 2, 23-27: Jesús y sus discípulos atraviesan unos sembrados en sábado, arrancan espigas, las frotan y se las comen; a los fariseos les parece mal y les acusan ante Jesús: “Mira lo que hacen en sábado: algo prohibido”. Sin embargo la reacción de Jesús es virulenta: se remonta nada menos que a los tiempos de David y el sumo sacerdote Abiatar y les recuerda lo que hizo el rey: tenía hambre, entró en el templo y se atrevió a tomar, comer y repartir entre los suyos unos panes superprohibidísimos que estaban sobre el altar y que solo podían tocar y comer los sacerdotes. Y después de soltar esta parrafada solemne para “sentar jurisprudencia”, pronuncia una sentencia categórica y sin derecho a réplica: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado. El Hijo del hombre es Señor del sábado”.

¿No resulta todo un poco desproporcionado? ¿No podían ellos haberse defendido solos? ¿No está exagerando la defensa de sus discípulos que, al fin y al cabo tampoco estaban amenazados de muerte? ¿Era necesario “sacar los tanques” (la historia, la monarquía, el culto, el quebrantamiento de una ley litúrgica…) para aplastar un ratón?

Resulta evidente que le exasperaban los mil preceptos y normas adicionales que asfixiaban el esplendor del sábado ¡el día para el Señor! Y me pregunto con cierto temor si no sentiría una exasperación parecida al visitarnos por sorpresa y vernos aferrados como percebes a la roca de rutinas anquilosadas, viejas prácticas y ritos inútiles.

Son “sábados” nuestros que no nos dejamos cuestionar porque nos resultan cómodos y solo quien llega nuevo a la comunidad les pone internamente su verdadero nombre: manías que se camuflan bajo el disfraz de tradiciones respetables.

Anécdota reciente: un recién llegado a la comunidad, tira al cabo de pocos días un montón de cajas de medicinas caducadas de años que estaban en el armario del comedor. Ceños fruncidos, caras de reproche y mensaje subliminal: “Deja-las-cosas-como-están”. Posiblemente se precipitó al no preguntar, pero quizá aquellas cajas caducadas desprendían el olor rancio de una inmovilidad mortecina y él necesitaba sentirse vivo.

Cuando vuelva el Hijo del Hombre, ¿le dejaremos en los conventos ser Señor de nuestros “sábados”?

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