Donde haya una comunidad católica en América Latina, debe haber también una voz a favor de la democracia
Hay esperanza: el pueblo latinoamericano confía mucho en Dios y aún hay un terreno fértil con herederos del pensamiento que nos convirtió en una Iglesia fuente.
Ser católico en América Latina ya no implica ser de izquierda o de derecha de manera automática. En la segunda mitad del siglo XX, con el impacto del Vaticano II (1962-1965) y las conferencias episcopales de Medellín (1968) y Puebla (1979), predominaba en la región un ambiente de cercanía con los pobres. Hoy, es visible la diversidad ideológica que habita en los templos.
Cuando se cumplen casi 20 años de la conferencia de Aparecida, la Iglesia del continente debe prepararse para asumir su rol de liderazgo social en esta nueva época. Sean cuales sean las voces católicas que guíen ese futuro, que ya es presente, es importante que apoyen la democracia, el sistema que permite frenar las dictaduras y los totalitarismos que tanto nos agobian.
La política es uno de los terrenos donde más se necesita el testimonio coherente de la Iglesia católica en esta nueva época. Dos imágenes del pasado domingo ayudan a pensar el rol del catolicismo en la disputa de sentido que atraviesa la sociedad latinoamericana en 2026. En Venezuela, María Corina Machado hizo su primera aparición pública en la Iglesia de Santa Rosa (Santuario de la Divina Pastora), en Barquisimeto, estado Lara, mientras varios fieles gritaban «¡Es un milagro!». En Brasil, millones de católicos salieron a votar por Luiz Inácio Lula da Silva y su proyecto de izquierda en la mayor economía de la región. Frente a una ola de iglesias evangélicas legitimando a la ultraderecha del movimiento bolsonarista, en los barrios humildes, como las favelas, la fe es un hecho cultural y está ligada a teologías cercanas al pueblo. La imagen de Leonardo Boff junto a Lula parece el último baile de un movimiento eclesial que dice adiós a sus años de gloria.
El recién publicado documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Venite ad me (Venid a mí), retoma en su punto 45 unas preguntas de la encíclica Magnifica humanitas, de León XIV, que ya no pueden eludirse: ¿qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos? Para los católicos, esas preguntas son claves en medio de un mundo que nos exige participar y salir de “los conventillos espirituales”.
Ser católico en América Latina ya no implica ser de izquierda o de derecha de manera automática. En la segunda mitad del siglo XX, con el impacto del Vaticano II (1962-1965) y las conferencias episcopales de Medellín (1968) y Puebla (1979), predominaba en la región un ambiente de cercanía con los pobres. Hoy, es visible la diversidad ideológica que habita en los templos. Sabemos lo que le ocurrió a la Teología de la Liberación tras la conferencia de Santo Domingo, en 1992, por eso no es casual que su influencia sea tan escasa. Aun con los desmanes y, en ocasiones, el mal manejo de las estructuras de la fe por parte de sus representantes, que abrieron la puerta a teologías como la de la prosperidad, la religión que se piensa desde los excluidos como dijera Mons. Pedro Casaldáliga sigue siendo un factor decisivo en el continente.
El sujeto religioso católico no es un actor político cualquiera en América Latina: aglutina millones de fieles y puede cambiar las reglas del juego en decisiones vitales para una nación. Aunque muchas Iglesias brasileñas han sido arropadas por el movimiento ultraderechista, con corrientes fundamentalistas y conservadoras como las del candidato Flávio Bolsonaro. Los grupos tecno-religiosos de poder no pudieron impedir la victoria del progresismo y el deseo de una praxis social donde primereen las clases más humildes. Este escenario es una oportunidad para que las antiguas Comunidades Eclesiales de Base, símbolo de los movimientos populares del continente, recuperen su ADN y vuelvan a las calles a acompañar a su gente. En Venezuela, por su parte, la Iglesia católica debe ser una plataforma capaz de acompañar y validar las elecciones, cercanas y esperadas, que surjan de la mesa de diálogo instalada con diversos actores políticos para que sea pacífica la salida del sistema dictatorial en el poder .
Hace falta una nueva teología latinoamericana que sintetice las aspiraciones de los fieles y abogue por la unidad en la diversidad para romper la cultura de polarización. Venite ad me ofrece una clave en el punto 54, donde retoma Evangelii gaudium: «Nuevas culturas continúan gestándose en estas enormes geografías humanas [las metrópolis] en las que el cristiano ya no suele ser promotor o generador de sentido, sino que recibe de ellas otros lenguajes, símbolos, mensajes y paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en contraste con el Evangelio de Jesús. Una cultura inédita late y se elabora en la ciudad». Para construir esa «magnífica humanidad» a la que invita León XIV en su primera encíclica, se necesitan voces proféticas que denuncien las injusticias en nombre del Evangelio y den testimonio de cercanía con el pueblo. Se necesitan nuevos discursos teológicos que alimenten la espiritualidad de los fieles.
Cuando se cumplen casi 20 años de la conferencia de Aparecida, la Iglesia del continente debe prepararse para asumir su rol de liderazgo social en esta nueva época. Sean cuales sean las voces católicas que guíen ese futuro, que ya es presente, es importante que apoyen la democracia, el sistema que permite frenar las dictaduras y los totalitarismos que tanto nos agobian. Hay esperanza: el pueblo latinoamericano confía mucho en Dios y aún hay un terreno fértil con herederos del pensamiento que nos convirtió en una Iglesia fuente.