José Cristo Rey García Paredes: "Luis Alberto Gonzalo era generoso, tierno, pero también claro y explícito cuando hacía falta"
"Desbordante, generoso, incapaz de contener lo que llevaba dentro y de pedir ayuda cuando no podía más"
Volvió a los suyos y con los suyos encontró su final… apenas comenzado este año nuevo 2026.
No voy a enumerar fechas ni datos biográficos. Hablo directamente a quienes lo conocimos: a quienes compartimos con él años de comunidad y misión; a quienes encontraron su pensamiento en los libros que escribió y en las innumerables páginas de la revista Vida Religiosa, que dirigió durante tantos años con pasión incansable; a quienes lo escucharon en conferencias, encuentros y celebraciones que parecían no tener fin.
Luis Alberto Gonzalo vivió con una intensidad que marcaba. Apasionado hasta el último aliento, quizá imaginó alguna vez sus días finales en un asilo de las Hermanitas de los Pobres —a quienes profesaba un amor especial—, pero la Providencia tenía otros planes. Lo ha llamado apenas comenzado este 2026, recién llegado de otro de sus largos viajes desde América. El último.
Siempre me recordaba aquel pasaje evangélico de la barca repleta de peces, tan cargada que pedía ayuda a la otra embarcación. Así era él: desbordante, generoso, incapaz de contener lo que llevaba dentro y de pedir ayuda cuando no podía más.
Tuve el privilegio de acompañarlo en la elaboración y defensa de su tesis doctoral sobre La Comunidad religiosa, mientras los dos compartíamos la misma comunidad. Lo vi interpelar a cada autor, a cada teoría que abordara las interconexiones personales, locales y globales; el nuevo liderazgo; la comunidad como tejido vivo, los pasos necesarios para la transformación. Los nombres que consultó en sus lecturas fueron incontables. En todos ellos descubría lo mismo: lo más divino escondido en lo más humano.
Era generoso, tierno, pero también claro y explícito cuando hacía falta. Siempre tenía un mensaje nuevo que ofrecer, una urgencia a la que atender. Fue elegido superior provincial, después superior local. Defendía a su rebaño de los lobos con firmeza. Si insistía tanto en la comunidad, en la integración, en la conexión, en los pasos necesarios y urgentes hacia adelante… era por algo profundo que había comprendido.
Sobrenadaba a las críticas y desprecios. Respondía imperturbable con más entrega y acción. Y así demostraba la valentía interior que el Espíritu le concedió.
Ya está en el cielo, después de tantos viajes transatlánticos. Una de las primeras noticias de su muerte me llegó, precisamente, desde Brasil. El mundo que él tejió con sus palabras y presencia ahora lo despide desde muchas orillas.
Volvamos a releer sus páginas en Vida Religiosa. Allí descubriremos abundantes motivos para dar gracias a Dios por la vida y la misión de Luis Alberto Gonzalo Díez, presbítero y misionero claretiano. Un hombre que supo ser, hasta el final, hermano e incansable misionero.