Recibir a León XIV es dejarnos sorprender
¿Y si, en lugar de respuestas, su presencia nos dejara preguntas abiertas, inquietudes necesarias, fisuras por donde entre de nuevo el Evangelio?
Introducción: una visita que viene a despertarnos
La próxima visita del papa León XIV a España no puede reducirse a un acontecimiento protocolar ni a una celebración devocional. Tal vez convenga acercarse a ella con otra disposición: no tanto para confirmar lo que ya sabemos, sino para dejarnos sorprender. ¿Qué ocurre cuando un sucesor de Pedro llega a una Iglesia que cree conocerse a sí misma? ¿Y si, en lugar de respuestas, su presencia nos dejara preguntas abiertas, inquietudes necesarias, fisuras por donde entre de nuevo el Evangelio?
Recibir a León XIV no será simplemente escucharlo, sino aprender a mirar como quien vuelve a ver por primera vez: con la sorpresa de un niño que no da nada por supuesto. Porque su pontificado sigue la senda de Francisco: el Evangelio no es una doctrina para conservar en la nevera, sino un fuego que da Vida a la historia, especialmente allí donde esta deja dolor.
Allí comienza la paz que tanto anhelamos: en los heridos del camino. Llamarse León XIV es asumir la Doctrina Social de la Iglesia no como un añadido, sino como núcleo. Porque ¿qué significa creer si la fe no transforma la vida social? ¿Qué Iglesia se construye cuando el amor no toca las estructuras que generan exclusión y olvido?
I. Un Evangelio que incomoda: pobres, periferias y sinodalidad
León XIV es “mensajero de la paz” no de la “tranquilidad dogmática”. Señala lugares y procesos: migrantes, periferias, guerras, economías que matan. Y en ese gesto, más que responder, desplaza nuestras seguridades. Pero hay un acento que atraviesa su predicación y que, en el contexto español, resulta desafiante: la sinodalidad como forma de ser Iglesia, de construir la paz juntos.
No solo como método, sino como conversión: caminar juntos, discernir juntos, decidir escuchando a todos. Y aquí aparece la primera gran pregunta: ¿es esto realmente asumible en una Iglesia acostumbrada a funcionar desde la verticalidad? ¿Qué ocurre cuando la autoridad deja de entenderse como poder que somete conciencias y se vive como servicio que libera y hace crecer?
El problema es que esta propuesta choca con una realidad persistente: el clericalismo. Esa cultura que hiper-sacraliza al clero, reduce el papel de los laicos, invisibiliza a las mujeres, descalifica los sacerdotes casados y sospecha de toda participación real. Una mentalidad que dificulta profundamente el “caminar juntos”.
Y entonces surgen más preguntas incómodas:
¿cómo hablar de sinodalidad si no se está dispuesto a renunciar a privilegios?
¿cómo escuchar de verdad si ya se ha decidido quién puede hablar y quien no?
Esta tensión no es abstracta. Se vuelve dramática en heridas concretas como la pederastia. Allí donde la Iglesia debía escuchar, muchas veces ha respondido con silencio o lentitud, como en el caso del encubrimiento del obispo Zornoza entre muchos casos. ¿Puede haber comunión sin justicia? ¿Puede haber Iglesia creíble sin verdad y reparación?
II. España ante el espejo: identidad, resistencias y sesgos
El mensaje de León XIV no solo interpela a la Iglesia. También confronta el contexto cultural. En España —como en otros lugares— asistimos al resurgir de discursos que identifican la fe con una identidad cultural cerrada. Una fe manipulada como frontera. Como defensa. Como pertenencia que se suma a la ola de la polarización del todo o nada, propio de ideologías totalitarias.
Pero el Papa insiste: el cristianismo no es una identidad que proteger, sino una vida que compartir, una vida que también asume la autocrítica cuando sus dirigentes, junto con el anuncio del Evangelio, fueron también cómplices de cruzadas, inquisiciones y colonialismos aún latentes. Porque una historia que no se autocritica no es evangélica ni es camino hacia el Reino de Dios.
El Evangelio no solo cuestiona, sino modos de estar en el mundo. Y en este punto España aparece como un caso paradigmático: una sociedad que se moderniza rápidamente en economía, tecnología o cultura, pero que muestra resistencias profundas a la renovación eclesial y al diálogo democrático. Es algo que, después de tantas décadas de dictadura sobreprotectora, no entiende, ni se esfuerza mucho por entender.
¿Por qué?
¿Por qué tanta apertura en unos ámbitos y tanta rigidez en otros?
Tal vez porque en el terreno religioso siguen operando inercias no resueltas: nostalgias de cristiandad, vínculos entre fe y poder, refugios en formas del pasado que ofrecen seguridad.
En este contexto, la visita de León XIV corre otro riesgo: ser apropiada, interpretada, instrumentalizada. Muchos querrán capitalizar su presencia, incluso con el apoyo de medios afines, para reforzar sus propias posiciones.
Pero hay un problema más profundo aún: los sesgos de confirmación. Todos tendemos a escuchar lo que encaja con nuestras ideas y a ignorar lo que nos cuestiona. Y así, incluso un mensaje que pretende renovar puede ser neutralizado.
¿Escucharemos realmente a León XIV… o solo lo que queremos oír?
¿Permitiremos que su palabra nos transforme… o la reduciremos a lo ya conocido?
Conclusión: recibir a Pedro para nacer de nuevo o quedarse igual
Quizá la clave de esta visita esté en una intuición radical: con León XIV hay que “nacer de nuevo” al Evangelio. No repetir formas por repetir, no restaurar seguridades, no defender lo conocido porque es cómodo. Sino dejarnos desinstalar por el portador de la Misericordia de Cristo.
¿Estamos dispuestos a eso?
¿A revisar estructuras, mentalidades, prácticas?
¿A reconocer que algunas formas de vivir la fe ya no son evangélicas, aunque nos resulten cómodas?
Recibir a León XIV será, en el fondo, una experiencia de discernimiento. No tanto sobre él, sino sobre nosotros. Escuchar, pensar y actuar no como eslogan, sino como proceso real de conversión.
Tal vez, al final, lo más importante no sea lo que diga, ni los gestos que haga, ni las imágenes que queden. Sino lo que deje abierto y el fuego que encienda.