Monseñor Silvio José Báez:"Nicaragua camina herida, pero siempre hambrienta de libertad, paz y justicia"
El obispo auxiliar de Managua, en el 8º. aniversario de las manifestaciones pro democracia de 2018 en Nicaragua: "El régimen ha impuesto un estado policial represivo que ha eliminado todas las libertades y ha dejado una dolorosa secuela de cárcel, exilio y muerte"
Queridos hermanos y hermanas:
En este tercer domingo de Pascua hemos escuchado el encantador relato de los discípulos de Emaús. Dos de los discípulos de Jesús, testigos de su crucifixión, regresan tristes y desilusionados a Emaús.
Mientras caminaban y conversaban sobre todo lo sucedido en esos días en Jerusalén (Lc 24,14). La muerte de Jesús, en quien habían confiado y a quien habían seguido, les había provocado una profunda desilusión. Al caminar, iban hablando de lo que había pasado; sentían la necesidad de recordar y compartir lo que habían vivido. Sin embargo, aun conversando, seguían encerrados en el doloroso pasado que los entristecía, sin vislumbrar ningún motivo de esperanza.
La experiencia de estos discípulos me trae espontáneamente a la mente la historia reciente del pueblo de Nicaragua, que hace ocho años se rebeló pacíficamente frente a una dictadura criminal que reaccionó con violencia, reprimiendo y asesinando a centenares de nicaragüenses. El régimen ha impuesto un estado policial represivo que ha eliminado todas las libertades y ha dejado una dolorosa secuela de cárcel, exilio y muerte. Como los dos discípulos de Emaús, Nicaragua camina herida, muchas veces con incertidumbre, pero siempre hambrienta de libertad, paz y justicia.
Cuando cargamos a las espaldas una historia tan dolorosa, corremos el riesgo de desanimarnos y perder la esperanza, como les ocurrió a los discípulos de Emaús. Iban caminando, pero seguían encerrados en los eventos dolorosos ocurridos hacía pocos días cuando vieron morir a Jesús, sin encontrar un motivo para seguir adelante. El evangelio de hoy es un anuncio gozoso para los nicaragüenses. Nos recuerda que no estamos solos. El Señor Resucitado está vivo y camina con nosotros. Comparte nuestro dolor, desea abrirnos los ojos y darnos la fuerza para reconstruir el país y crear un futuro de justicia y libertad para todos.
Mientras aquellos dos discípulos caminaban, Jesús se acercó para conversar con ellos. Los dos le cuentan la tristeza que les ha producido la crucifixión de su Maestro y la desilusión que viven, pues esperaban que fuera él quien liberara a Israel (Lc 24,21). Hablan de lo que han vivido, pero se limitan a la corteza de los eventos, a lo exterior, y solo ven un fracaso que los ha desilusionado profundamente.
Jesús comienza a interpretar los mismos eventos, atravesando su corteza exterior y penetrando en su interior. Comienza a explicarles “todo lo que se refería a él en toda la Escritura” (Lc 24,27). Les muestra que su muerte en la cruz era el cumplimiento de toda la historia de amor y salvación de Dios en favor nuestro. Su condena y su muerte en la cruz entraban misteriosamente en el designio divino. “Era necesario que el Mesías padeciera todo esto para entrar así en su gloria” –les explica Jesús– (Lc 24,26).
Les habla de su muerte injusta desde la acción admirable de Dios, que reorienta todo, incluido el odio criminal, hacia el triunfo del bien, de modo que, de la culpa brote, como un milagro, el fruto espléndido de la vida. Habla de su pasión y de su muerte como de una acción misteriosa de Dios, que ha hecho que de la cruz brote la victoria de la misericordia y el acontecimiento prodigioso de la salvación divina.
Escuchando a Jesús, los dos discípulos comienzan a entender que la cruz no fue ausencia, sino plenitud de Dios. El Crucificado no fue un fracasado, sino la encarnación suprema del misterio y del amor de Dios. Las palabras de Jesús les cautivan. Después dirán que su corazón ardía. Jesús les ayuda a interpretar lo vivido a la luz de su resurrección para que puedan ver la realidad con los ojos de Dios. La mano poderosa de Dios se ha revelado no en el odio criminal y la violencia, sino en el amor sin límites del Crucificado. La mano de Dios se ha revelado en la cruz, allí donde todo parecía imposible y donde se imponía lo absurdo.
Jesús Resucitado nos ofrece a los nicaragüenses razones para esperar y nuevas fuerzas para seguir comprometidos con la construcción de un futuro mejor. Con Jesús a nuestro lado, caminando con nosotros, el dolor padecido puede convertirse en un nuevo estímulo para seguir luchando; podemos descubrir en nuestra impotencia la fuerza de Dios que nos empuja a caminar; los errores cometidos pueden transformarse en una enseñanza para enderezar el camino; la tristeza y el desánimo pueden convertirse en una fortaleza para cambiar la historia.
No hay que caer en la ingenuidad de creer que quienes se imponen con las armas son los vencedores. No hay que dejarse engañar por la lectura deformada de la historia que hacen los criminales en el poder, quienes se presentan como víctimas y llaman culpables a las víctimas. La resurrección de Jesús nos asegura que lo que pudo haber parecido una derrota hace ocho años, como pareció su crucifixión, ha sido la gran victoria de un pueblo que ya está resucitando, al no resignarse al sometimiento injusto ni al secuestro de su propia historia.
Los discípulos invitan a Jesús a quedarse con ellos. Sentados a la mesa, Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y lo comparte con ellos (Lc 24,30). A los dos discípulos “se les abrieron los ojos y lo reconocieron” (Lc 24,31). En aquel pan partido está presente Jesús, que nos alimenta con la fuerza de su amor en cada eucaristía. En el pan eucarístico está la fuerza que nos sostiene y el amor que nos guía. Los nicaragüenses no solo somos un pueblo valiente, sino también creyente. Que Jesús, el Pan de la vida, sostenga siempre nuestro caminar y sea nuestro alimento en los momentos de duda y de cansancio.
Delante de aquel pan partido, los discípulos terminan de comprender el sentido de la historia. La eucaristía nos enseña cómo se construye el futuro: volviéndonos pan partido para la vida del mundo. Los nicaragüenses no debemos olvidarlo. No se trata de ir por más victorias, sino de atrevernos a perder por amor, darnos generosamente para que otros vivan y seguir luchando para que pueda surgir una convivencia en libertad, justicia y paz, sin vencedores ni vencidos.
Los dos discípulos volvieron a Jerusalén, donde estaban los demás, para contarles lo que habían vivido. Vuelven de noche, pero iluminados por dentro. Jesús nos hace desandar los caminos del miedo, del fracaso y de la tristeza. Nos libera de la tentación de huir a Emaús, nos envía a los demás y nos vuelve a insertar en la historia. Con la fuerza del Señor Resucitado y bajo la mirada amorosa de la Purísima, Madre de nuestro pueblo, caminemos con esperanza, compartamos el fuego de la fe y estemos siempre dispuestos a construir, con optimismo y generosidad, el futuro digno que nuestro pueblo merece.