Jesús evangeliza a una mujer y, a través de ella, a su pueblo (Domingo 3º Cuaresma A 08.03.2026)
Misión fructífera: “muchos samaritanos creyeron por el testimonio que había dado la mujer”
Queremos, Cristo Jesús, vivir “el don de Dios”, dejarnos conducir por él
Comentario: “Si conocieras el don de Dios...” (Jn 4, 5-42)
Jesús decide volver a su tierra, a Galilea, ante la envidia de los fariseos (Jn 4,1-3). “Era necesario (ἔδει: estaba siendo necesario) que él pasara a través de Samaría” (Jn 4,4). Geográficamente no “era necesario”. Jesús siente la “necesidad” de anunciar el “agua viva”, su evangelio, al pueblo marginado.
Cansado del camino, se sienta junto a un pozo cerca del pueblo. Sus discípulos han ido a por comida. Llega una mujer. Jesús le pide agua. Ella le recuerda la enemistad popular: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos)”. Los judíos insultaban a Jesús por “samaritano”: “¿No decimos bien nosotros que eres samaritano y que tienes un demonio?” (Jn 8, 48). Lucas cuenta un episodio en Samaría, donde no quieren recibir a Jesús “porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén” (Lc 9,51-55).
Ante el reparo de la samaritana, Jesús la invita a soñar: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice `dame de beber´, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. Agua despierta, no estancada, que corre, que va fecundando y alegrando. La mujer se resiste a soñar: “Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?”. Jesús le razona: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. Ella, sin entender, le pide: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”.
A partir de este momento, Jesús usa otro camino para anunciarle quién es y qué ofrece. Ahora la mujer simboliza al pueblo samaritano. El número cinco cambia el significado de “marido”. Samaría sólo acepta los cinco libros del Pentateuco. Venían de cinco ciudades, “en lugar de los hijos de Israel” (2Re 17,24), y tenían cinco “edificios de las alturas” (2Re 17,29-31). Jesús “le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad»”. Marido es “señor, dueño, dios”. Traduce el hebreo “ba´al”: esposo, amo, señor, maestro y un dios pagano. La mujer-Samaría “ha tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido”. Ahora adoran a otro falso “dios”.
La mujer empieza a entender a Jesús: “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”. Le llama “Señor” y “profeta” como Moisés. Le plantea su tradición en el monte Garizín. Jesús propone un culto nuevo: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad” (4,21-24).
Jesús le anuncia su identidad: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo”. Ante esta expectativa, Jesús le declara abiertamente: “Soy yo, el que habla contigo” (4,25-26).
“En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?»”. Como Jesús no sigue las normas judías con la mujer, los discípulos callan. Ella se hace misionera: “La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él” (4,28-31).
Se intercala un diálogo de Jesús con los discípulos. Le ruegan que coma lo que acaban de comprar. Les habla de “un alimento que vosotros no conocéis”: “hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra”, evangelizar. Lo importante es “la obra” del Padre, el reino de justicia, verdad…
La misión ha sido fructífera: “muchos samaritanos creyeron por el testimonio que había dado la mujer”. Ante el ruego popular, se quedó dos días. “Creyeronmuchos más por su predicación: nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo” (4,39-42).
Oración: “Si conocieras el don de Dios...” (Jn 4, 5-42)
Hoy, Jesús, somos evangelizados por una mujer:
“era necesario que pasaras a través de Samaría”;
“necesidad” no geográfica, sino de tu espíritu misionero;
allí te esperaba una mujer y su pueblo marginado.
Le pides agua porque tienes sed:
ella tiene lo necesario para obtenerla, tú no;
ella está cargada de prejuicios: un varón y además judío,
que se rebaja a pedirme agua es muy raro.
Tú conoces y vives el “don de Dios”:
el amor, libre de prejuicios sociales y religiosos,
amor “que hace salir su sol sobre malos y buenos,
y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45).
Quieres abrirle la mente y el corazón:
“Si conocieras el don de Dios
y quién es el que te dice “dame de beber”,
le pedirías tú, y él te daría agua viva”.
¡Qué hermosa imagen: “agua viva”!
agua despierta, no estancada, que corre,
que va fecundando y alegrando;
es “el amor de Dios derramado en nuestros corazones
por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5).
La mujer se resiste a soñar:
“Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo,
¿de dónde sacas el agua viva?
Tú, Señor, sigues incitándola a soñar:
“El que bebe de esta agua vuelve a tener sed;
pero el que beba del agua que yo le daré
nunca más tendrá sed;
el agua que yo le daré se convertirá dentro de él
en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.
Como no acaba de entender, te pide:
“Señor, dame esa agua: así no tendré más sed,
ni tendré que venir aquí a sacarla”.
Ante la incomprensión, cambias la conversación:
- “Anda, llama a tu marido y vuelve”;
- “No tengo marido”.
- “Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco,
y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”.
La mujer, Jesús de todos, empieza a entender:
- “Señor, veo que tú eres un profeta.
Nuestros padres dieron culto en este monte,
y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto
está en Jerusalén”.
Te llama “Señor” y “profeta”:
intuye el misterio de amor que le anuncias;
ella, como su pueblo, habían cambiado de “amor”;
había adorado diversos “maridos: señores, dueños, dioses”;
y seguían entregando su vida a “maridos, ídolos falsos”.
Y ya, abiertamente, le anuncias tu misterio:
“Créeme, mujer: se acerca la hora, ya está aquí,
en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre
en espíritu y verdad,
porque el Padre desea que lo adoren así.
Dios es espíritu, y los que lo adoran
deben hacerlo en espíritu y verdad”.
Ella también te esperaba:
“Sé que va a venir el Mesías, el Cristo;
cuando venga, él nos lo dirá todo”.
Ante esta expectativa, revelas tu identidad:
“Soy yo, el que habla contigo”.
Esta manifestación, Cristo Jesús,
provocó la fe de aquella mujer.
“Entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo
y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre
que me ha dicho todo lo que he hecho;
¿será este el Mesías?».
Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él
por el testimonio que había dado la mujer:
«Me ha dicho todo lo que he hecho».
Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos,
le rogaban que se quedara con ellos.
Y se quedó allí dos días.
Todavía creyeron muchos más por su predicación,
y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices;
nosotros mismos lo hemos oído
y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo»”.
Tus palabras les parecieron tan verdaderas:
que te sintieron “el Salvador del mundo”.
En Ti, Jesús hermano, descubrieron la vida verdadera:
“para la libertad nos has liberado”;
la libertad que nace de “la fe que actúa por el amor” (Gál 5,1.6),
fe en el amor personal del Padre nuestro,
fe en el amor de los hermanos.
Queremos, Cristo Jesús, vivir “el don de Dios”,
dejarnos conducir por él.