Llamados a “transfigurar” la vida con el Amor de Jesús (Domingo 2º Cuaresma A 01.03.2026)
“¿De qué sirve que la mesa eucarística esté repleta de cálices de oro cuando tu hermano se muere de hambre?”
Queremos, Jesús, creer en el Padre: religarnos con su Amor universal
Comentario:Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle. (Mt 17,1-9)
Los tres sinópticos narran este episodio (Mc 9,2-8; Mt 17,1-8; Lc 9,28-36). Aparece un paralelismo con el relato de la entrega de la Ley a Moisés en el libro del Éxodo (Ex 24 y 34). “Seis días después” (Mc 9,2; Mt 17,1; Lc 9,8: “unos ocho días después” y Ex 24,16). “Montaña” (Mt 17,1… y Ex 24, 12.15ss; 34,3). Grupo selecto (Mt 17,1… y Ex 24,1). “Rostro resplandeciente” (Mt 17,2… y Ex 34,29: “radiante la piel de la cara”). “Nube luminosa” (Mt 15,5… y Ex 24,15s: “la nube cubría la montaña. La gloria del Señor descansaba sobre la montaña del Sinaí”. “Una voz desde la nube” (Mt 17,5… y Ex 24,16: “Al séptimo día llamó a Moisés desde la nube”). “Los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto” (Mt 17,6… y Ex 34,29s: “los hijos de Israel vieron a Moisés con la piel de la cara radiante y no se atrevieron a acercarse a él”). El paralelismo muestra una construcción teológica edificante, no un episodio histórico. Nos enseña que la revelación de Jesús es superior a la de Moisés. Ahora hay que oír a Jesús, el Hijo, que nos revela con su vida la voluntad del Padre.
El texto litúrgico (Mt 17,1-9) omite el dato inicial: “Seis días más tarde” (v. 1a). Es la conexión de la transfiguración con la confesión de Pedro y el anuncio de la pasión y muerte (Mt 16,21ss). Jesús ve la mentalidad de los discípulos, expuesta por Pedro. No comprenden su mesianismo. Pedro ha reprendido a Jesús: “¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte”. Jesús reacciona: “¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios”. Y les propone cargar su cruz y seguirle (Mt 16,24ss). Aclarar su identidad y misión es el motivo para “tomar consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subir con ellos aparte a un monte alto”.
Esta experiencia de oración, provocada por Jesús, que los evangelistas denominan transfiguración, muestra su identidad y misión. Como Moisés, Jesús sube a un monte. Desde el s. III, la tradición lo ha identificado con el monte Tabor. Allí ora al Padre. Actitud descrita así: “Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Habla de Moisés y Elías, la Ley y la Profecía. Pedro, buen judío, acepta a las tres instancias y ofrece albergue y escucha: “haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Jesús revela la presencia de Dios en él. El relato lo interpreta así: “una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo»”. Es una actualización del bautismo, donde Jesús toma conciencia de su identidad y misión.
En la cuaresma estamos llamados a orar, a “transfigurar” nuestra vida, confrontándola con la Jesús. El domingo pasado nos vimos tentados, como él, a deshumanizarnos, a utilizar a Dios para el egoísmo, a adorar el poder, el dinero y el honor de este mundo. El evangelio de hoy es la respuesta adecuada a nuestro proyecto humano: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”. Jesús le dice a Pedro, y a todos nosotros: “¡Ponte detrás de mí!, porque tú piensas como los hombres, no como Dios… Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará” (Mt 16, 23-25).
Pablo concretiza el seguimiento de Jesús así: “manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Flp 2,2-5). Respuesta siempre válida.
La experiencia oracional nos descubre el Amor del Padre. Amor que vivía Jesús. Leímos el viernes después de Ceniza: “Nada hay mejor que la oración y coloquio con Dios, ya que por ella nos ponemos en contacto inmediato con él; y, lo mismo que nuestros ojos corporales son iluminados al recibir la luz, así también nuestro espíritu, al fijar su atención en Dios, es iluminado con su luz inefable” (S. Juan Crisóstomo: Homilía VI. PG 64,462-466). “Reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor” (2Cor 3,17-18).
Oración: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo” (Mt 17,1-9)
Jesús, hermano de todos:
como Pedro, Santiago y Juan, subimos al monte de la oración;
“entramos en nuestro cuarto, cerramos la puerta
y oramos a nuestro Padre, que está en lo secreto,
y nuestro Padre, que ve en lo secreto, nos recompensará” (Mt 6,6).
“La oración, Jesús de todos, es luz del alma:
verdadero conocimiento de Dios,
mediadora entre Dios y los seres humanos.
Hace que el alma se eleve hasta el cielo
y abrace a Dios con inefables abrazos,
apeteciendo la leche divina, como el niño que,
llorando, llama a su madre;
por la oración, el alma expone sus propios deseos
y recibe dones mejores que toda la naturaleza visible.
Pues la oración se presenta ante Dios
como venerable intermediaria,
alegra nuestro espíritu y tranquiliza sus afectos.
Me estoy refiriendo a la oración de verdad,
no a las simples palabras;
la oración que es un deseo de Dios, una inefable piedad,
no otorgada por los humanos,
sino concedida por la gracia divina,
de la que también dice el Apóstol:
`Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene,
pero el Espíritu mismo intercede por nosotros
con gemidos inefables´ (Rm 8,26)”
(S. Juan Crisóstomo: Homilía VI. PG 64,462-466).
Estas palabras, Jesús, son de un eminente seguidor tuyo:
un pastor de la Iglesia de los s. IV-V,
uno de los Padres griegos de la Iglesia,
un cristiano que supo unir oración y compromiso social:
«¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo?
No lo ignores cuando está desnudo.
No le rindas homenaje en el templo vestido con seda,
para luego descuidarlo fuera,
donde pasa frío y está mal vestido.
El que dijo: «Este es mi cuerpo» es el mismo que dijo:
«Me visteis hambriento y no me disteis de comer»,
y «Todo lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos
más pequeños, a mí me lo hicisteis» ...
¿De qué sirve que la mesa eucarística esté repleta de cálices
de oro cuando tu hermano se muere de hambre?
Empieza por saciar su hambre y luego, con lo que sobre,
puedes adornar también el altar”
(Sobre el Evangelio de S. Mateo, homilía 50,3–4).
En silencio, sentimos que tu Espíritu nos habita:
“Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu
de que somos hijos de Dios;
y, si hijos, también herederos; herederos de Dios
y coherederos contigo, Cristo;
de modo que, si sufrimos contigo
seremos también glorificados contigo” (Rm 8,16-17).
Queremos, Jesús creer como tú en el Padre:
religarnos con su Amor universal;
fiarnos de su Amor presente aquí y ahora;
aceptar que “Tú estás en el Padre y el Padre en ti” (Jn 14,10).
Cristo hermano, creemos en tu Amor:
nos sentimos amados sin reserva;
sentimos tu Amor, regalado, en nuestro espíritu;
nuestro corazón está lleno de corazones.
“un corazón solitario no es un corazón”
(A. Machado: Proverbios y cantares).
Queremos, Jesús, tener tus redaños, tu audacia:
para perdonar a quien nos ofende,
para compartir nuestros bienes con los necesitados,
para ayudar desinteresadamente,
para llorar y sufrir con quienes lloran y sufren,
para actuar siempre con buena intención,
para trabajar por la realización de todos y la paz,
para soportar la persecución por el reino de la vida.
Con María, madre tuya y nuestra, pedimos:
“Hágase en nosotros tu palabra” (Lc 1,38).
rufo.go@hotmail.com