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Feliz Pascua. ¡Cristo ha resucitado!

CRISTO NÁUFRAGO

De la expectativa en el naufragio hacia la esperanza del puerto deseado

La imagen más significativa de la película 'El Cristo del Océano' del director español Ramón Fernández (1971)

Forma parte de mi mocedad inolvidable ajena a preocupaciones mundanas una película que se realizó el mismo año en que yo nací (1971).Yo solía verla, en aquel período en que yo tenía menos de 10 años, durante la Semana Santa cuando los programas televisivos de los canales filipinos se volvieron exclusivamente religiosos gracias a su programación claramente confesional. Cuando en los años ochenta se hizo popular el Betamax, después el VHS, alquilé la película para poder verla repetidas veces, junto a otras obras cinematográficas caracterizadas por la frivolidad que era muy común entonces. 

Confieso que al principio no me gustaba la película. Me parecía demasiado sombría. Pero sí conmovedora. De ahí su atractivo.

             Me refiero a la película Cristo del Océano por el director español Ramón Fernández, basada en un cuento de Anatole France.

             La primera gran lección que aprendí de esta película inolvidable no fue la de la amistad. En aquellos años yo no reflexionaba sobre este tema, pues estaba entonces rodeado de amigos, de compañeros de juego, de los miembros de mi pandilla o ‘barcada’, como suele decirse en estas islas. La primera gran lección de esta película para mí fue la del encuentro ‘del que queremos dar testimonio’, sobre el que el papa León XIV reflexionó en su homilía en la Vigilia Pascual en la Basílica de San Pedro.

             Y lo más conmovedor fue la circunstancia de este encuentro. En esta película Cristo, ‘escondido’ o ‘disfrazado’ como Manuel, salió al encuentro del chico Pedrito. A este, según la versión de la película, se le murió el padre en un naufragio por lo que su madre, la viuda, perdió el uso de la razón por lo que tuvo que ingresarse en un manicomio. Por eso, un pescador del mismo pueblo Juan lo adoptó como propio hijo.Esta situación le devolvió la felicidad a pedrito hasta que Juan también murió en un naufragio debido a una tormenta muy fuerte. Este contratiempo le arrojó a Pedrito en un foso profundo e insondable de tristeza o depresión pero un día emerge del mar una talla de Jesucristo crucificado, pero sin cruz. El chico de unos diez años lleva esta talla a una cueva, que es su santuario, y se convierte en el amigo y confidente del joven.

             Cristo salió al encuentro de Pedrito convirtiéndose en náufrago como su padre natural, como su padre adoptivo, como todos nosotros. Primero a través de la imagen que él escondió en su cueva, en su refugio, en su santuario.Y después a través de un extraño personaje llamado Manuel que llegó a ser el nuevo amigo y confidente del niño dos veces huérfano por el naufragio. Manuel o Emmanuel, Dios con nosotros, era en realidad Jesucristo por lo que esta película es una nueva versión de otra película entrañable pero menos sombría, es decir, Marcelino Pan y Vino.

             A mi modo de ver, la imagen más impresionante de toda la película fue cuando Manuel cargó con la cruz, formada por dos astas que son restos del naufragio.

             La película está llena de sorpresas agradables pero presentadas con sobriedad. Lo más sorprendente es que en realidad me ha gustado y me sigue gustando pese a la melancolía predominante en la ambientación.

             El naufragio es una forma de fracaso humano. Fracasar es nunca llegar. Varios pensadores, entre ellos Ortega, han subrayado que la condición humana es un naufragio. Esto lo permite Dios. Forma parte de la Justicia de la Realidad. En esta condición, tenemos un encuentro con Dios quien asume nuestra condición de náufragos, siendo uno de nosotros. Ello significa un autovaciamiento o kénosis de sí que se dibuja con trazos inigualables en Flp 2, 6-11. Y esta película no solo subraya este encuentro sino esta permanencia, pues aquellos dos palos, que son restos del naufragio, se convierten en cruz, en instrumento de permanencia, de adhesión del Crucificado con los demás náufragos cuya condición comparte en medio de la vida dura y precaria de la gente que vive a orillas del mar ‘gran cantar’, como rezara el vate.

             Es también una llamada de salir de nuestras cuevas, de las sombras que nos engañan o atrapan cual en el relato platónico, e ir a la iglesia, a esa gran familia. Al principio parece que el cura del pueblo, al enterarse del hallazgo del Cristo quiere imponer su voluntad o la del gremio clerical pero en realidad esta decisión o intervención del sacerdote tiene por finalidad no la de enterarse del origen de la talla sino para que todos se sientan incorporados en una gran familia, en una gran comunión, en una gran laos o asamblea, superando cualquier distinción o diferencia étnica, social o cultural, pues todos somos náufragos que luchamos por mantener la cabeza en alto en medio de los incontables oleajes de la historia que nos asolan y arrastran hacia el abismo.

             Eso de insistir en salir de la cueva o sacar el Cristo de la misma, también en la versión platónica, señala la necesidad de ir hacia la luz, hacia la ‘verdadera realidad’ para poder vivirla mejor, con sentido e incluso correctamente si bien imperfectamente pero con sentido, con norte, con solidaridad puesto que ningún hombre es una isla y ninguno debe estar totalmente solo para afrontar a sus problemas con sus correspondientes sombras y engaños. Solo en la familia o comunidad de náufragos podremos ir hacia la luz y no solo luchar por mantener la cabeza en alto sino en salir de la mar tempestuosa y llegar juntos al puerto deseado.

             Y lo que más me consuela es que no estemos solos pese a la desolación insondable con que hemos de habérnoslas. Pedrito pudo superar su soledad primero con una representación de Cristo (la talla sin cruz) y luego con el mismo Cristo disfrazado de Manuel (quien carga con las astas que servirán como cruz para la talla). Dios manda sus representantes o imágenes y viene hacia nosotros disfrazado, conforme a nuestra naturaleza finita y culpable. Dios mismo viene hacia nosotros para hacernos compañía. Dios lleva los instrumentos, vestigios o restos de nuestro naufragio; mejor dicho, Dios nos lleva, carga con nosotros y permanece entre nosotros, si bien en silencio, crucificado en esos mismos palos en donde estamos crucificados para poder ofrecernos una vida vivida plenamente en el puerto deseado, en aquellas ‘ínsulas extrañas’ cantadas por el místico que soñaba con el Paraíso de la unión del hombre con Dios. Esas mismas astas son prendas de la Pascua que una vez más estamos celebrando en medio de nuestros naufragios; son prendas que nos llaman a superar nuestras expectativas para poder vivir el aparente silencio de Dios con esperanza.

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