DENAZIFICACIÓN, DEMARCOSIZACIÓN, DEDUTERTIFICACIÓN
El imperativo de un cambio paradigmático en Filipinas
Como bien se sabe, el hijo del exdictador Ferdinand E. Marcos, expulsado tras la ‘revolución’ (que era solo un cambio de régimen) de 1986 es ahora el presidente de Filipinas. Esto se llegó gracias a la colaboración o a la alianza, no del todo firme, con la dinastía de los Duterte, sobre todo a raíz del entonces rumor persistente que el exdirigente Rodrigo Duterte, ahora encarcelado en La Haya, será procesado por la Corte Penal Internacional. Tras la ruptura entre Marcos Jr. y la hija de Duterte, ahora vicepresidente de Filipinas, ocurrió lo temido. Además de estar procesado el padre por la Corte en La Haya, se ha iniciado en el congreso filipino un proceso para llevar a cabo la destitución de Duterte, hija, pues esta ha anunciado públicamente su candidatura a la presidencia en 2028.
La colectividad profunda filipina ha sido dañada o herida, tal vez sin sutura definitiva, por la herencia sangrienta tanto de los Marcos y de los Duterte cuyos regímenes también se caracterizan por su corrupción e ineficiencia. Desde el principio, es decir, desde 2022 la alianza Marcos-Duterte nunca ha sido estable y con el ‘odio mutuo’ entre las dos dinastías, Filipinas está a punto de estallar ya que este camino actual hacia las elecciones presidenciales será la época más crítica al menos de nuestra historia contemporánea. Las dos dinastías están muy enfrentadas y hace falta buscar una solución, una alternativa que conlleve un cambio profundo.
Muchos dicen que el régimen de Duterte, padre, de 2016 a 2022, fue peor que el de Marcos, padre de 1965 a 1986. Y que el del hijo es el mal menor comparado con una nueva presidencia dutertiana puesto que el hijo del dictador ya difunto es la versión más ‘suave’ o humanitaria de su padre.
Varios, entre ellos el periodista Carlos H. Conde, ha hablado de la necesidad de la ‘dedutertificación’ el 3 de marzo de 2026 en el Jakarta Post. No cabe duda de que ello es un guiño histórico y cultural al proceso de denazificación que comenzó tras la victoria de los aliados en la segunda guerra mundial.
En realidad, el régimen dutertiano es como el del dictador Marcos hasta la década de los ochenta. Se han caracterizado por la violencia sistémica (las víctimas del régimen dutertiano que solo duró 6 años son unas 30.000), la cultura de la impunidad en que la injusticia prevalece y favorece solo a los ricos y poderosos, la demonización de los oponentes políticos y el control con mano férrea de todos los sectores públicos empezando con las ramas legislativas y jurídicas.
No cabe duda de que es necesario un proceso de dedutertificación y demarcosización. Mas, de entrada, es preciso reconocer que toda esa violencia, corrupción, impunidad tiene sus raíces en la cultura filipina. De tal forma que sociológicamente hablando estas cosas son ‘normales’ en la situación filipina y que muchos filipinos lo ven así, bien por resignación, bien por complicidad.
Sobre todo en esta era digital, se ha intensificado todo ello. Incluso el discurso en la esfera pública, que refleja el discurso cotidiano de los ciudadanos, se ha vuelto de lo más soez, de lo más violento, de lo más agresivo, de lo más vilipendiador, de lo más obsceno. Esta intensificación se ha vuelto normalización, incluso a nivel institucional.Hoy en día el respeto y el buen gusto no son las normas en las instituciones, en la esfera pública, sobre todo cuando Rodrigo Duterte mismo insultó al papa Francisco, a Dios, a las mujeres al convertirlas en objetos de perversión sexual disfrazada de chistes o bromas pero de muy mal gusto.
Todo ello es un espejo del pueblo, de sus valores. El pueblo filipino vive su historia como una epopeya caracterizada por las dificultades, por las pruebas, por la adversidad. En esta epopeya se busca una especie de héroe atípico, rebelde a las normas establecidas como ‘buenas’ y ‘normales’. Así fue Ferdinand Marcos en su día. Así es Rodrigo Duterte hasta la actualidad, incluso encarcelado en La Haya.A muchos de estos filipinos, la religión, encarnada sobre todo por la Iglesia Católica y sus pastores, les ha defraudado por ser de parte de los opresores y de la élite (y ello tiene una larga historia desde la ocupación española; ya no se recuerda cómo varios religiosos y clérigos de antaño defendieron a los indios y nativos del régimen opresivo de los españoles).
La epopeya filipina busca una salida de toda esta miseria. Al parecer, si bien muchos siguen refugiándose en la religión, que cada vez más se ha vuelto un santuario privado pese a la abundancia de devociones o formas externas, en lo político o en lo público los filipinos han optado por lo opuesto a estos valores denominados tradicionales. Los filipinos han optado por pensar creativamente o pensar ‘fuera de la caja’, o, ‘out of the box’, como se dice en inglés.Filipinas no es una tierra de tradiciones o sistemas que se conocen por su carácter definitivo o normativo o fijo. De hecho, los filipinos gestionamos las cosas ‘según la marcha’, esto es, vamos improvisando, inventando, vacilando, tomándonos a todos el pelo hasta lograr lo deseado, sin tener en cuenta las posibles consecuencias que puede que sean duraderas y nefastas.
Sí somo creativos. Improvisamos.Pensamos fuera de la caja hasta tirar la misma caja, que servía de marco para encuadrar, contextualizar e incluso controlar o modificar los excesos, conservar lo perenne, dar dirección para el futuro. En fin como polvo, soplado por los vientos y convertido en lodo por las lluvias, hasta desaparecer en la vorágine de la historia pero dejando huellas dañosas, suciedad, manchas, heridas que lamentablemente nunca podrían cicatrizarse.
En esto seguimos, conscientes de que es necesario un cambio paradigmático. Pero la cuestión es: ¿cómo? Pues ya nos hemos hechos unos comodones en esta mezcla de lodo, estiércol y polvo. Nos hemos vuelto en unos holgazanes o siempre lo hemos sido, con la figura de Juan Tamad (o Juan el holgazán) como epopeya nacional. Hasta el punto de ser complacientes. Por eso seguimos pensando fuera de la caja de tal forma que sigamos tirando cajas aunque ya no las había hasta el punto de que estamos tirando a nosotros mismos a la vorágine que parece inevitable, sobre todo cuando las fuerzas maléficas están consolidándose con vistas a 2028.
Al pensar fuera de la caja hemos de seguir mirando la caja de la que hemos salido para conservarla no como cárcel o panóptico sino como punto de referencia para navegar con más seguridad, con más cautela, teniendo a geografías superadas como referentes no para impedir el viaje sino para servir de horizonte para guiar nuestro caminar o al menos para servir de lección para no repetir los errores del pasado.