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DIEZ AÑOS DE AMORIS LAETITIA

El papa León XIV convoca a los obispos para discernir los pasos a seguir para un plan pastoral a la luz de Amoris Laetitia. Reflexiones desde Filipinas

El papa León XIV junto a una familia durante una misa en la Plaza de San Pedro

Amoris Laetitia no es mi documento preferido por el papa Francisco pero es el más controvertido. Si se le compara con el magisterio de san Pablo VI, es esta su versión de Humanis Vitae.

             El magisterio de los papas no está escrito en piedra, pues los contextos son fluidos. La verdad es eterna sí. Los mandamientos del Señor son para siempre también. Pero los humanos no vivimos como siempre puesto que no viviremos para siempre.   

             No se trata de la Ley sino del Evangelio que ha de proclamarse, que es lo que salva (Gál 2, 16). Y saber proclamar el Evangelio consiste en conocer mejor los contextos por lo que es necesario nuevos o, mejor dicho, renovados caminos de acompañamiento y discernimiento pastoral para las familias.

             Los dogmas y los magisterios están condicionados por la historia y son una interpretación de lo perenne y que han de renovarse conforme a los tiempos puesto que estos de verdad cambian.

             Por eso, el anuncio del papa León, el 19.03.2026, diez años después de lo que él mismo denominó el ‘luminoso mensaje de esperanza sobre el amor conyugal y familiar: la Exhortación apostólica Amoris Laetitia, fruto de tres años de discernimiento sinodal sostenidos por el Año Santo de la Misericordia’, de revisitar esta exhortación apostólica merece nuestro aplauso.

             Estoy seguro de que se redescubrirá que dicha exhortación tiene actualidad. Es ciertamente una ruptura con Familiaris Consortio cuyas consecuencias siguen viviéndose en Filipinas donde todavía no se permite el divorcio pero los filipinos lo buscan fuera con la finalidad de rehacerse la vida tras fracasos frente a los cuales se han mostrado impotentes la mayoría de las veces y que no han hallado consuelo sino solo dureza de la Iglesia que Francisco ha interpretado en clave de Misericordia.

         A tenor de ello, he de confesar que no me gusta para nada la denominada hermenéutica de la continuidad abogado por varias figuras próceres con quienes ciertamente convivimos eclesialmente. Al decir esto, he de aclarar que no es que no haya continuidad. Mas es un concepto utópico que nos encierra en un mundo platónico del que incluso el mismo san Agustín ha querido salir al hablar de la Ciudad de Dios que es Ciudad de Amor.

 La única continuidad es solo posible con una ruptura no con lo esencial sino con la forma que se encarna en una determinada época. Aunque suene un poco dura la expresión ‘la hermenéutica de la ruptura’ creo que expresa mejor lo que en el momento se está haciendo, pues se está buscando de verdad una ruptura con la forma mas no con lo esencial.Siendo así, yo propondría la expresión ‘hermenéutica de la renovación’.

             La tradición se renueva. Nunca se continúa, pues la continuación en sí es su anquilosamiento. La ruptura expresa su esfuerzo, su lucha interior pero sin llegar a los extremos dialécticos se debe afirmar que en sí hay una opción, quizá radical de volver a la raíz frente a la expresión o forma temporal. Lo que sí pasa es que hay crecimiento, maduración, desarrollo que no es continuidad sino perfección que necesariamente conlleva una renovación, pues se trata del mismo organismo pero ya no en la misma fase de realización.

             El papa Francisco ha tomado ‘los cambios antropológico-culturales’ ( AL 32) mas no los confunde con lo esencial que ha de reexpresarse puesto que en la historia tiene que crecer, madurar y desarrollarse no solo en sí sino en la vivencia eclesial ya que la iglesia está compuesta de hombres de ‘carne y hueso’, en expresión feliz de Unamuno, y que se hallan en circunstancias sobre las que no tienen dominio exclusivo. Como rezara en su día Ortega: yo soy yo y mi circunstancia.

             El contenido del dogma y de la fe ciertamente no es circunstancial pero se vive históricamente, se desgranan en circunstancias que exigen un compromiso pastoral inteligente y, sobre todo, humano ya que vivir, sobre todo en estas calendas difíciles, es más que una exigencia con demandas casi imposibles.

             De manera especial con su carisma agustiniano, centrado en lo comunitario, el papa León facilitará la escucha recíproca, que es la nota más destacada del camino sinodal que es la única interpretación válida del Concilio Vaticano II.Solo así se logrará lo que el Evangelio exige: la escucha comunitaria del Espíritu Santo, el ‘Espíritu de verdad’ ( Jn 14,17).

             El discernimiento de caminos pastorales va más allá de lo meramente estratégico. Es, ante todo, trabajo consciente, pese a su dureza y lobreguez, de practicar y predicar el Evangelio sobre todo en tiempos comprometidos. Es compromiso evangélico que incumbe a toda la Iglesia peregrina.

             El discernimiento eclesial, propio del camino sinodal, va mucho más allá del consenso habermasiano que determina la verdad a través del consenso conforme al modelo kantiano. Aquí la verdad no se consensúa. La verdad es revelada, es transmitida por la iglesia pero cómo vivirla, cómo aplicarla, cómo hacerla vivenciable es lo que se determina no por el consenso propio de democracias liberales o radicales sino por la escucha del Espíritu en los hermanos que es un plano superior, teológico y espiritual con finalidad teologal que siempre es humanitaria, humana, sensata. La iglesia va más allá del consenso. Va a la comunión que no es simplemente unión o adhesión sino participación en la vida de cada uno desde nuestra participación en la vida del Dios Uno y Trino que es comunión.

Antes, yo afirmaba que 'las personas antes que los principios'. Ahora, tras mi 'evolución mística', como dijera Arintero al referirse al desenvolvimiento eclesial, mi 'evolución homogénea', en expresión de Marín Sola aplicada al dogma o 'evolución orgánica', pienso que no se pueden separar o establecer una prioridad del uno con respecto al otro. Mas hemos de comprender que los principios son puntos de partida para las personas para que estas crezcan, maduren, progresen hasta llegar a la perfección deseada. En Mc 2, 27 Jesús dice que el sábado está hecho para el hombre y no al revés. Pues bien, los principios son para los hombres. El sábado existe para que el hombre crezca, madure o progrese. Es el principio del amor, mejor dicho, del culto a Dios por no lo es todo. Lo mismo hemos de decir al referirnos al magisterio eclesial. Y estoy convencido de que el papa Francisco operaba bajo este patrón que es humano, humanitario, humanista. Esto es lo que León XIV desea redescubrir en comunión con la Iglesia entera. No en plan de consenso sino en plan de escucha, en plan de obediencia, de 'ob' y 'audire', pues la escucha es la concreción del camino sinodal cuya plenitud es una Iglesia en plena comunión en que participan todos.

             Cerremos, pues, con las mismas palabras de León XIV en el cierre de su mensaje con motivo del décimo aniversario de Amoris Laetitia: ‘Reconociendo los cambios que siguen afectando a las familias, he decidido convocar en octubre de 2026 a los Presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo, con el fin de proceder, en un clima de escucha recíproca, a un discernimiento sinodal sobre los pasos a dar para anunciar el Evangelio a las familias de hoy, a la luz de Amoris Laetitia y teniendo en cuenta lo que se está realizando en las Iglesias locales’.

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