Espejismos y espejos
Reflexiones filipinas en torno a las redes epistémicas tejidas por una política de personajes
Tiempos atrás porfiadamente yo preguntaba por qué se siguen eligiendo a personajes notoriamente dañinos y nocivos para encumbrarlos en la esfera política. En efecto, estaba yo bajo el hechizo del autoengaño, pues no quería aceptar lo que ya era evidente. Pensé que muchos tenían problemas cognitivos o era por la desesperación dada la pobreza inmensa, por ejemplo, aquí en mi tierra.
He tenido numerosas ocasiones para poder constatar el poder de la maquinaria, sobre todo la propagandística, para influir a las masas. Y la raíz de todo ello es el poder del dinero. Muy pronto en la vida aprendí de mi entorno el poder adquisitivo devastador del dinero. Conocí a personas de mi entorno cuyas almas tenían un precio. Lamentablemente esta realidad la eché a ver desde mi mocedad en mis coetáneos. Hasta la adultez he podido comprobar, al menos en los con quienes sigo teniendo alguna forma de contacto, que el síndrome ha empeorado o ha pasado de una fase infantil a una de madurez, e, incluso hasta llegar a una fase terminal, como si se tratase de un proceso canceroso. En el fondo, es este un cáncer, una patología no solo psicológico, sociológico o cultural.Se trata claramente de una patología espiritual.
En resumidas cuentas, es cuestión del dinero. Tenía razón Quevedo: ‘Poderoso caballero es don Dinero’.
Intenté formular una tesis acerca de todo ello que podría sintetizar de todo esto:nuestro mundo o nuestra sociedad, pues mis reflexiones si bien se centran en la realidad filipina pero no se limitan a ella, está padeciendo de un síndrome globalizado de autoengaño.Incluso llegué a la conclusión de que por el dinero nos enfermamos voluntariamente con dicho síndrome hasta el punto de que nuestro juicio o nuestro sentido común, expresado mediante el consenso, se ve nublado, oscurecido, influido por el dinero y por toda la gama material y materialista que este conlleva.
Hasta la fecha sigue teniendo, a mi modo de ver, vigencia esta tesis. Mas con el tiempo voy perfilando esta tesis un tanto generalizada.
Y siempre vuelvo a la inmediatez de la situación de mi tierra, que ahora cuenta con el hijo de un exdictador como presidente y la hija de un expresidente que era en efecto un dictador como vicepresidente. Dos retoños de dos dinastías malévolas rodeados de incondicionales, muchos de ellos inteligentes y competentes o con el talante suficiente como para dirigir los destinos de nuestra nación, que claramente habían vendido sus almas por don Dinero.
Presidente y vicepresidente en su día aliados, con una alianza precaria y superficial, hoy en día, enemigos acérrimos que habían intentado perpetuar no solo sus respectivas dinastías en el poder sino sobre todo un sistema caracterizado por la violencia y la corrupción que por el influjo de don Dinero sigue haciendo estragos, sigue ganándose el apoyo de las masas o sigue ‘engañando’ a las masas.
Llegué a la conclusión de que las masas seguían autoengañándose en el sentido de que permitieron que la brillantez de don Dinero y las promesas que conlleva este les ofuscase hasta el punto de tergiversar o influir su juicio, sobre todo a la hora de acudir a las urnas.
Recientemente en las audiencias preliminares del Comité de Justicia de la Baja Cámara de Representantes del Congreso Filipino, se ha demostrado la corrupción de la dinastía de los Duterte, empezando con el expresidente, ahora encarcelado en La Haya por crímenes de lesa humanidad, pasando por la actual vicepresidente que es su hija hasta los demás retoños, incluyendo su esposa de derecho común.
Llevaban razón hombres valientes como el exsenador Antonio Trillanes y el ex vicedefensor del pueblo Melchor Arthur Carandang. Estos fueron los objetos de las persecuciones sistemáticas del régimen Duterte con quien firmó una alianza los Marcos para poder llegar a la cumbre del poder, tras el exilio de 1986, en las elecciones presidenciales de 2022. Tanto Trillanes y Carandang, asimismo los incontables hombres y mujeres, muchos de ellos silenciados para siempre o al menos marginalizados, quienes intentaron encender antorchas durante la larga noche oscura del régimen Duterte que sigue siendo un endriago policéfalo. A estos héroes que han sufrido tanto, Filipinas debémosles gratitud eterna.
El pueblo filipino, muy consciente de toda esta carga histórica, sigue viendo un espejismo en estas dinastías en medio de este desierto árido que es Filipinas con sus incontables problemas sociales, culturales y económicos. No es solo un caso de autoengaño colectivo sino una incapacidad cognitiva y moral de ir más allá de la propaganda que hoy en día se difunde digitalmente en forma de bulos cuya finalidad es la del revisionismo histórico. Y esto lo hemos podido comprobar en las elecciones presidenciales de 2022. Con la ayuda de la maquinaria política del entonces titular de la presidencia (Duterte) los Marcos lograron cambiar o transformar su imagen nefasta, sobre todo a los ojos de las nuevas generaciones nacidas después de 1986 cuando la familia del dictador tuvo que huir al exilio.
Este espejismo es una forma de engaño arraigada sistémicamente en el alma filipina, pues ha quedado patente, tras todo este tiempo, que este engaño es voluntario, es decir, los filipinos saben (o sabemos) perfectamente que estas dinastías son pura fachada, pura imagen, pura propaganda. Voluntariamente hemos tejido verdades de los hilos concreto, construyendo una telaraña epistémica que quiere atraparnos todos en sus redes, bloqueando cualquier intento de superar esta inmediatez.
En efecto, este espejismo es la otra cara de algo más temeroso. Este amor al espejismo es un espejo de lo que verdaderamente somos como pueblo: egoístas, oportunistas, mentiroso, violentos. Los que sigan apoyando a estas dinastías y a sus incondicionales son personas dotadas de racionalidad. Son capaces de ver la realidad y de sus espejismos. Estos solo son una fachada o una tapadera. La realidad, más allá de las apariencias, es algo más oscura y malévola.
Somos un pueblo de desgraciados, de cobardes, de infelices. Ya no somos una nación joven o inmadura que solo logró la independencia hace menos de cien años en 1946 y que todavía anda en pañales.Somos un pueblo con los pantalones puestos pero nos cagamos en ellos y no queremos limpiarnos el excremento nuestro, pues queremos dar de comer a nuestros paisanos con la misma inmundicia que hemos confeccionado. La expulsamos de nuestro cuerpo colectivo para reciclarlo y hasta encumbrarlo como espejo en que nos podamos ver y reflexionar.
A estas alturas, el espejismo prevalente ya ha mostrado el espejo en donde nos miramos por lo que, para salvarnos hemos de romper ambos, espejismo y espejo. Hemos de romper el molde compuesto de bulos, ideologías, engaños. Solo así podríamos lograr vernos no en un espejo pasajero o de vanidades sino en las aguas no turbias de una historia verídica y esperanzadora, más allá de una política centrada en personajes arrastradores que siguen alimentando nuestra adición y afición a los espejismos que ya no son frutos del autoengaño sino que ya son resultados de una decisión madurada de crear redes epistémicas por las que voluntariamente nos dirigimos todos a la vórtice colectiva en la que perecen no solo las grandes naciones sino, sobre todo, los ideales colosales con los que se construye lo que es la humanidad.
Los Duterte y los Marcos nos prometen espejismos pero son los espejos de ese cáncer espiritual del que colectiva y conscientemente padecemos sin tener la osadía de salir de esta cueva semiplatónica con sus sombras para abrazar la luz más allá de las comodidades a las que nos hemos acostumbrado por no querer la cura necesaria para esta epidemia epistemológica que es veneno que circula en las venas de nuestra humanidad compartida.