FIFA 2026
Algunas reflexiones retrospectivas desde Filipinas
Nunca he ocultado mi preferencia por la selección española en la Copa Mundial, junto a incontables filipinos que se hicieron hinchas o aficionados fervientes y empedernidos del fútbol español, sobre todo con el adviento de la televisión del pago a finales de los años noventa del siglo pasado. Estamos todos, junto a España y a los demás hinchas, viviendo momentos de celebración.Han sido momentos intensos de fraternidad. Desde Filipinas, esta se desarrolló en un ambiente nostálgico con miradas hacia un pasado que sigue teniendo repercusiones en lo que a la clase social se refiere. Una pena que en estas islas eso de ‘¡vamos!, ¡vamos!’, ni en su equivalente en las lenguas o formas de expresión indígenas, no se haya utilizado para animar a los individuos incontables, de cuyos nombres y rostros no existen registros completos o exhaustivos, en este país en donde hace falta mucho más que la resiliencia para afrontarse a los retos cotidianos que implica la sobrevivencia de día a día.
Encima, este país tiene muchos problemas socio-políticos por lo que eso de ‘¡vamos!, ¡vamos!’, de verdad, nos hace falta. Lo bello es que por el deporte, en que no destacamos a nivel mundial pero al que sí somos aficionados (con varios equipos dedicados a hacer vivo este deporte entre nosotros), nos hemos solidarizado los filipinos.
Ya se ha escrito mucho acerca del racismo y de las telarañas de tipo política detrás de la FIFA. Asimismo se han explorado las implicaciones diplomáticas de la misma y cómo esta liga internacional podría contribuir hacia la construcción de una cultura global.
En Filipinas, estamos viviendo, entre muchas cosas, el drama del Proceso de Destitución contra la vicepresidente Sara Duterte. Y eso de ‘¡vamos!, ¡vamos!’ nos vendría bien no solo para deshacernos de unos personajes no deseables que afectan el camino hacia nuestro progreso como nación independiente. La solidaridad comunitaria creada por el hechizo de un deporte nos vendría bien estas calendas difíciles. Ya se demostró como un boxeador renombrado internacional, y nacido en estas islas, Manuel Pacquiao pudo unir a incontables filipinos, de diversas creencias e ideologías, durante unas horas cada vez que tenía un combate de boxeo. Claramente, Pacquiao encarna los sueños de muchos filipino pobres y desamparados por su propio gobierno. Mas no sabemos medir nuestras alegrías, pues, como bien se sabe, esta popularidad, alcanzada a través de sus victorias como peleador de fama internacional, con la increíble remuneración que trae consigo, hizo que muchos de los filipinos eligieran a Pacquiao como funcionario electo, hasta llegar a ser senador de la República.
No somos capaces de distinguir entre lo lúdico, si bien este campo encierra diversos elementos, y un asunto tan serio como lo es el servicio público en gobierno con todos los poderes y privilegios que ello conlleva. Tanto el deporte, sobre todo a nivel mundial, como la política, dentro de la esfera nacional, conlleva muchas cosas y estas pueden confluirse en una palabra: un trofeo. Y con el trofeo viene la popularidad que es el único criterio en la mente de los filipinos, incluso en las decisiones más importantes para el país.
Fue muy significativo, desde el prisma antropológico cultural, el momento en que el rey de España tocó o recibió el trofeo. Este momento señaló que el soberano español, el más alto representante de su nación, amén de ser el vendedor número uno de Marca España, tocó con sus propias manos, en nombre de todos sus súbditos, es decir, en nombre de toda su nación, la sacramentalización del prestigio y reconocimiento mundial en el momento culminante de esta liturgia deportista en la que rinden culto, de manera generalmente festiva pero a veces manchada por la violencia y el odio, incontables devotos. Muchos españoles de ideologías políticas distintas se identificaron con Felipe VI en aquel momento sublime. Lo mismo digo con respecto a los que en estas islas se sentían o fingían ser más españoles que los mismísimos españoles y más que ser filipinos de nacimiento, cultura y lengua.
En Filipinas, el prestigio es lo único que cuenta. No los problemas cotidianos como la pobreza, los disturbios civiles o las hecatombes, sobre todo naturales, como los tifones o terremotos.Es el prestigio. Este, a nivel mundial, internacional o a escala cumbre, culminante, lo queremos vivir dentro de las posibilidades que suelen ser, en estos pagos, mínimas, por así decirlo. Es decir, al menos vicariamente.Queremos que se nos salpique algo de la gloria del prestigio, aunque sea por unos segunditos. Es este el verdadero sentido del ‘¡vamos!, ¡vamos!’, ser españoles o de la aristocracia o clase alta de los tiempos coloniales, siendo racistas a la vez pero de otro tipo; no en contra de otras razas o culturas sino hacia la propia, hasta despreciar o, al menos minusvalorar, la propia nación y a los propios paisanos.
Manny Pacquiao, junto a los filipinos que consiguieron medallas y dinero en las olimpiadas, simboliza o simbolizaba la superación de esta raza; no del triunfo de la misma, pues a través de este gran boxeador, vicariamente, los filipinos pueden o podían codearse con la elite del mundo, y no solo la del país. Y ahora, con el rey de España, de alguna manera los filipinos, que se sienten más españoles que filipinos o que los mismísimos españoles, se codean, idealizando su propia identidad, su propia realidad hasta solidarizarse con un pueblo con el que sí sigue compartiendo lazos históricos y culturales pero que ya se había ido por otros derroteros, pues Filipinas también se había tirado por el otro lado para probar suerte, hasta que la Madre Patria ya no reconocería a la hija que dolorosamente había parido hace más de un siglo.
Los filipinos celebramos la victoria española en la Final de la FIFA 2026, la segunda vez que esto ha ocurrido (la primera fue en 2010) desde que esta liga inició su andadura en 1930 con Uruguay como el primer galardonado.Los filipinos no faltaron a la hora de animar a su equipo preferido con eso de ‘¡vamos!, ¡vamos!’ por lo que ahora legítimamente puede compartir, al menos vicariamente, esta victoria sintiéndose elevados a nivel mundial. Todo ello significa un redescubrimiento de un vínculo con ojos nostálgicos o románticos.Mas la desmesura con que se realiza dicho redescubrimiento, y el nuestro es un país de excesos, podría cegarnos al hecho cotidiano y duro de que hay realidades que nos tocan vivir no vicariamente sino concretamente, directamente, intensamente. Muchas veces, en silencio forzado.
Los filipinos siempre hemos sido unos híbridos. Una prueba de ello es la fecha en la imagen visual que acompaña a este texto (por lo de la fecha, el mes está escrito en inglés) tomada de las redes sociales de la Embajada de Filipinas en Madrid. Queremos ser algo que no somos para poder arribar a cumbres o a puertos que no nos corresponden. Somos grandes animadores pero no muy buenos hacedores. Usamos la boca hasta quedarnos ronca mientras los pies y las manos siguen fijados en un lugar. Animamos a los demás mientras que en la tarea acuciante de animarnos cotidianamente, más allá del espectáculo o de lo lúdico, sobre todo cuando hemos de habérnoslas con las duras realidades. Sí todos tenemos derecho a disfrutar del deporte o de cualquier espectáculo, como ocio o forma de relax, pero no se oye eso de ‘¡vamos!, ¡vamos!’ mucho cuando un filipino compite por el prestigio internacional. El caso reciente de Alex Eala, nuestra más prestigiosa tenista del momento, es un caso que merece reflexionarse. Solo al clasificarse altamente se hizo objeto de la atención mediática.La nación estaba callada en sus momentos duros de prueba, de búsqueda, de aspiración.
En fin, somos grandes animadores en cosas que no son tan acuciantes. Esto no es para desprestigiar el deporte.Pero hay trofeos, quizás invisibles en la mayoría de los casos, que son más prestigiosos que el de que sostuvo en sus manos Felipe VI. Asimismo hay luchas más cruciales, e incluso más dignas y significativas, a los que muchas veces los filipinos respondemos con gestos o vocablos cutres e insolentes, sobre todo en esta era digital que ha puesto en relieve que más que nunca somos una nación sumamente dividida. Otras veces con un silencio abismal de indiferencia ensordecedora.
Al rematar estas reflexiones, amén de reiterar mi felicitación a España, país a quien debo muchísimo culturalmente y que ganó a 47 otros países en esta serie más grande, hasta la fecha, de la Copa Mundial, reitero mi esperanza de que los filipinos lleguemos a ser no solo grandes animadores para nuestras causas cotidianas sino también, sobre todo, grandes hacedores. Los filipinos tenemos que aspirar a otra copa, no tan mundial pero sí importante y que podría brindarnos el prestigio, mejor dicho, la respetabilidad mundial que todos deseamos. Todo ello comenzaría con un renovado sentido de solidaridad hacia los nuestros, hacia los propios pero sin desatender nuestros vínculos con el exterior, empezando, por supuesto, con la Madre Patria siempre en el horizonte o en el reflejo, si bien a veces forzadamente, cada vez que nos miramos en el espejo que define nuestro status social o en las aguas turbias de nuestra autoidentidad. A la luz de todo esto, he aquí mi grito: ¡Vamos, vamos, Filipinas!