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EN LAS MANOS INVISIBLES DEL PADRE

Reflexiones breves en torno al famoso Cristo dibujado en Ávila por San Juan de la Cruz entre 1572 y 1577

El Cristo dibujado por san Juan de la Cruz en Ávila entre los años 1572 y 1577

Cada Semana Santa, particularmente cada Viernes Santo, me detengo en algunas representaciones plásticas o visuales del Cristo Crucificado.Entre las mismas destaca la realizada por san Juan de la Cruz, que este realizó entre los años 1572 y 1577, años de convivencia intensa con santa Teresa, antes de que el Doctor Místico empezara a redactar su obra literaria copiosa. Mas tal vez durante aquel período escribiera algunas de sus poesías.

             Este dibujo, que mide aproximadamente 5.7 cm. por 4.7 cm. y que se conserva actualmente en el Monasterio de la Encarnación de la ciudad amurallada, es quizá la primera obra de la mano del Santo que tenemos. También ha inspirado a varios imitadores o seguidores, entre ellos, Salvador Dalí y José María Sert, cuyas versiones también merecen ser objetos de reflexión piadosa detenida.

             Llama la atención que este dibujo, realizado a pluma, presenta a Cristo en escorzo, visto desde arriba. Las fuentes, empezando con la monja Ana de Jesús (a quien el mismo Juan de la Cruz regaló el dibujo) y Alonso de la Madre de Dios (confidente del mismo Santo y procurador de una parte significativa de sus Procesos), afirman que el dibujo fue realizado en un momento de oración extática.

             Según las mismas fuentes oraba el Santo en la tribuna alta del crucero del templo del Monasterio. Desde ahí, al parecer, vio al Crucificado, ya muerto, desde la izquierda de este vuelto hacia la multitud que presenció su muerte atroz.  Y esta atrocidad es la que nuestro místico destacó añadiendo el detalle de que fue una pasión sangrienta. El resultado es una obra que es en sí un género estético. Una visualización de la intensidad de la pasión del Hijo de Dios, vaciado de toda su dignidad, no solo sangriente sino también tendinoso. Parece un condenado arrojado a la muerte, a la abyección, al abandono total.

             La primera vez que contemplé este dibujo en Ávila hace ya más de seis lustros, yo pensé que el Santo captaba el momento en que acababan de crucificarse, antes del levantamiento de la Cruz. Esta perspectiva errónea mía fue corregida mediante lecturas, conversaciones con quienes tenían conocimiento de causa y repetidos momentos de soledad ante reproducciones del dibujo, asimismo varias visitas posteriores.

             Mi lectura primeriza errónea estaba fundamentada en el mensaje de total autovaciamiento o kénosis del hijo de Dios conforme a la mente del Santo Doctor, apellidado ‘de la Cruz’ como religioso carmelita contemplativo.

             La contemplación, que es la modalidad vivencial de la mística, para ser cristiana que arraigarse en esta autohumillación del Hijo de Dios, cantada y celebrada desde la antigüedad por la Iglesia. Es esta kénosis la raíz y la verdadera fuerza dimanante de la mística cristiana: Dios se hizo hombre hasta la radicalidad de la Encarnación.

             Se ha fijado en la perspectiva desde la que San Juan de la Cruz tuvo la visión que es inverosímil, por no decir imposible, desde un punto de vista humano. Sin duda, empleando ahora la terminología sanjuanista, se trata de un gracia mística especial, probablemente una visión espiritual o intelectual, en que no se ve nada pero que sí se palpa algo invisible.

Y lo invisible es lo que verdaderamente cuenta en la experiencia mística. Parafraseando a un autor muy conocido: lo invisible a los ojos es lo esencial.  Lo visible solo podría pobremente apuntar hacia el principio metafísico invisible que hace posible toda experiencia humana. En este caso, eran las manos invisibles de Dios, que es Padre, que sostiene la cruz junto al Crucificado. Este principio metafísico hizo posible no solo el hecho extraordinario vivido por Juan de la Cruz y plastificado por este mismo sino sobre todo la realidad mística de la Encarnación kenótica de Dios mismo en el Hijo.

             Este dibujo maravilloso y enigmático es emblemático de la vivencia cristiana que ha de ser mística, que ha de consistir en encarnar la vida de Dios hasta la kénosis en toda su radicalidad, por la que fluye sangre y agua, por la que fluye la mismísima vida humana que se trueca en la divina. Pero pese a la soledad radical que supone la vida humana, sobre todo en los momentos más álgidos del sufrimiento y abandono, las manos invisibles de Dios, el Principio Metafísico en su instancia suprema, nos sostienen por lo que podemos lograr perspectivas inusitadas para comprender y vivir nuestra situación muchas veces dolorosa.

Estas mismas manos invisibles hicieron posible aquella experiencia singular de fray Juan en Ávila, fuera de la muralla (como Jesucristo fue crucificado fuera de las murallas de Jerusalén), desde aquella perspectiva inusual hasta la verdad que ningún instrumento comunicativo humano podría captar y transmitir lo suficiente.

También estas mismas manos invisibles nos ofrecen este Cristo abandonado no como espectáculo sino como don que a la vez es reto. Este dibujo me hizo comprender que Dios nos sigue ofreciendo, proponiendo a su Hijo Crucificado como programa de vida, como norte de nuestro andar, como sentido de nuestro empeño en medio del abandono que muchas veces experimentamos, sabiendo que en realidad no estamos solos, que nos sostienen esas manos que son principio metafísico.

             Nunca el arte visual había captado el maridaje de metafísica y mística en una muestra de belleza fuera de lo común y que desborda las normas estéticas vigentes.Hasta el punto de ofrecernos a todos una lección teodiceal en medio de tanto mal en el mundo cuyo momento más agudo es el sufrimiento.

             Al inicio de su carrera literaria en Ávila, antes de redactar sus obras inmortales, Juan de la Cruz nos ofrece una lección valiosa sin palabras, sin la palabrería mundana de la cual es adverso. Por medio de la visualidad ha dejado que hable el silencio que encierra el Misterio que solo se contempla con los ojos del creyente comprometido.

En este dibujo, la visualidad se convierte en visión, pues esta no es algo estático sino que constantemente se formula o se articula en todas las lides, frente a todos los retos para abrir un camino hacia la meta deseada.

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