REVISITANDO EL HISPANISMO EN FILIPINAS
Una llamada a la reconsideración de cuestiones esenciales más allá del arribismo, tiburonismo y elitismo
La Semana Santa en Filipinas es tiempo propicio para reflexionar acerca del hispanismo y su herencia en estas islas por las incontables muestras que se viven y se palpan en prácticamente todos los barrios y arrabales de este archipiélago. Escribo estas reflexiones, hoy, 02.04.2026, Jueves Santo por la mañana, cuando en varias catedrales católicas se está celebrando la misa crismal que desgraciadamente se ha convertido en una asamblea en pro del clericalismo, pues este día de la institución del sacerdocio y de la Eucaristía se ha convertido en un día de aficionados, es decir fieles laicos, de los seres superiores o superestrellas eclesiales, es decir, los clérigos.
El clericalismo es una forma de arribismo. Y este es lo que caracteriza, lamentablemente, los diversos círculos hispanófilos en este país en donde el español nunca llegó a ser lengua del pueblo pero sí lengua oficial, sobre todo durante la colonización española, y que permaneció hasta a mediados del siglo pasado en ciertos círculos familiares o culturales y suplantado por E/LE (Español como Lengua Extranjera), sobre todo a partir de la década de los ochenta, hasta que el mismo E/LE a principios de este nuevo siglo se configuró como un producto de la marca España.
El clericalismo, como todos los tipos de arribismo, aleja a los afectados de lo esencial. Lo mismo puede decirse del hispanismo o lo que quiere hacerse pasar por él en estas islas tan obsesionado por demostrar competencias lingüísticas adquiridas rápida e insuficientemente con finalidad de figurar en los saraos, de conseguir alta remuneración, de presumir de una genealogía hispánica mayormente fabricada, falsificada o modificada. El español fue lengua minoritaria en Filipinas identificado con los peninsulares e insulares (luego, denominado los ‘filipinos’). Los indios o nativos que llegaron a desenvolverse en dicha lengua lograron a ser partícipes de este elitismo y a los mismos se les consideraban como los que lograron escalar a un escalón superior en la jerarquía social y cultural.
En medio de la vertiginosa actividad social del hispanismo actual caracterizada por incesante chátara que apenas rozan lo esencial, es oportuno volver a considerar, si bien someramente a la cuestión esencial: ¿cómo debería comprenderse el hispanismo filipino?
El estado de la cuestión sigue abierto. Prueba de ello es la existencia de dos términos clave en constante tensión, a saber, filhispanismo e hispanofilipinismo.
En el DRAE se registra esta definición del hispanismo: ‘dedicación al estudio de las lenguas, literaturas o cultura hispánicas’. Junto a otros estudiosos, yo he abogado por emplear ‘filhispanismo’ puesto que lo hispánico en Filipinas se debe a algo mayor que los límites geográficos, culturales e históricos de Filipinas. En Filipinas, lo hispánico se ha cultivado o se sigue cultivando desde aquellos primeros contactos consolidados desde el siglo XVI de tal manera que el resultado gradual, comprobado en la historia, haya adquirido un sabor, un estilo, una peculiaridad propios de lo que se entiende por las Islas Filipinas.
Siendo así, Filipinas participa en el hispanismo. No es el único componente de esta realidad. Forma parte de una mancomunidad de naciones hispanas, compartiendo con ellas mismas un mismo patrimonio o al menos una misma raíz patrimonial mas con características propias frente a los retos de un mundo en constante transformación.
Filipinas no pretende agotar todo lo hispánico. Es esta la impresión conceptual que proviene del uso de la expresión ‘hispanofilipinismo’. No se puede reducir lo hispano a lo filipino. Si bien esta expresión tiene la ventaja de insistir tanto en el protagonismo como la identidad de lo filipino, pues, en efecto, es la subjetivización de lo filipino pero con una característica distinta: la hispana, no deja de ser reduccionista y simplista. Esta expresión corre el peligro de simplificar la amplitud casi inabarcable de lo hispano al reducir este a lo filipino, a la subjetivización de lo filipino.A la vez olvida una consideración histórica fundamental: con el hispanismo se despertó el filipinismo.
Antes del contacto con España el archipiélago carecía de concepto de nación; estas islas eran diversas tribus con sus propios reyezuelos, con tensiones en la convivencia. Mas con el reconocimiento del otro, es decir, del español y su influencia (el hispanismo), estas diversas tribus echaron a concienciarse de un antagonista común, que no es del todo antagonista. Era más bien un otor, un reto que conlleva dificultades políticas también riquezas sobre todo de tipo cultural. Hasta desatar un proceso largo de clarificación, de depuración en que el ‘nuevo’ filipino surgió del indio sobre todo en tiempos del declive del imperio español. El punto culminante era cuando el indio asumió todo lo que significaba el concepto de filipino para encarnarlo. Desde entonces los insulares ya no acaparaban lo filipino. Tampoco lo acaparaban los mestizos que podrían considerarse como puente o punto medio entre los ‘extremos’ de indios y filipinos o españoles nacidos en estas islas.
Todo esto demuestra que el filipinismo o lo filipino brotó de lo hispano, mediante un proceso lento y muchas veces violento, por lo que sería una tergiversación reducir lo hispano a lo filipino ya que este es punto de convergencia de los procesos de realización de aquel en este archipiélago. Mas los puntos de convergencia que definen la peculiaridad no deberían ser los titulares de la esencialización o subjetivización si esta significa la reducción de algo mucho más amplio, mucho más universal que abarca la peculiaridad o distinción subrayada en el proceso de identificación de un fenómeno.
A tenor de todo ello, sigo insistiendo en que la expresión adecuada es la de filhispanismo. Y es esta una cuestión esencial soslayada por los que frecuentan las veladas para estar en el tablero o candelero social bajo los focos de la prensa rosa en lugar de estudiar detenidamente cuestiones esenciales y cruciales con la finalidad de abrir nuevos filones en una sociedad en que el español filipino está prácticamente muerto, con los retos y beneficios globales que conllevan el E/LE, sobre todo en estos tiempos precarios.
En estos tiempos, el diálogo sereno, pausado y serio es necesario pero lejos de los vendavales y bullicios propios de los trepadores que solo tienden trampas, como advenedizos, apoyados institucionalmente, incluso venidos desde lejos de estas islas, para que todos caigamos en aguas infestadas por tiburones puesto que todo trepador es un tiburón que frecuentemente se disfraza de hispanista (y clericalista, no simplemente clérigo) en Filipinas, empezando con algunos que usan los púlpitos o podios para impresionar a los feligreses u oyentes cuando en realidad su dominio del español deja muchísimo que desear.
En efecto, esta columna es una invitación a un diálogo o debate respetuoso y sereno sobre esta cuestión esencial y otros asuntos relacionados.