SILENCIO Y MADUREZ ESPIRITUAL
¿Por qué calló san Juan de la Cruz? Más allá de la psicología, estética y política
Se ha optado por no intitular este ensayo ‘madurez mística’, pues esta expresión se suele entender en los términos siguientes: es una reducción de la mística a los fenómenos que la acompañan en lugar de entenderla justamente, es decir, dentro de un proceso en que el alma se vuelve en espíritu, en la plenitud de ser persona. Y este proceso, que es integrador, es lo que suele denominarse la espiritualidad.
Una asignatura pendiente y la repetición de viejos tópicos: la enfermedad de los congresos
Hemos de redefinir la mística sin separarla del contexto de la espiritualidad, pues la mística es el alma, el corazón, la raíz de la espiritualidad. Lo místico, esto es lo vivencial que es la unión-comunión del hombre con Dios, es lo que se desarrolla en la espiritualidad.Puede afirmarse también que esta es el despliegue de lo místico en la historia de tal forma que la mística es el centro que se expande con la espiritualidad.
Es esta una asignatura pendiente tras haber celebrado muchos centenarios, este año tenemos el sanjuanista, con muchos congresos, con diversos especialistas pero con mucha chátara, ya denunciada por Unamuno en su día en el quehacer académico e intelectual, en vez de profundizar en el legajo de nuestros espirituales o místicos o al menos arrojar nueva luz sobre el mismo. Siguen los mismos tópicos, con la retórica de siempre y con los correspondientes aplausos fáciles. Son ocasiones para convertirse rápidamente en personajes para algunos con palabrerías engolosinadas hasta el punto de perder a la persona, figura y doctrina de san Juan de la Cruz convirtiéndolo desgraciadamente en un personaje confeccionado en un laboratorio retórico y bibliográfico. Una lectura somera de las actas puede confirmar la impresión de que hay una raíz patológica que sostiene ese afán de tener muchos micrófonos, contar con mucha presencia mediática, disponer de una cantidad considerable de fondos, subvenciones y patrocinios, junto a las consabidas visitas guiadas, banquetes gastronómicos y convivencias bulliciosas que caracterizan a estas reuniones.
En fin, casi todo esto puede caracterizarse como turismo religioso con un ‘boom’ espectacular sobre todo cuando el todopoderoso dólar está en auge en lugar de una peregrinación espiritual. Una banalización. ¡Qué lástima!
El pacto de silencio: contexto histórico y algunas claves hermenéuticas
El silencio de los místicos se ha estudiado desde el ángulo de la inefabilidad.Y esta tesis sigue siendo legítima.Es decir, esta interpretación sigue teniendo vigencia. Esta misma tesis ha desatado acercamientos interdisciplinares, sobre todo desde la lingüística y la literatura.
Desde la historia, al menos leída con una óptica teológica, una vez más quiero explorar lo que el renombrado teólogo sanjuanista Federico Ruiz denominó en su día ‘pacto de silencio’.
Cuando se encontraba en su lecho de muerte en Úbeda en diciembre de 1591, fray Antonio de Heredia quería recordar al moribundo fray Juan de la Cruz las andanzas y las maravillas experimentadas a pesar de las privaciones y dificultades en los primeros años de la reforma masculina. El moribundo no quería oír nada de ello. Insistía en que se le repetían sus pecados, como si se tratara de un capítulo de culpas.
La mejor amiga del santo era la Ma. Ana Lobera (al menos entre las religiosas), la destinataria de la obra sanjuanista más mimada, el Cántico Espiritual. Pero tras la incoación de la causa de la glorificación de fray Juan ella dijo más de una vez que no tenía nada de declarar. Y era una pena, pues nadie, al menos entre las monjas, lo conocía mejor e incluso seguramente sabía de las vivencias místicas del Santo Doctor.
Siempre me ha fascinado eso del ‘pacto de silencio’ pero no me convencía del todo cuando hacía mis primeros pasos en el sanjuanismo. De tal forma que le pregunté al eminente editor sanjuanista José Vicente Rodríguez qué pensaba de esa tesis de su coeditor de las obras completas del Santo. Sonriente me respondió mientras se frotaba la barba que había que tener en cuenta la psicología o la personalidad tan reservada del Doctor Místico ante todo en contraste con la de santa Teresa de Jesús. Asimismo añadió que no era el estilo personal de san Juan de la Cruz compartir confidencias.
Mas yo seguía reflexionando incluso llegando a sospechar que por temor de la inquisición o por la política de entonces en tiempos de Felipe II no convenía hablar de vivencias. El caso del primado de Toledo Mons. Carranza seguramente era un recordatorio tanto para Teresa como Juan. Lo mismo el de las beatas, las beaterías, los alumbrados, los herejes. Eran ‘tiempos recios’, como escribiera la misma santa Teresa y su libro, lleno de confidencias místicas, El libro de la Vida, fue secuestrado por la inquisición y nunca se le devolvió el mismo.
Dos discípulas del silencio místico: Ana de Jesús y Teresa
En el prólogo al Cántico Espiritual,2, san Juan de la Cruz explica que tiene la finalidad de declarar la vida espiritual ‘en su anchura’ dando ‘alguna luz en general’, es decir, comentar o dar una hermenéutica o interpretación acerca de las estrofas que hablan no de descripciones o fenomenologías de lo místico sino de principios de los cuales cada uno ‘según su modo y caudal de espíritu’ puede aprovechar.Esto es, desaparece el ego de la fenomenología para dar paso a cada uno que no es un personaje abstracto o una conciencia pura e individualizada sino cada uno que quiera emprender la vida espiritual en clave de amor, pues su obra son ‘dichos de amor’.
A la vez que en el mismo prólogo (n.3) el Doctor Místico reconoce que le falta a la destinataria ‘el ejercicio de la teología escolástica’, es decir, académica o aprendida, pero no le falta el de la ‘mística, que se sabe por amor, en que no solamente se saben, mas juntamente se gustan’. En el Cántico Espiritual no se expone ningún fenómeno de un personaje.Las personas con sus vivencias suelen esconderse detrás del anonimato. Alabó a la M. Teresa de Jesús por sus escritos de espiritualidad o ‘cosas de espíritu’ (CB 13, 7). Estoy convencido de que se refería sobre todo a las Moradas que seguramente conoció el Santo mientras la Santa la redactaba cuando los dos convivieron en la ciudad amurallada (1572-1577), convivencia interrumpida por el secuestro y encarcelamiento de fray Juan en el calabozo toledano de sus hermanos carmelitas.
Santa Teresa de Jesús es una maestra de espíritu excepcional. Con san Juan de la Cruz forma el tándem de la cumbre de la vida espiritual y mística cristiana y con los dos, sobre todo de 1572-1577, Ávila fue la capital mundial de la espiritualidad y mística cristiana.Pero santa Teresa tuvo un largo proceso de maduración espiritual, llegando a la penúltima fase en Vida que se prolongó magistralmente, con pocas descripciones de vivencias místicas escondidas también en el anonimato, en Camino que se redactó por dos veces, con la versión de Valladolid, con un estilo y lenguaje limados y madurados, se convirtió en una obra de principios.
Bajo el magisterio sanjuanista, ella alcanzó la cima de la vida espiritual y mística, es decir, el matrimonio espiritual del que escribió una relación preciosa fechada en Ávila, el 18.11.1572 (núm. 35 en la ed. de Tomás Álvarez). Una descripción excepcional pero fue el comienzo del fin de la muerte del personaje de las descripciones y vivencias individualizadas. Ella desde entonces comenzaba, si se estudia su evolución a partir de ese momento, a ver los fenómenos desde la cima de la plenitud. No como san Juan de la Cruz que lo veía todo desde dicha cima (ver Subida, rótulo y argumento) desde al menos el inicio de su carrera literaria. La carrera mística de la Santa fue caracterizada por el tanteo hasta llegar a la madurez, más allá de la penúltima fase que es el Desposorio Místico que correspondería con las Sextas Moradas de que Vida, Camino y las Relaciones tempranas o antes de la fecha del matrimonio espiritual son discursos.
Teresa, incluso desde Vida y Camino, ya hacía la transición hacia el magisterio espiritual o mistagogía (y no solamente desde el personaje místico) en que su yo, su subjetividad gradualmente encontraba su verdadera persona cristalizada en el símbolo del Castillo en su obra cumbre las Moradas. Ya comenzaba una prevalencia silenciosa de los principios sobre los fenómenos que se consideraban ya no desde el protagonismo del sujeto místico sino desde lo esencial que engloba a todo, a todos los individualismos. De hecho, ya cesaba el protagonismo de los fenómenos, de las ‘hablas’, es decir, con una serenidad pacífica que caracteriza la redacción sobre todo de las Moradas en tiempos agitados para la reforma.
El silencio como alcanzamiento de principios metafísicos
En la madurez el silencio se matiza como serenidad (n. 5 en la ed. citada) sabiendo que hay un Absoluto que trasciende a nuestras pequeñeces individuales y que nos engloba amorosamente por lo que no hay necesidad de enorgullecerse de lo ocurrido sino que hay que seguir dando testimonio que ha de ser un magisterio perdurable que no solo es ráfaga de luz sino luz incesante, luz no ‘usada’, en expresión feliz de fray Luis de León. Más que resignación, es entrega al cumplimiento de la voluntad de Dios.
En el caso de Teresa, era seguir reconociendo las Mercedes de Dios pero desde la cumbre que exige la serenidad que va más allá de la mera búsqueda, pues ya la meta ya la ha alcanzado y tiene que vivir el silencio como la discursividad de los principios esenciales y fundamentales para acallar para siempre el tanteo de las peculiaridades y particularidades de cada fenómeno. El silencio de la madurez no es acallar las mercedes o maravillas de Dios sino darles protagonismo para fray Juan eso claramente significaba retraer el ego para ceder el paso al espíritu como Monte alto y desolado, para Teresa eso quería decir transfigurar el ego en un Castillo que se levanta en medio del yermo como fortaleza en tiempos comprometidos, pero ambos, es decir, Monte y Castillo, están regados por la misma fuente de agua viva mientras los dos realizan su servicio abnegado a la Iglesia. Así comprendió Teresa su ‘casamiento’ o colaboración espiritual con el P. Gracián en la reforma (núm. 39-40). Lo que de veras cuenta no es el ‘gozar’ de las honras temporales sino el ‘obrar, padecer y…amar’ (n.36).
Teresa en el relato que comienza con ‘esta monja’ (núm. 4b) subrayaba su vocación eclesial, poniendo los fenómenos al servicio de la Iglesia, después de los tanteos o sequedades en que la experiencia queda fijada con la palabra ‘visión’ es decir una experiencia profunda e integrante y no meramente un fenómeno pasajero que da protagonismo al personaje.También ha de tenerse en cuenta, su magisterio sobre la oración, tras redactar Camino dos veces y tras llegar a la cumbre en relación 5, en que se subrayaba la inefabilidad de los dones, es decir, la perspectiva del silencio acerca de las particularidades y el enfoque en un mensaje universal, en los principios, en lo esencial. Y la cumbre trae consigo la certidumbre de lo permanente, en que cesan las visiones imaginarias y que siguen lo esencial, la visión intelectual, es decir, la visión que va más allá de lo fenomenológico, que va directamente a la integridad de la experiencia (núm. 6, escrita un año antes de su muerte).
El silencio que da serenidad frente a las formas con sus habladurías definitivamente subraya el principio metafísico que sostiene a la comunión mística.Este principio es participativo. El espiritual y místico maduro no silencia el hecho místico en sí pero sí se calla acerca de su vivencia personal, esto es, la depura del afán descriptivo en que el sujeto cobra protagonismo con finalidad de proponer una universalización más allá del personaje para subrayar la clave personal que es mistagogía cuya raíz es el hecho de que Dios trata a cada uno personalmente, como persona y no como personaje. Y aquellos embusteros espirituales y místicos, hasta los neomísticos de hoy en día que pululan en geografías en que quedan huellas visibles del paso de los místicos pero que no saben lo que de veras buscan, son nada menos que personajes.
Estos principios no son abstracciones sino que son coordenadas para que las personas se conviertan en verdaderos espíritus en que el sentido experiencial se desgrana en la mediación en esta vida que se hace inmediata o meta alcanzada en esta vida en que sobran las descripciones, pues se asientan los principios metafísicos al volverse plenamente participativos dando orientación a la trascendencia, orientación participativa a la comunión para los demás.
Esto va más allá de toda consideración de personalidad o psicología, de mera estética o percepción de formas o estilo discursivo, de escrúpulos políticos determinados por las circunstancias. Es simplemente madurez o cuando la meta o cima se vuelve participativa en una comunión que es para los demás y en que el protagonismo de uno, en medio de las incontables tensiones y veredas de la historia de la vida, se cristaliza en el triunfo del Espíritu.
La madurez espiritual no se reduce a funciones o facultades psicológicas. Significa el cumplimiento, la perfección de la realidad participada puesto que el hombre es Dios por participación (2 Subida del Monte Carmelo 5, 7) superando a la vez toda consideración formal o estética y condiciones históricas y políticas.
Callarse es insistir en los principios ante todo. Al callarse, frente a lo inefable (que sigue siendo clave legítima para comprender el hablar místico) Juan de la Cruz apunta a lo esencial, más allá de lo accidental, que es participativo para todos y no solo para algunos protagonistas que corren el riesgo de perder su personalidad para reducirse a meros personajes o caricaturas de la historia.