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TEODICEA LEONINA (RD)

Reflexiones teodiceales en torno a la homilía de León XIV el Domingo de Ramos, 29.03.2026 en Plaza de San Pedro

El papa León al inicio de su primera misa de Domingo de Ramos como Supremo Pontífice

Suele confundirse la teodicea, una palabra confeccionada por el metafísico optimista Leibniz, con la teología natural o el afán de demostrar la razonabilidad de la existencia de Dios. Mas su problemática es específica si bien presupone la existencia de Dios, es decir, se centra en la justificación de la existencia de un Dios bueno frente a la realidad del mal.   El patrón teodiceal consiste principalmente en un Dios, que es la Bondad en sí (y no simplemente el Bien Supremo) permite o tolera el mal, no como principio rival como si se tratase de un dualismo de tipo maniqueo que tanto fascinó al joven san Agustín sino que Dios es el único Principio Supremo, Creador o Causa Suprema de todo que permite el mal dentro de su creación que debería ser el conjunto de todo lo bueno puesto que este significa tendencia continua hacia la existencia o la realidad. Es decir, el bien es el principio de toda la existencia y es la fuerza que permite que todo siga existiendo. A tenor de ello, el mal es la tendencia de ir en contra esta existencia o continuidad de esta misma existencia. En efecto, el bien es el orden de la realidad mientras que el mal es lo que se opone a dicho orden.

 El filósofo y teólogo inglés J. Hick ha captado esta problemática con el título de uno de sus escritos más bellos y profundos que ya es un clásico en la materia: Evil and the God of Love o El mal y el Dios del Amor.   Desde la teodicea, Satán es metafísicamente bueno por existir si bien es moralmente malo o su actividad se dirige en contra del orden del bien. Por mi parte, hace tiempo, intenté reformular esta misma problemática, en un escrito más breve y humilde en los siguientes términos: la teodicea trata de la justicia de la realidad, de su orden. El Dios bueno es el garante de esta justicia que es manifestación de su voluntad libre que permite el mal moral e incluso el mal cósmico.

No el mal metafísico sino el mal moral como la barbarie que está cometiendo hoy en día pero que ha estado presente desde los albores de la humanidad que comete actos inhumanos. Todo ello viene acompañado del mal cósmico (las calamidades de la tierra), que es un bien metafísico puesto que existe. 

La teodicea, que es en discurso acerca del orden o justicia de la realidad, se funda en el Bien Metafísico por lo que todo existe y tiene su razón de ser que conlleva un orden, una armonía que promueve la producción y la conservación de todo lo existente. Siendo así, la teodicea es optimista; aboga o cree en el triunfo de esta justicia, pues el mal solo es un momento o conjunto de momentos o fases para que se muestre el triunfo, la supremacía, el dominio del Bien que conserva el orden de todo lo existente, de tal forma que las fases del mal son momentáneas y que son consecuencias para que se haga más patente el Bien en la medida en que el hombre va percibiéndolo, experimentándolo, asimilándolo. El hombre necesariamente tiene que pasar por una fase, tiene que crecer, tiene que madurar. Y el mal forma parte de todo ello, al menos como contraste, para que el hombre pueda apreciar, comprender, vivir el Bien de manera participada no solo como receptor pasivo sino sobre todo como protagonista activo, pues el Bien es un empeño, el de seguir siendo, de seguir existiendo, de seguir diseminándose por doquier. ‘Bonum est diffusivum sui’, como refiere el Areopagita y que a santo Tomás le gustaba repetir.

A mi entender, toda la homilía de León XIV el Domingo de Ramos fue un discurso teodiceal, sobre todo este extracto muy citado por los medios y que merece la pena traer a colación aquí: ‘Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: «Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!» (Is 1,15)’.

Dios, el Supremo Bien, rechaza todo el mal, todo atentado contra el bien y su orden incluyendo la guerra, empezando con los moralmente responsables por la guerra, por el sufrimiento que conlleva.Si bien el Supremo Bien, respetuoso de la libertad de todos puesto que la libertad es la corriente que permite que el Bien tenga su orden, su armonía, permite el mal, lo rechaza.

La oración es el momento relacional entre Dios y su criatura libre a quien está encomendada la tarea de experimentar el bien, de vivirlo, de crecer en ello, de diseminarlo en la historia, que es la arena de la realización de la teodicea.

Pero no se ora para intentar convencer o influir a Dios, para que este cambie su parecer.  Se suele entender la oración desde la expectativa de un Dios frívolo o cambiante y no desde la perspectiva de la esperanza en un Dios eterno cuya voluntad es libre y eterna pero providencial, benévola, misericordiosa hacia el hombre.

Si bien Dios es eterno y libre en su trascendencia, Él actúa en la historia y es esta la arena de su orden, de su teodicea, de su justicia, de la justicia de la realidad. Tenía razón Hegel en subrayar la relación entre teodicea e historia.Ser escuchado por Dios no significa que este cambie su decisión eterna. Ser escuchado por Dios significa estar en armonía con su orden, con su justicia, con su realidad. Ser escuchado por Dios quiere decir ser agradable a Dios. Ser escuchado por Dios es vivir el bien metafísico del que participa el hombre moralmente a pesar de los males tanto morales y cosmológicos que hay.Ser escuchado por Dios es ser hombre en su plenitud en ser humanitario puesto que como escribiera san Ireneo ‘Gloria enim Dei vivens homo, vita autem hominis visio Dei’, como refiriera san Juan de la Cruz ‘el hombre es Dios por participación’, como afirmara Zubiri, ‘el hombre es manera finita de ser Dios’.

Vivirse moralmente fuera de esta justicia, lejos de este orden, discordante de esta armonía es excluirse del gran esquema de la realidad fundado el Bien como principio fundante de ser y de seguir siendo. Es, en efecto, abocarse al mal metafísico que es el dejar de ser, dejar de seguir siendo.Muchos lo llaman ‘abismo’ mientras que algunos han intentado enfocarlo desde el nihilismo o posmodernismo.

No corresponde a la teodicea dar las respuestas acerca de las consecuencias de todo ello. Esta tarea correspondería más bien a la escatología cuyo vínculo con la teodicea, que se realiza en la historia, merecería explorarse por los que tengan competencia. 

              Por el momento, quedémonos con la respuesta de la teodicea. La teodicea se comprueba en la historia.   Esta ya ha dado testimonio incontables veces acerca del destino, que es la plena consecuencia de la libertad moral frente a todos los poderes que definen nuestra circunstancia histórica. Y este destino lo ha captado esta frase traducida al latín pero cuyo origen se remonta al escolio de la Antígona de Sófocles: Quos Iuppiter vult perdere, dementat prius!

             En otras palabras, a los responsables de la guerra, de todo tipo de violencia humana les aguarda la derrota pero primero, la locura, la pérdida de la razón, la pérdida de la humanidad o de la calidad de ser humano, reduciéndose a los brutos o animales irracionales. Ser rechazado por Dios como Caín, cuyo mitológico acto de violencia contra su hermano constituyó el fundamento de toda la guerra puesto que la guerra es esencialmente un fratricidio, significa dejar de ser ‘imagen y semejanza de Dios’ (Gen 1, 26-27). Es perder esta dignidad. Es reducirse al nivel de los animales o al nivel de la nada o de los que tienden a ella puesto que la nada es la tendencia opuesta a la existencia, esto es, al Bien Metafísico. Solo el hombre puede libremente tenderse hacia este mismo Bien, algo del cual no son capaces los animales, pues carecen de la libertad y de la voluntad dado que se mueven solamente por instinto.

             El rechazo divino, sin duda, es la más dura lección teodiceal que a los seres humanos o a los que quieran seguir siendo seres humanos puedan aprender. En efecto, es una lección para todos nosotros que nos cuesta aprender de una vez por todas.

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