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Feliz Pascua. ¡Cristo ha resucitado!

TEODICEA DE LA PAZ

La primera Semana Santa y Pascua de León XIV como papa y su teodicea de la paz

El papa León XIV imparte desde el balcón de San Pedro la bendición 'Urbi et Orbi', Domingo de Pascua 2026

En esta su primera Semana Santa como Sumo Pontífice, el papa León XIV nos ha regalado a todos una teodicea cristiana ocasionada sobre todo enfocada en pero no limitada a lo que está ocurriendo en el mundo en que es ‘protagonista’ el gobierno del país que le había visto nacer. El Domingo de Ramos, con una finura tal vez ausente en su predecesor inmediato, declaró que los que abogan por la guerra son rechazados por Dios al decir que a estos no les escucha Dios. En la homilía de aquel Domingo, el estribillo del papa fue ‘Rey de la Paz’. El orden que vino a establecer Jesucristo, es decir, el Reino que el proclamó en vida se caracteriza por la paz que no es simplemente una ausencia de guerra o conflicto sino el bienestar de todos como hijos del mismo Padre.

             La Pascua es tiempo propicio para reflexionar sobre la realidad del mal, hecho concreto en el sufrimiento humano, a la luz de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. León XIV ha recalcado el triunfo de Cristo resucitado frente al mal en su discurso antes de dar la bendición ‘Urbi et Orbi’ en su primer Domingo de Pascua como papa.La Resurrección debería proveernos a todos la luz para poder ver y vivir nuestra realidad adecuadamente sobre todo a la luz del fenómeno extendido de la indiferencia que el papa Francisco había denominado la ‘globalización de la indiferencia’. He aquí las palabras del papa León: ‘Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes ante la muerte de miles de personas. Indiferentes ante las secuelas de odio y división que siembran los conflictos. Indiferentes ante las consecuencias económicas y sociales que estos desencadenan y que, sin embargo, todos percibimos’.  

             Esta indiferencia es la actitud que caracteriza la reacción humana contemporánea frente a las realidades del mal, pues evidente que muchas personas, empezando con algunos dirigentes que disponen de muchísimos medios y partidarios pero no piensan en las consecuencias de sus decisiones en las vidas concretas de los más pequeños. Sin duda, el talante del hombre contemporánea puede definirse como indiferente. La indiferencia, séame permitido añadir, es la nueva versión del olvido: el olvido del bienestar de todos, pues todos sufrimos. La cruz, como ha subrayado León XIV hasta evocar a san Agustín, ‘nos recuerda siempre el sufrimiento y el dolor que rodean a la muerte, así como la angustia que esta conlleva. Todos tenemos miedo a la muerte y, por miedo, volteamos hacia otro lado, preferimos no mirar. ¡No podemos seguir siendo indiferentes! ¡No podemos resignarnos al mal! San Agustín enseña: «Si el morir te causa espanto, ama la resurrección» (Sermón 124,4).’

             Este olvido es peor que el denominado olvido del ser denunciado por Heidegger y tal vez es una consecuencia de la insistencia ontológica de este autor, pues ‘el ser de los seres’ es una reducción ontológica y abstracta que nos hace olvidar la humanidad concreta por lo que muchos hombres de hoy se han vuelto indiferentes a las situaciones concretas de muchas personas carentes de medios como algunos pocos que viven en condiciones cómodas o lujosas.

             La llamada ontológica detrás de la denuncia del olvido del ser es una llamada al olvido de lo concreto, de la dignidad humana, del sufrimiento humano del que la Cruz de Cristo es un eco vibrante. Este planteamiento ontológico denunciando el olvido del ser ha resultado en la indiferencia generalizada, que es, en efecto, el gran egoísmo, el rechazo de lo humano a favor de ciertos intereses egoístas. Es, en efecto, henchir el ego trascendental o aquella conciencia absoluta, de que habló Husserl en la segunda etapa de su fenomenología que quiere tragar al mundo entero y reducirlo a un objeto de la conciencia a la vez que se abstrae mediante la suspensión de prejuicios, de preocupaciones, de contextos (epojé) que en efecto es indiferencia a las vivencias individuales, muchas veces frágiles y precarias, que desgraciadamente desemboca como lo ha demostrado la historia, otra vez citemos al papa, en ‘el odio y la indiferencia, que nos hacen sentir impotentes ante el mal’.

Ser un ego absoluto o trascendente significa incapacidad para el diálogo. Solo mediante este se puede superar el impasse violento que ha resultado en el dominio de la fuerza y de la fuerza por el que se ha hecho este mundo más inhumano que nunca y que estamos viviendo hoy en día. De nuevo, oigamos al papa cuando pide, cuando exige: 'No una paz impuesta por la fuerza, sino mediante el diálogo. No con la voluntad de dominar al otro, sino de encontrarlo'.

             El papa vuelve a proponer a Jesucristo como la antítesis de este odio e indiferencia, pues de verdad 'la fuerza con la que Cristo resucitó no es violenta'. Con su cruz nos recuerda las consecuencias de este odio e indiferencia. Su ejemplo, que culminó en su triunfo, es una llamada a luchar contra esta tendencia desastrosa que olvida lo concreto de la situación humana que se multiplica en incontables contextos todos ellos marcados por el sufrimiento hasta el punto que incluso los más poderosos se creen como dioses y olvidan su propia finitud y culpabilidad mientras que otros sufren el impacto de esta verdad metafísica. Pues, estos individuos indiferentes, olvidadizos, violentos son rechazados por Dios del orden metafísico establecido por Él y proclamado por Jesucristo como el Reino que es una llamada a la supresión de la indiferencia que es el dominio del egoísmo mediante la abnegación, la generosidad hasta la kénosis que el mismo Cristo realizó al tomar la condición humana hasta la consecuencia más radical que es la muerte. Pero Cristo triunfó y los hombres también. Y los sistemas inhumanos y violentos caerán, empezando con los berrinches que los ocasionan, pues son rechazados por Dios que es la fuente de toda la racionalidad y que no tiene caprichos ni rabietas.

             El Reino de los Cielos, que es un orden de recuerdo, de anámnesis ha de fluir como interés, pasión, avidez, preocupación. Mejor dicho, ha de fluir como solicitud, servicio, entrega a los demás.Siendo así,  la realización de los ideales de este orden es el antídoto a esta indiferencia que se remonta al recuerdo originario de que todos somos polvo (Gen 3, 19) que encabezaba nuestras reflexiones cuaresmales. Este recuerdo originario es una llamada al regreso a esta conciencia radical y radicalizada. Solo por este regreso se puede construir caminos históricos de recuerdo, de anámnesis, pues el olvido, la indiferencia son caminos que van en contra de la historia y de su perpetuación como régimen del bien, este entendido como continuación de la existencia, pues el bien es seguir siendo, es difusión de sí para seguir siendo y favoreciendo que todo siga siendo o existiendo, no como abstracciones ontológicas, no como esencias sin rostro, sin lágrimas, sin penas. Sino como personas.

             En la teodicea, la filosofía necesariamente ha de ser activista y utópica, por así decirlo; ha de luchar por mundo nuevo libre de la indiferencia que es el nuevo disfraz del odio y de la intolerancia. En la teodicea, nuestro amor de la sabiduría aspira hacia el mundo mejor posible, en expresión feliz de Leibniz que es el reconocido padre de la teodicea en la modernidad. Desde un sentido cristiano es trabajar por la realización de los nuevos cielos y de la nueva tierra a los que alude el papa León XIV, a quien puede denominarse para nuestros tiempos ‘el nuevo papa de la paz’, al final de su discurso antes de dar la bendición ‘Urbi et Orbi’. Cerremos, pues, dándole de nuevo la palabra: ‘En este día de fiesta, dejemos a un lado toda voluntad de disputa, de dominio y de poder, e imploremos al Señor que conceda su paz al mundo asolado por las guerras y marcado por el odio y la indiferencia, que nos hacen sentir impotentes ante el mal. Al Señor encomendamos todos los corazones que sufren y esperan la verdadera paz que sólo Él puede dar. ¡Confiemos en Él y abrámosle nuestro corazón! Sólo Él hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5).’

El papa convoca a todos a una vigilia el día 11 del corriente. Mas hemos de vivir siempre en plan de vigilancia para luchar por la paz dialogalmente y para convertir la paz en el régimen duradero en orden a hacer nuevas todas las cosas.

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