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Antonio Ramos | Lunes Santo: entre el amor y la indiferencia

En Betania se decide lo esencial: amar sin medida o quedarse en la distancia.

María Ungiendo los pies de Jesús

Antonio Ramos | Lunes Santo: entre el amor y la indiferencia

Hay escenas del Evangelio que, a primera vista, parecen secundarias, casi anecdóticas, pero que en realidad contienen una densidad que no se agota fácilmente y que la propia tradición ha sabido reconocer al conservarlas con especial cuidado; una de ellas es la unción en Betania, hasta el punto de que Jesús afirma que ese gesto será recordado allí donde se anuncie el Evangelio (cf. Mc 14,9), algo que no dice de muchas otras acciones y que obliga a detenerse con más atención de la habitual para comprender qué está realmente en juego.

El acontecimiento se sitúa en una casa, no en el templo ni en la plaza, y ese desplazamiento de lugar no es un simple cambio de escenario, sino una clave para entender lo que está ocurriendo, porque Betania aparece en el Evangelio como el lugar de los afectos verdaderos, el espacio donde Jesús no es mirado desde fuera, sino acogido desde dentro, donde no tiene que explicarse ni defenderse, donde puede simplemente estar. Allí están Marta, María y Lázaro, no como personajes de paso, sino como personas que le conocen, que han compartido vida con Él y que le quieren, y en ese contexto Jesús llega sabiendo que todo se ha complicado definitivamente y que su vida entra ya en su tramo final; y, sin embargo, no se protege ni se echa atrás, no se cierra ni marca distancias para no implicarse, sino que acepta la invitación, se sienta a la mesa y se deja estar con ellos. No es evasión. Es otra cosa: permanecer en lo humano cuando lo que viene es duro, sostenerse en la cercanía concreta de quienes le quieren. Porque cuando la cruz se acerca, lo que de verdad sostiene no es aislarse, sino no perder el vínculo.

En ese contexto, el gesto de María adquiere una fuerza particular, porque no responde a ninguna lógica funcional ni a un cálculo de utilidad, sino a una intuición profunda que le lleva a derramar un perfume costoso sobre los pies de Jesús y a secarlos con su cabello, llenando toda la casa de fragancia; no es un gesto ornamental ni exagerado en sentido superficial, sino una forma concreta de reconocer lo que está ocurriendo y de situarse ante ello desde la entrega, anticipando de algún modo la sepultura y confesando, sin palabras, que ese cuerpo que tiene delante está ya entregado.

Como explica Benedicto XVI, en ese gesto aparece algo muy propio del amor verdadero: cuando se ama de verdad, se intenta sostener la vida del otro, cuidarla, incluso cuando se ve amenazada por la muerte. Pero al mismo tiempo queda al descubierto un límite, porque por mucho que uno ame, no puede impedirla. Por eso la unción de Betania es un gesto profundamente verdadero, pero insuficiente: nace del amor, pero solo el amor de Dios, que se manifestará en la Pascua, puede llevarlo hasta el final (Jesús de Nazaret, vol. II). María no teoriza ni explica nada; simplemente actúa, y al hacerlo muestra un amor que no calcula ni se guarda nada.

Frente a ello, la reacción de Judas introduce un contraste que atraviesa toda la escena y que resulta incómodo precisamente porque no es exagerado ni fácilmente rechazable, ya que su planteamiento suena razonable: el perfume se podía haber vendido y ayudar a los pobres. Y, sin embargo, ahí está el problema, porque lo decisivo no es lo que dice, sino cómo lo dice. Judas mira el gesto desde la utilidad, desde lo que sirve o no sirve, y al hacerlo pierde de vista lo esencial: la relación concreta con Jesús. Reduce el amor a una cuestión de rendimiento, y cuando eso ocurre, el amor deja de ser entrega y se convierte en cálculo.

Por eso la referencia a los pobres no puede usarse como excusa para desacreditar lo que hace María. El problema no está en ayudar a los pobres, sino en hacerlo de una manera que los mantiene a distancia. Judas propone algo que parece más justo, pero en realidad cambia el centro: sustituye la cercanía por la gestión, la comunión por una acción puntual, y convierte a los pobres en destinatarios de una ayuda, pero no en personas que formen parte de la propia vida.

Las palabras de Jesús, “a los pobres los tenéis siempre con vosotros”, van en otra dirección. No justifican la pasividad ni dicen que la pobreza sea inevitable, sino que señalan algo mucho más concreto: los pobres no están fuera, no son un problema al que se responde desde lejos, sino personas que están dentro, que pertenecen, que tienen lugar. La comunidad cristiana no debe funcionar como un sistema de ayuda, sino como una casa donde se comparte lo que se tiene y donde el otro no es atendido desde arriba, sino acogido como uno más.

Por eso el amor que Jesús inaugura no consiste solo en dar algo, sino en dejar sitio. No se trata solo de cubrir necesidades, sino de acortar distancias y compartir la vida. Porque se puede ayudar sin implicarse y dar sin acercarse, pero eso no es lo que ocurre en Betania. Allí el amor no se planifica desde fuera, sino que se vive desde dentro.

Este modo de situarse no pertenece solo al relato evangélico, sino que sigue siendo profundamente actual, porque también hoy es posible vivir una fe correcta en las formas y, sin embargo, distante en la vida concreta, una fe que organiza, que responde, que incluso ayuda, pero que evita implicarse de verdad. Ahí la indiferencia no se presenta como rechazo abierto, sino como una forma tranquila de mantenerse a salvo, de no dejarse afectar demasiado, de no complicarse la vida.

Mientras la cruz se acerca, la Iglesia detiene la mirada en esta casa y en este gesto que muchos considerarían excesivo, recordando que sin ese amor que no calcula la pasión se vuelve incomprensible. Y quizá el Lunes Santo, más que pedir grandes decisiones, pone delante algo mucho más sencillo y más exigente a la vez: dejar de vivir desde la distancia. Porque la diferencia no está en hacer más cosas, sino en la forma de estar. Está en si uno se acerca de verdad o se queda mirando. En si el otro entra en la propia vida o se queda fuera. En si el amor se mide… o se entrega.

P. Antonio Ramos Ayala

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