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El dios del fútbol

El fútbol puede ser mucho más que un juego inocente. La intensidad con que lo vivimos dice también algo de nosotros mismos.

El dios del futbol (OpenAI ChatGPT)

El dios del fútbol

El Mundial de fútbol nos permite contemplar uno de los acontecimientos colectivos más multitudinarios de nuestro tiempo. Durante varias semanas, millones de personas reorganizan horarios, aplazan compromisos, llenan bares, plazas y estadios, visten camisetas y despliegan banderas. Una victoria puede sacar a una ciudad entera a la calle; una derrota provoca lágrimas, frustración y, a veces, enfrentamientos. Lo que nació como competición deportiva adquiere una fuerza capaz de movilizar emociones, identidades y sentimientos de pertenencia.

El fútbol, como tantos otros deportes, posee un indudable valor humano y social. Educa en el esfuerzo y en el trabajo en equipo, enseña a competir con respeto, crea vínculos y ofrece una experiencia común capaz de atravesar diferencias sociales, culturales e incluso políticas. Precisamente por todo lo bueno que puede aportar, merece preguntarse qué ocurre cuando la pasión desborda los límites propios del deporte y termina convirtiéndose en fanatismo.

El problema no está en la pasión, sino en su desmesura. Cuando los colores dejan de expresar una afición y pasan a definir a la persona, el rival puede convertirse en alguien a quien despreciar y la derrota puede vivirse como una humillación personal. El deporte pierde entonces su condición de juego y comienza a reclamar una importancia desproporcionada.

La tradición cristiana ofrece una clave para comprender lo que sucede. El ser humano ha sido creado para Dios y lleva dentro un deseo de plenitud que nada creado puede colmar definitivamente. Necesitamos amar, construir lazos y orientar nuestra vida hacia un horizonte que le dé sentido. La Biblia llama idolatría al desorden que aparece cuando depositamos en una criatura la confianza reservada al absoluto. No hace falta fabricar un ídolo: también podemos construirlo concediendo valor definitivo a lo que no lo tiene.

En el fútbol, como en otras aficiones, esta tentación resulta fácil de reconocer. Creamos símbolos, admiramos figuras, cultivamos fidelidades que pasan de padres a hijos y organizamos nuestro tiempo alrededor de aquello que nos entusiasma. Recorremos grandes distancias, asumimos gastos y aceptamos incomodidades por estar presentes en una cita esperada. Nada de ello es censurable por sí mismo. Lo significativo es descubrir cuánto estamos dispuestos a hacer por aquello que nos apasiona.

Esa constatación nos obliga a examinar nuestras prioridades. Podemos reservar con meses de antelación la fecha de una final y, sin embargo, considerar excesiva una hora para la Eucaristía dominical. Aceptamos viajes, esperas y sacrificios por acompañar a nuestro equipo, mientras una dificultad menor puede bastar para relegar la vida de fe. No se trata de enfrentar el estadio con la iglesia, sino de preguntarnos qué ocupa verdaderamente el primer lugar, porque nuestra escala de valores se reconoce mejor en nuestras decisiones que en nuestras declaraciones.

Este riesgo de idolatrar no pertenece únicamente al deporte. El dinero, el trabajo, la política, el éxito o cualquier otra cosa pueden acabar dominándonos cuando esperamos de ellas más de lo que pueden ofrecer. Entonces necesitamos acumular, triunfar o imponernos para sentirnos satisfechos, interpretamos el fracaso como una amenaza y podemos mirar con hostilidad a quien cuestiona aquello con lo que nos identificamos. La idolatría termina prometiendo una felicidad que nunca puede cumplir.

El Evangelio no pretende apagar nuestras aficiones, sino evitar que terminen dominándonos. Dios no compite con las alegrías humanas ni exige renunciar a cuanto hace hermosa la vida. Cuando Él es el fundamento, podemos disfrutar de cada cosa sin convertirla en dueña de nuestra existencia. Podemos emocionarnos con un Mundial, defender unos colores y celebrar un gol sabiendo que, al terminar el partido, nuestra vida vale infinitamente más que cualquier resultado.

Tal vez el fútbol nos permita descubrir hasta qué punto necesitamos compartir ilusiones y sentir que pertenecemos a algo mayor que nosotros mismos. La cuestión decisiva es dónde ponemos ese anhelo y qué esperamos recibir de aquello a lo que concedemos tanto tiempo y energía. Un estadio lleno no es el problema. El problema comienza cuando pedimos a lo pasajero aquello que solo lo eterno puede dar. Porque no todo lo que despierta nuestra pasión merece nuestra adoración.

Antonio Ramos Ayala

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