La prioridad siempre es el otro
"Solo los que opinan que todos los seres humanos son iguales, pero hay algunos más iguales que otros, parodiando la famosa frase de George Orwell en Rebelión en la granja, pueden justificar la prioridad nacional"
El filósofo lituano Emmanuel Lévinas sostenía que el primer problema de la filosofía no es el ser, sino el otro. La vida no nos sitúa de forma prioritaria ante el misterio de la existencia, sino frente a la fragilidad del existente. La ética precede a la metafísica. “El rostro del otro es el lugar donde aparece la verdad”. ¿Y cuál es la verdad? Que el sentido de la vida no se resuelve en la eternidad, sino en el aquí y ahora, y no se manifiesta como una incógnita indescifrable, sino como una demanda sencilla y elemental. La mirada del otro nos concierne de forma inmediata y su significado es evidente, casi un certeza matemática: ser hombre o mujer implica la responsabilidad infinita e ineludible de respetar y cuidar la vida ajena.
El papa Francisco pidió una Iglesia en salida, una Iglesia siempre en camino hacia las periferias para hacer sentir a los más vulnerables la caricia de Dios. El cristianismo no puede moverse solo en el plano del más allá, perdiéndose en abstracciones especulativas. Jesús de Nazaret irrumpió en la historia y no se limitó a lo espiritual. Nos dejó un mandato concreto y nada abstracto. Nos pidió que nos amáramos los unos a los otros, que auxiliáramos al hambriento, al pobre, al desamparado, al que sufre opresión y cárcel, y que lo hiciéramos sin incurrir en distinciones entre judíos y gentiles, compatriotas y extranjeros. En definitiva, nos conminó a que asumiéramos esa responsabilidad de la que habla Lévinas y que nos sitúa en la senda de la santidad. La santidad no consiste en rezar mucho, sino en un radical ser-para-el-otro, es decir, en una entrega incondicional inspirada por un amor totalmente desinteresado.
La prioridad nacional de la que hoy habla la ultraderecha es profundamente anticristiana, pues la prioridad no es el vecino o la familia, sino el prójimo en su sentido más amplio. “El prójimo -como ha señalado acertadamente la Conferencia Episcopal Española- no es solo el que es de mi partido, no es el que es de mi país, no es el que es de mi lengua, ni siquiera es el que es de mi religión. El criterio evangélico está por encima de cualquier otra consideración y la Iglesia tiene el compromiso de estar cerca de unos y otros”. Santiago Abascal, al que solo le interesa la versión “cristofascista” del Evangelio, reaccionó de inmediato a las declaraciones de la Conferencia Episcopal, asegurando que los obispos cuestionaban la “prioridad nacional” porque hacían negocio con la inmigración ilegal. Abascal cada vez me recuerda más a Charles Maurras y León Degrelle, dos católicos que hicieron buenas migas con el nazismo. Maurras, ideólogo de Acción Francesa, un movimiento político nacionalista, antisemita y contrarrevolucionario, admiraba a la Iglesia como institución por su carácter jerárquico y antidemocrático, pero despreciaba el mensaje de fraternidad del Evangelio. De hecho, planteó la posibilidad de un catolicismo sin cristianismo. Su hostilidad a las enseñanzas evangélicas de perdón, misericordia y amor al prójimo provocó que la Santa Sede lo excomulgara en 1927, algo que conmocionó a sus seguidores, entre los que había un gran número de sacerdotes franceses.
Admirador de Maurras, León Degrelle utilizó los valores cristianos para justificar su nacionalismo y su desdén por la democracia. Cuando Hitler comenzó a invadir naciones soberanas, presentó su agresiones bélicas como una moderna cruzada contra el comunismo ateo y una nueva forma de misticismo, pues -en su opinión- el caballero cristiano no es un simple soldado, sino un ardiente defensor de la fe. Maurras y Degrelle consideraban que los judíos, los protestantes, los masones y los extranjeros ponían en peligro la identidad cultural de Occidente y que en ningún caso deberían disfrutar del derecho de ciudadanía. Maurras no pidió el exterminio de los judíos, pero sí su exclusión social y su deportación. Degrelle no participó directamente en la Shoah, pero sí colaboró con las fuerzas policiales y militares que asesinaron a millones de judíos en el Este de Europa. Después de la guerra, negó las políticas de exterminio del Reich, lo cual le costó varios juicios y una condena histórica del Tribunal Constitucional español. Maurras fue condenado a cadena perpetua por colaboracionismo. No negó la Shoah y atribuyó los crímenes a la “barbarie teutona”, pero jamás ocultó su antisemitismo. Después de siete años en prisión, fue liberado por sus graves problemas de salud y murió a los pocos meses. Por el contrario, Degrelle gozó de la protección de la dictadura franquista y, aunque fue condenado a muerte en rebeldía, no pasó un solo día en prisión.
Ahora el enemigo no es el judío, sino el inmigrante, especialmente si es musulmán. La ultraderecha sigue atacando al comunismo, pero casi nadie ignora que es un gesto tan inútil como reventar la puerta de una vivienda en ruinas. El comunismo es una ideología marginal y los países que reivindican su legado son en realidad dictaduras personalistas que han incorporado a su economía las normas del capitalismo. Abascal es ferozmente proisraelí. Su apoyo al sionismo surge de la convicción de que Israel es un aliado esencial para proteger los intereses occidentales en Oriente Medio, una región con grandes recursos energéticos e importantes rutas comerciales. Dado que el discurso de odio de la ultraderecha no puede prescindir del enemigo interior y exterior, se han fabricado nuevos adversarios. El enemigo interior ahora es la ideología woke y el exterior, la inmigración, supuesto caballo de Troya del Gran Reemplazo. La “prioridad nacional” de VOX y el PP comparte la filosofía trumpista del “America First”. Los españoles deben ser los primeros en recibir ayudas o servicios. Los inmigrantes siempre deben ir después y los ilegales únicamente pueden aspirar a servicios básicos, como una atención de urgencias por una emergencia vital, pero en ningún caso pueden ser beneficiarios del sistema de salud. Si alguno sufre un atropello, será atendido, pero si se le diagnostica una patología oncológica, no se le reconocerá el derecho a ser tratado por la sanidad pública.
Esta discriminación choca con las normas de la Unión Europea y la Constitución Española, y, por supuesto, es incompatible con el espíritu cristiano. Aunque Abascal y sus acólitos se declaren católicos y se den golpes en el pecho, la tradición judeocristiana siempre ha prescrito la hospitalidad con el extranjero. En el Éxodo, leemos: “No oprimirás ni vejarás al extranjero porque emigrantes fuisteis vosotros en Egipto” (22, 20). En el Deuteronomio, Dios exige “amar al extranjero y darle pan y vestido” (10, 18). No son mensajes puntuales o aislados, sino una directriz que recorre todo el Antiguo Testamento y que se extiende a otros colectivos vulnerables, como las viudas y los huérfanos.
Pablo de Tarso y los evangelios sinópticos destruyen las barreras entre judíos y gentiles. Ya no hay judío ni griego, ni amo ni esclavo, ni hombre ni mujer. Todos son hermanos en Cristo. Cuando una mujer cananea suplica la curación de su hija a Jesús y este le contesta que no está bien dar el pan de los hijos a los perrillos, la angustiada madre responde que los perrillos comen las migajas que caen de la mesa. Jesús comprende que ha cometido un error y cura a la enferma. Es un sorprendente gesto de autocrítica que desmonta definitivamente la pretensión de aplicar discriminaciones en la atención a las necesidades de los seres humanos.
La prioridad nacional es un eufemismo que encubre una filosofía racista y excluyente. Para la ultraderecha, el inmigrante es una mercancía que se explota y desecha. Su presencia solo es tolerada mientras aporta beneficios. En el resto de los casos, se le rechaza con muros, barreras naturales y deportaciones masivas. El Papa Francisco admitió que sintió ganas de llorar cuando puso el pie en la isla griega de Lesbos y visitó el campo de refugiados de Moria. Avergonzado, comentó que Europa presumía de ser la patria de los derechos humanos, pero prefería levantar muros en vez de construir puentes.
El Reino de Dios no es figura retórica, sino una utopía que se actualiza cada vez que se abren las puertas y se comparte la mesa
El Reino de Dios no es figura retórica, sino una utopía que se actualiza cada vez que se abren las puertas y se comparte la mesa. La opción preferencial por los empobrecidos no es un eslogan temporal, sino el núcleo del mensaje cristiano. Empobrecidos porque su pobreza no es un fenómeno natural, sino la consecuencia del expolio organizado por las elites, especialmente en las viejas colonias, aún sometidas al neocolonialismo económico de las superpotencias. En la homilía del 5 de octubre de 2025 en la Plaza de San Pedro para celebrar el Jubileo de los misioneros y migrantes, León XIV afirmó: “No podemos ni debemos permitir que el migrante encuentre, al llegar a un puerto seguro o a una frontera, el estigma de la discriminación […] A menudo pensamos en el migrante solo como alguien que necesita ayuda. Pero yo les digo: los migrantes son misioneros de esperanza. Al dejarlo todo por un futuro mejor, nos desafían a nosotros —que a veces vivimos dormidos en nuestra comodidad— a recordar que aquí no tenemos una morada permanente. Ellos nos enseñan que la fe es ponerse en camino, confiar en la providencia cuando el mapa está borroso y el horizonte es incierto. La humanidad necesita a Cristo como puente para alcanzar a Dios, y los cristianos estamos llamados a ser puentes entre unos y otros. Una fe que levanta muros para excluir al diferente es una fe que se ha secado. Como descendiente de inmigrantes, sé que la acogida no es solo un acto de caridad, sino un acto de justicia y una bendición para quien la recibe. Las comunidades que se cierran, se empobrecen; las que abren sus puertas, se renuevan con el vigor de nuevas culturas y testimonios de vida. En la Iglesia no hay extranjeros. Aquí no se pide pasaporte ni carnet de identidad para participar de la mesa del Señor. Somos ciudadanos del cielo y, en esta tierra, todos somos huéspedes. Por eso, mi llamado hoy es a los gobiernos y a las instituciones: respeten la integridad de la persona. No vean números ni estadísticas, vean hijos e hijas, padres y madres”.
La prioridad del cristiano es abrir las puertas al otro, compartir la mesa con él, poner el corazón al servicio del que huye de la pobreza o la guerra. Solo los que opinan que todos los seres humanos son iguales, pero hay algunos más iguales que otros, parodiando la famosa frase de George Orwell en Rebelión en la granja, pueden justificar la prioridad nacional, una medida política que vulnera uno de los principales signos de identidad de la tradición cristiana: la hospitalidad, la acogida, el amparo. María y José tuvieron que refugiarse en un establo para dar a la luz al Salvador del mundo. Cerrar la puerta a un extranjero no es un simple gesto de egoísmo o insolidaridad. Es cerrar la puerta a Dios, aunque a muchos cristianos les cueste trabajo comprenderlo.