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Sobre el significado de la Pascua

"Hay un mañana después de Auschwitz, Hiroshima, el Gulag, Gaza, Ruanda y otros horrores perpetrados por el ser humano"

Mural de Maximino Cerezo

Cuando llega la Pascua, muchos cristianos nos preguntamos sobre el significado y la naturaleza de la Resurrección. ¿Lo que narran los evangelios debe interpretarse como un hecho histórico o como una metáfora? ¿Cristo realmente resucitó y se apareció a sus discípulos o, en realidad, sus discípulos fueron quienes lo resucitaron mediante el recuerdo de sus enseñanzas y su trágico final? El teólogo protestante Rudolf Bultmann sostiene que la resurrección no fue un hecho histórico, sino una vivencia de sus seguidores, que elaboraron mitos y leyendas -como el sepulcro vacío o la aparición en Emaús- para expresar su convicción de que Cristo seguía vivo, pero no de una forma convencional. Según Bultmann, la Resurrección no ocupa un lugar en la historia, sino en los corazones. No es un acontecimiento en el sentido tradicional, sino una fuerza transformadora. Aplicada al ser humano, la Resurrección consiste en pasar de una existencia inauténtica, basada en el apego al mundo, a una existencia auténtica caracterizada por la entrega a Dios.

Cristo resucitado de Cerezo

Esta perspectiva, que goza de cierta aceptación entre los círculos cristianos más progresistas, sitúa a Jesús de Nazaret en el mismo ámbito que Sócrates, Séneca o Kant, grandes maestros en el terreno de la moral, pero sin la capacidad de trascender la muerte. Si Jesús solo resucitó de forma simbólica en el espíritu de sus discípulos de ayer y hoy, no se puede afirmar que triunfó sobre la muerte, pues su existencia se hallaría circunscrita a la memoria. Si algún día se desvaneciera su recuerdo, su vida habría sido tan incompleta e insatisfactoria como la de cualquier individuo.

Consciente del riesgo que comporta reducir la resurrección a una vivencia subjetiva, el teólogo protestante Wolfhart Pannenberg afirma que la Resurrección sí fue un hecho histórico. O, si se prefiere, un hecho que tuvo lugar en la historia. Las apariciones de Cristo no constituyeron vivencias, sino eventos. La Resurrección fue una “prolepsis”, una anticipación de lo que aguarda al ser humano. Al volver a la vida, Jesús desactivó la fatalidad de lo aparentemente irreversible. La Resurrección es la prueba definitiva de la relación filial entre Jesús y Dios, y la revelación de que toda la humanidad pertenece a ese linaje, pues todos somos hijos de un Dios al que debemos llamar Abba, Padre. 

Dios no se limita a hacer promesas. Se revela mediante la Encarnación y la Resurrección, los dos actos supremos que rescatan al ser humano del desamparo y la insignificancia. La Encarnación no acontece con el esplendor que se presupone a lo sobrenatural, sino con una inesperada humildad. Jesús nace en el seno de una familia trabajadora que huye de la violencia del poder político. Su cuna es el pesebre o quizás algo de paja amontonada en una cueva, pues nadie quiso abrir las puertas a una familia de refugiados oriundos de una miserable aldea rural. Durante su niñez y adolescencia, Jesús trabajó con las manos, pasando inadvertido, y cuando empezó a predicar vivió como un vagabundo, sufriendo la incomprensión de sus contemporáneos y suscitando el odio del ocupante romano y el Sanedrín. Su muerte fue particularmente injusta y degradante. Murió desnudo -los paños que se utilizan en las representaciones tradicionales solo son una invención de la posteridad- y expuesto a las alimañas, pues los reos casi rozaban el suelo con sus pies. Era el castigo reservado a los sediciosos y rebeldes, la forma más cruel de ejecución que se utilizaba para infundir terror. 

Libro de Ratzinger

¿Por qué pasa Jesús por todo eso? Todo indica que para compartir los aspectos más amargos de la existencia humana, santificar la carne, exaltar la vida en toda su complejidad y dramatismo, reconciliarnos con el mundo y sus imperfecciones y, por último, anunciar un Reino donde las víctimas de la historia conocerán una reparación definitiva y los justos gozarán de la plenitud de Dios. Gracias a la Pasión y la Resurrección, todas las heridas serán sanadas, nada valioso se perderá, el silencio y la oscuridad ya no serán la última estación del ser. Hay un mañana después de Auschwitz, Hiroshima, el Gulag, Gaza, Ruanda y otros horrores perpetrados por el ser humano. Un mañana que solo podemos anticipar mediante la resurrección de Cristo, el evento que abre las puertas de un Reino donde el tiempo y el espacio ya no serán límites insuperables. Un Reino que no empieza al final de la historia, sino en el mismo instante en que Dios se encarna e irrumpe en el devenir. 

La Resurrección afecta al cuerpo y el alma. No consiste en reanimar un cadáver, sino en abolir los límites que oscurecen las infinitas posibilidades de la vida. Jesús no se aparece a sus discípulos con su apariencia anterior, sino como algo totalmente nuevo. Eso sí, conserva sus heridas. Es el mismo, pero completamente renovado y trascendido. La Resurrección inaugura -como apunta Ratzinger en su ensayo Jesús de Nazaret- “una nueva dimensión de ser hombre”. Representa “el salto cualitativo definitivo” que anuncia “la unificación de lo finito con lo infinito, la unificación entre el hombre y Dios, la superación de la muerte”. Una resurrección que solo hubiera consistido en una vivencia subjetiva carecería del poder necesario para vencer a la muerte y arrojaría al ser humano a una nada destructora. Esa forma de interpretar la Resurrección solo es una forma de nihilismo, incapaz de infundir esperanza.

Jesús no se limita a volver a la vida. Es la vida en toda su riqueza. Puede extrañarnos que los evangelios relaten que camina, come y conserva sus heridas, y que al mismo tiempo sus discípulos no lo reconozcan al principio. Eso sucede porque la Resurrección implica una fructífera dialéctica entre la identidad y la alteridad. Jesús conserva su humanidad, que es parte de su identidad, pero en perfecta comunión con Dios, lo cual le abre a la alteridad. No es un simple espíritu, sino una Persona con una dimensión corporal, lo cual garantiza la continuidad de su ser. Su Resurrección introduce una perspectiva escatológica que “abre la historia más allá de sí misma y crea lo definitivo”. 

Cristo resucitado | Mino Cerezo

Ratzinger, que se mostró tan inflexible en su ejercicio como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, mostró en sus textos una aguda comprensión de ciertos aspectos del mensaje cristiano. Su explicación de la Resurrección me parece impecable y verdadera. Si el fin de la historia no implica el triunfo de la vida sobre la muerte y la pervivencia individual, con todas sus dimensiones, incluida la corporal, el cristianismo solo es una filosofía más, un mensaje con valiosas enseñanzas morales, pero sin una perspectiva utópica que convierte lo viejo en lo nuevo. Solo hay dos finales posibles para este universo: la muerte térmica o la utopía del Reino. ¡Ay de nosotros si lo único que nos aguarda es la máxima entropía, el equilibrio térmico que interrumpirá todos los procesos físicos! Si es así, “¡comamos y bebamos, que mañana moriremos!” (1 Corintios 15:32). En sus memorias, Ionesco confesó que le había faltado audacia para tener fe. No caigamos en ese error. La esperanza exige cierta osadía. No para ir contra la razón, sino para ir más allá de ella y descubrir que la vida no es algo absurdo, sino un proceso con sentido y un final luminoso

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