Abusos económicos, psicológicos, espirituales y de poder en los Kikos. Declaración Pública de Reparación

No hay nada más liberador que soltar el miedo. Perderlo del todo. Como si nunca hubiera existido.

Todo mecanismo opresor se sostiene sobre una sola cosa: el miedo del oprimido.

Pero llega un día. Inevitable. Luminoso. El día en que el oprimido, después de tantas humillaciones y abusos acumulados, se levanta, alza la cabeza sin miedo y mira de frente al monstruo que lo aplastaba.

Fui víctima de abusos económicos, psicológicos, espirituales y de poder durante 20 años dentro del Camino Neocatecumenal y hace tiempo que dejé de tener miedo.

Ha llegado la hora de alzar la mirada. Este es mi testimonio.

(Al final del artículo Contrasto todo lo que declaro con el Código Penal y el Código de la Iglesia)

Alazad la mirada. Se acerca vuestra liberación
Alazad la mirada. Se acerca vuestra liberación | Ramón Fandos

Esta declaración expresa exclusivamente mi experiencia personal y mi valoración de los hechos vividos durante veinte años dentro del Camino Neocatecumenal. Hablo desde mi conciencia, mi libertad y mi derecho a narrar aquello que viví. No identifico a nadie ni atribuyo delitos: describo prácticas y dinámicas que marcaron mi vida y cuya huella aún permanece. Solo un tribunal puede determinar la existencia de un delito. Las referencias jurídicas que incluyo tienen un carácter informativo, nunca constituyen dictamen profesional. Mi único propósito es nombrar el daño para que pueda ser sanado, no señalar personas, a todas las cuales continúo guardando un afecto sincero y fraterno.

Ni el Derecho del Estado ni el Derecho de la Iglesia amparan una sola de estas prácticas. Quien las sufrió no fue víctima del Evangelio ni del Derecho canónico. Fue víctima de quienes se saltaron los dos.

Declaración de reparación y dignidad

Me llamo Ramón Fandos. Entré en el Camino Neocatecumenal con diecisiete años, invitado por un sacerdote de mi parroquia y permanecí en él durante veinte años más. En ese tiempo entregué mi vida, mi intimidad y mis decisiones a quienes se presentaban como guías espirituales dentro de mi parroquia. Ese respaldo institucional fue decisivo: me llevó a confiar absolutamente en el "Camino" y a colocar mi conciencia bajo su autoridad.

Hoy declaro públicamente que fui objeto de manipulación, denigración y control emocional, psicológico y económico, todo ello envuelto en el lenguaje del acompañamiento espiritual “dentro de la Iglesia” y del llamado itinerario de salvación. Aquello que se presentaba como guía, como cuidado pastoral y como camino de fe operaba, en realidad, como un sistema de sometimiento que anulaba mi autonomía y mi dignidad. Este sistema actuó amparado por mi párroco y por el obispo de mi diócesis, cuya aprobación tácita legitimó durante años prácticas que nunca debieron tolerarse. (Hay que tener en cuenta que el Camino Noecatecumenal no puede actuar en ninguna parroquia sin el permiso del párroco).

(El canon 305 somete toda asociación de fieles a la vigilancia de la autoridad eclesiástica, que debe evitar "que se introduzcan abusos en la disciplina eclesiástica". El canon 392 impone al obispo ese mismo deber de vigilancia en su diócesis).

I. Declaro que mi conciencia fue violada.

Se me empujó a tomar decisiones que afectaron a mi familia, a mis hijos y a mi estabilidad psicológica, decisiones que no nacieron de mi libertad sino de la presión de quienes decían hablar en nombre de Dios. La conciencia es el santuario más íntimo de la persona; quien entra en él sin permiso no evangeliza: profana.

II. Declaro que fui sometido a escrutinios.

Se me exigió desnudar mi intimidad delante de toda la comunidad: mis pecados, mi matrimonio, mi dinero, mis heridas más privadas, expuestos en público ante un catequista que juzgaba y sentenciaba. Lo que la Iglesia protege con el sigilo sacramental, allí se convertía en espectáculo y en expediente: lo confesado un día se usaba otro día para dirigir y manipular. A eso no se le llama discernimiento. Se le llama coacción.

III. Declaro que se me inculcó una culpa insoportable.

Se me hizo creer que no tener más hijos suponía tener "las manos manchadas de sangre", que pensar por mí mismo y decir lo que pensaba era soberbia, que mis dudas eran tentaciones del demonio y mis sufrimientos, castigos por no haberles obedecido a ellos. Es el doblepensar perverso: "Dios te ama, pero tiembla porque puede aniquilarte". Esa culpa no venía de Dios. La culpa fabricada no es fruto del Espíritu: es la herramienta de control más antigua que existe. "Atan cargas pesadas y las echan sobre los hombros de la gente, pero ellos no las mueven ni con un dedo" (Mt 23,4).

IV. Declaro que se me exigió dinero como prueba de fe.

El diezmo: la bolsa que circulaba cada mes, sin luz ni taquígrafos, donde debía poner "como mínimo" el diez por ciento de mi sueldo y las primicias, es decir el primer sueldo entero de cualquier trabajo nuevo. Y si en algún momento iba escaso de dinero, me inculcaban que debía dar igualmente porque "Dios me recompensaría y proveería cuando me hiciera falta". A ello se sumaban las continuas peticiones de dinero extra para el mantenimiento o la construcción de los seminarios Redemptoris Mater, la Domus Galilaeae en Jerusalén o cualquier otra necesidad que los dirigentes presentaran como urgente. Todo envuelto en la convicción de que desprenderse del dinero para ayudar a la evangelización era voluntad de Dios y signo de conversión. No dar era interpretado como falta de fe. En los segundos escrutinios se me exigió incluso vender mis bienes y entregarlos en limosna como condición para continuar en ese "camino de salvación".

Nunca me dieron un recibo. Nunca una explicación con papeles de adónde había ido a parar el dinero. A la entrega se le exigía transparencia total; al destino del dinero, ninguna. Jesús expulsó a los mercaderes del Templo (Jn 2,15); aquí los mercaderes pasaban la bolsa en el Templo.

Kiko Argüello, el fundador del Camino, bajando de transporte privado
Kiko Argüello, el fundador del Camino, bajando de transporte privado | Ramón Fandos

V. Declaro que se me impuso obediencia ciega a "mis catequistas".

Laicos sin formación profesional ni mandato eclesial, autoproclamados "representantes de Dios en la tierra para mi". Su palabra valía más que mi conciencia, más que mi mujer, que mis hijos, que mi trabajo, más que mi propio juicio. Discrepar era rebelarse contra Dios; obedecer, aunque me destruyera, era prueba de fe. "No os hagáis llamar maestros" (Mt 23,8-10).

Declaro que "mis catequistas" invadieron mi vida entera. Dirigieron mis pasos, cortaron amistades, interfirieron en mi familia y me empujaron a decisiones que hoy reconozco como kamikazes, tomadas bajo presión espiritual y emocional. La comunidad absorbía el tiempo, las relaciones y el descanso hasta no dejar vida fuera de ella: convivencias, celebraciones propias, reuniones interminables. Mi vida giraba alrededor del Camino, más aún, mi vida era el Camino y solamente el Camino.

VI. Declaro que se me educó en el miedo a salir.

Salir era apostatar; quedarse, aunque me hiciera pedazos, era salvarse. Ese chantaje mantiene dentro a miles de personas que creen que no hay esperanza, que no hay escapatoria. Me repetían hasta la saciedad que fuera del Camino solo me esperaban el demonio, el mundo —"Babilonia"— y la perdición. Me lo decían con "todo el cariño" y "por mi bien" personas a las que admiraba y de las que estaba convencido de que eran portadores del Espíritu Santo. Y lo creía a pies juntillas. Sentía verdadero pánico a dejar el Camino.

Un Dios que solo te ama dentro de un grupo no es el verdadero Dios: es la marca registrada del grupo. Y siguiendo la misma lógica que se predica allí, si no es Dios, entonces habría que concluir que es el demonio.

VII. Declaro que la estructura que debía acompañar y alimentar mi fe reescribió toda mi historia vital.

Mis salidas, mis crisis y mis heridas se atribuyeron siempre a mi falta de fidelidad, nunca a sus abusos. Es el mecanismo perfecto: si me iba bien era gracias a ellos; si me iba mal, era culpa mía. Así el sistema no pierde nunca. Así la víctima carga, además del daño, con la autoría del daño.

Los kikos (Camino Neocatecumenal) tienen un enorme poder de masas, controlando parroquias y movilizando a miles de fieles en las calles
Los kikos (Camino Neocatecumenal) tienen un enorme poder de masas, controlando parroquias y movilizando a miles de fieles en las calles | Ramón Fandos

Por todo ello, y por muchas otras cosas que me callo, reivindico mi derecho a la reparación moral:

A recuperar mi voz, mi conciencia y mi libertad interior. A reconstruir mi vida sin miedo ni culpa. A nombrar el daño con todas sus letras, para que nunca vuelva a esconderse bajo palabras piadosas. A buscar ayuda profesional y humana sin ser acusado de traición. A decir "soy amor" con la cabeza alta, después de tantos años obligado a decir "soy pecador" con la cabeza baja. A creer en un Dios que es amor incondicional y que no necesita intermediarios para amar (Jn 8,32: "La verdad os hará libres"). A ser yo mismo, la imagen que Dios creó de si mismo en mí.

Y ahora te hablo a ti.

Sé que sois muchos los que os habéis reconocido en estas líneas. Sé lo que cuesta hablar cuando te han enseñado que hablar es pecar, que dudar es del demonio y que denunciar es perseguir a la Iglesia. Yo también callé durante años.

Por eso esta declaración no termina en mi firma.

Hazla tuya. O bien escribe la tuya. Lánzala a los cuatro vientos, grítala, no tengas miedo. Nombrar el daño con todas sus letras es el primer acto de reparación. Nadie puede sanar lo que no se atreve a nombrar.

Puedes publicarla aquí, en Religión Digital. Solo tienes que decirlo. (director@religiondigital.com - fandosrj@gmail.com)

Compártela con quien sigue dentro creyendo que no hay salida, y con quien salió y todavía carga con una culpa injusta que nunca fue suya. Que sepa que no está solo y que lo que sufrió tiene nombre.

Busca ayuda profesional y humana si la necesitas. Pedirla no es traición ni falta de fe: es dignidad.

Las estructuras de abuso se sostienen sobre dos pilares: la vergüenza que calla y el miedo que paraliza. Por eso te digo: no les tengas miedo. Son el gigante con pies de barro (Dan 2,33): sin adeptos no son nada. Todo su poder es el que tú les entregas con tu silencio. Atrévete a salir de ese armario. Da el paso. Ejerce tu derecho a hablar y a que se te restituya la dignidad. Nadie merece lo que has vivido. Y si hablamos muchos, haremos justicia: no la justicia de la venganza, sino la de los oprimidos, la del Amor verdadero, la misma que empujó a Jesús a alzar la voz frente a los que ataban cargas pesadas sobre los hombros de la gente. Hablar no es traicionar. Hablar es evangelizar porque anuncias la verdad. Esta sí que es la nueva Evangelización. Son muchos los que necesitan escuchar todo esto. "Nada hay oculto que no haya de descubrirse, ni secreto que no llegue a saberse" (Mt 10,26).

Esta declaración no es contra la fe.

A mí me hirieron laicos: mis catequistas. Hombres y mujeres sin sotana, pero con más poder sobre mi conciencia que cualquier obispo. Porque el clericalismo no es una enfermedad exclusiva de la Jerarquía: también existe el clericalismo laical, y manipula igual. O peor, porque nadie lo vigila. La Iglesia los aprueba, pero no los controla. Por eso, subsidiariamente, mi diócesis es responsable de esta mala praxis y de las consecuencias que produjo en mi vida

Por eso hoy hago lo que nadie hará por mí: me restituyo la dignidad. Y lo digo públicamente, para que quede escrito: ninguna estructura volverá a decidir por mí. Ni catequista, ni sacerdote, ni obispo, ni papa. Entre el hombre y Dios hay un solo mediador, y se llama Jesucristo (1 Tim 2,5). Todos los demás sobran.

Considero importante mencionar las conclusiones de Robert Jay Lifton, que estudió las técnicas de control mental de las sectas y grupos extremistas: La manipulación más extrema no nace de la maldad individual. Basta un sistema lo bastante cerrado, un lenguaje lo bastante propio y una presión de grupo constante. Con eso, el daño aparece solo. Nadie tiene que buscarlo. Por eso señalar la estructura no es acusar a las personas: la mayoría son buenas, sinceras, entregadas. Y precisamente por eso la jaula funciona. Una máquina de capturar conciencias movida por gente de buena voluntad.

"Para ser libres nos liberó Cristo. Manteneos firmes y no os dejéis someter de nuevo al yugo de la esclavitud" (Gál 5,1).

Contraste de mi declaración con el Código Penal y el Código de la Iglesia

Todo lo que acabo de declarar tiene nombre jurídico. Lo dicen los dos Derechos, el del Estado y el de la propia Iglesia. Presionar la conciencia para arrancar decisiones que no nacen de la libertad reviste la gravedad de lo que el Código Penal tipifica como coacción (art. 172 del Código Penal), y el Código de la Iglesia lo prohíbe con palabras solemnes: "a nadie le es lícito jamás coaccionar a los hombres en materia de fe contra su propia conciencia" (canon 748 §2). Desnudar la intimidad de una persona delante de una asamblea —sus pecados, su matrimonio, su dinero— atenta contra la integridad moral (art. 173 CP) y contra la buena fama y la intimidad que el canon 220 protege frente a cualquiera, también frente a un catequista; lo que la Iglesia castiga como sacrilegio cuando se viola el sigilo de la confesión (cánones 983-984), el escrutinio lo convierte en espectáculo. Fabricar culpa y administrar miedo "las manos manchadas de sangre", "fuera del Camino solo está el demonio" "Eres un soberbio por decir lo que piensas" "tu problema es que no perdonas a tu abusador"— es la anatomía de las amenazas condicionales (arts. 169-171 CP) trasladada al púlpito. Exigir dinero "como mínimo" y sin dar jamás un recibo choca con el canon 1262, que dice que los fieles den libremente, y con el canon 1287 §2, que obliga a los administradores a rendir cuentas a los fieles del destino de sus ofrendas. Imponer obediencia ciega a laicos sin oficio ni mandato bordea la usurpación de oficio eclesiástico (canon 1381) y el abuso de función (canon 1378); y el artículo 515.3º del Código Penal declara ilícitas las asociaciones que, aun con fin lícito, empleen "medios de alteración o control de la personalidad".

Y hay más. Las comunidades del Camino no operan en tierra de nadie. Ninguna comunidad se implanta en una parroquia sin el permiso del párroco. Ningún párroco la acoge sin la cobertura de su obispo. Y el Camino entero funciona con Estatutos aprobados por la Santa Sede (Pontificio Consejo para los Laicos, 2008). Es decir: cada escrutinio se celebró con permiso. Con permiso del párroco, con permiso de la diócesis, con permiso de Roma. Y el permiso no es neutro: obliga. El canon 305 somete toda asociación de fieles a la vigilancia de la autoridad eclesiástica, que debe evitar "que se introduzcan abusos en la disciplina eclesiástica". El canon 392 impone al obispo ese mismo deber de vigilancia en su diócesis. El canon 519 recuerda que el párroco ejerce su cura pastoral bajo la autoridad del obispo: la cadena no se rompe en ningún eslabón. Y el Derecho del Estado conoce bien esta figura: quien tiene el deber jurídico de impedir un daño y no lo impide, responde de él como si lo hubiera causado (art. 11 CP, comisión por omisión); y quien debe vigilar a quienes actúan bajo su dependencia responde de los daños que estos causan (art. 1903 CC, la vieja culpa in vigilando). El párroco que presta su templo, el obispo que firma la autorización y la Roma que aprueba los estatutos no son espectadores del daño: son sus avalistas. Autorizar sin vigilar no es un descuido. Es la parte del daño que lleva sello oficial.

Hasta mi derecho a la reparación está escrito en el Código de la Iglesia: "quien causa a otro un daño ilegítimamente está obligado a repararlo" (canon 128). No estoy imputando delitos a nadie; eso solo puede hacerlo un tribunal. Estoy diciendo algo más sencillo y más grave: Quien sufrió todo esto no fue víctima del Evangelio ni del Derecho canónico. Fue víctima de quienes se saltaron los dos.

¿Hará algo la Iglesia o seguirá callando?

Mi deseo es que quienes tienen la potestad —y la obligación moral, pastoral y jurídica— de investigar todo esto actúen de una vez, sin esconderse detrás de excusas, protocolos vacíos o esa “prudencia” que solo sirve para blindar estructuras y perpetuar el daño. A estas alturas, lo mínimo, lo absolutamente irrenunciable, es que todo lo que describo desencadene una investigación seria, exhaustiva y pública por parte de la Curia. No es una súplica. Es una exigencia ética.

Porque la evidencia es insoportable: la Jerarquía, ante los abusos que han salido a la luz en los últimos años, ha respondido casi siempre igual. Protegiendo la institución. Salvando la fachada. Y dejando a las víctimas en la intemperie, solas, desamparadas, incluso revictimizadas por actitudes frías, calculadas, crueles. No es un accidente: es un sistema. Lo he explicado ya en uno de mis artículos, Cómo ser víctima de abusos en la Iglesia, o en los Kikos o donde sea y no morir en el intento.

¿Harán algo esta vez? ¿O volverán a recurrir a su arma más refinada, más silenciosa, más devastadora? El silencio. Ese silencio que consiste en no mover un dedo, en esperar a que nos desgastemos hablando, en dejar que el tiempo haga su trabajo sucio: que todo se diluya, se olvide y vuelva a quedar enterrado bajo la alfombra donde llevan décadas escondiendo el dolor de sus propios Hijos.

fandosrj@gmail.com

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