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"Si el pájaro pudiera controlar el viento, se olvidaría de usar las alas": La alegría de vivir

La fe nos permite estar en el mundo sin exigirle que sea perfecto y sin exigirnos perfección a nosotros mismos. Es una confianza profunda en que, incluso cuando todo parece derrumbarse, hay algo en nuestro interior que sigue sosteniendo y dando luz. La fe no nos concede el derecho a que la vida siga nuestros planes. La verdadera fe nos da la gracia de descubrirnos acompañados y queridos ocurra lo que ocurra y hagamos lo que hagamos, liberados del miedo y abiertos a la vida y a los demás, para poder dar gratuitamente la abundancia del amor que recibimos de Dios.

De la abundancia del corazón... | Ramón Fandos

La vida muchas veces avanza con la apariencia de una normalidad que damos por hecha. Nos perdemos en la rutina de cada día como si todo estuviera garantizado, hasta que de repente algo nos interrumpe sin avisar: un tropiezo, un susto, un dolor inesperado, una llamada que no esperábamos… Entonces lo que dábamos por seguro se vuelve en nuestra contra y nos obliga a reconsiderar nuestro criterio, a constatar hasta qué punto no somos dueños ni siquiera de nosotros mismos.

Algo parecido sucede en el pasaje de la multiplicación de los panes y los peces. La multitud sigue a Jesús con la misma confianza automática con la que nosotros seguimos nuestras rutinas. Todo parece normal… hasta que algo inesperado aparece: cientos de personas sin comida. De repente todo se derrumba. Felipe se queja, Andrés busca una solución, pero son demasiadas personas a las que dar de comer, no hay nada que hacer.  

Jesús no entra en esa lógica. Lo primero que hace es detener a la gente:«Decid a la gente que se siente en el suelo». Es decir, antes de abordar el problema, crea un espacio de calma. Solo cuando la multitud deja de moverse y de preocuparse, aparece la posibilidad del milagro.

Cuando la vida nos detiene, también se detiene la confusión que no nos dejaba ver lo que realmente importa. Y en esa calma aparece la gran verdad: la vida no es algo que controlamos, sino algo que se nos regala. No somos los dueños del camino, solo quienes lo recorremos mientras se nos permite. Cada día es prestado, y lo decisivo no es lo que nos ocurre, sino cómo vivimos lo que nos ocurre. Porque los milagros están continuamente a nuestro alrededor, esperando a que abramos los ojos para verlos.

La fe nos permite estar en el mundo sin exigirle que sea perfecto y sin exigirnos perfección a nosotros mismos. Es una confianza profunda en que, incluso cuando todo parece derrumbarse, hay algo en nuestro interior que sigue sosteniendo y dando luz. La fe no nos concede el derecho a que la vida siga nuestros planes. La verdadera fe nos da la gracia de descubrirnos acompañados y queridos ocurra lo que ocurra y hagamos lo que hagamos, liberados del miedo y abiertos a la vida y a los demás, para poder dar gratuitamente la abundancia del amor que recibimos de Dios.

A veces basta un instante para comprenderlo. Un instante en el que la vida se quiebra un poco y nos abre los ojos. Un segundo es suficiente para descubrir la presencia del Resucitado y entrar con Él en la Vida Eterna, aquí y ahora.

(Artículo relacionado: Dios no puede no amar)

fandosrj@gmail.com

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