El Evangelio al revés: Cuando la Institución teme más a la foto que a la piedra de molino.
España recibió al Papa con un rey, una reina, alfombras y varios días de fiesta. A las víctimas de abusos del clero, tras mucho insistir, se les concedió una hora a puerta cerrada. Lo cuenta Sergio Decuyper, que relata haber sido abusado a los cinco años por un tío sacerdote y que se quedó fuera. En ese contraste cabe toda una traición: la institución que dice continuar el sacerdocio que instauró Jesús se detiene a cuidar su imagen, no al herido del camino. Es el Evangelio al revés: para Él, el escándalo era dañar a los pequeños; para ella, el escándalo es que se sepa. Y calla.
No tenía previsto escribir hoy. Y menos sobre este asunto que llevo tiempo denunciando, con gritos que caen en el vacío más absoluto. Seré, y pienso seguir siendo, el pesado de siempre, el que insiste en lo mismo. Hasta que la respuesta deje de ser el silencio. O hasta que me quede sin fuerzas para seguir escribiendo.
No soy el único. Ya somos unos cuantos. Pero ojalá fuéramos muchos más, muchísimos más. Voces incómodas, tan incómodas como para decir "basta" sin rodeos, para alzar la voz en las calles y en las plazas, para negarnos a seguir normalizando este espectáculo.Voces que se atrevan a hablar ante el altar y ante quienes, domingo tras domingo, predican el amor mientras forman parte de una estructura que, demasiadas veces, solo ha respondido con silencio e indiferencia a quienes denuncian haber sido víctimas.
Hoy no podía leer el testimonio de Sergio Decuyper publicado en este medio y quedarme callado.
No podía leer el testimonio de Sergio Decuyper publicado en este medio y quedarme callado.
De pequeño creía que, ante la injusticia, los mayores siempre defenderían al débil. Y los curas los primeros, que de eso viven, de predicar el amor. Qué ingenuo. Porque la decencia la traemos todos de serie, grabada en el ADN; solo que muchos la van cambiando con los años por el interés y la indiferencia. Y por la estola.
Para recibir al Papa, España puso un rey, una reina, alfombras, artistas emocionados hasta las lágrimas, cámaras y varios días de despliegue. Para las víctimas de abusos del clero hubo que insistir, y al final se reservó un encuentro privado de poco más de una hora. Una hora. Lo cuenta uno de los que se quedaron fuera, Sergio Decuyper, que relata haber sido abusado a los cinco años por un tío sacerdote.
Aquí es donde, a mi juicio, todo esto deja de ser tolerable y se convierte en una traición. Porque Jesús, el hombre del que esta institución dice venir, fue tajante en dos cosas. Puso siempre al herido en el centro: no pasó de largo como el sacerdote y el levita del camino, sino que se detuvo ante el apaleado. Y sobre quien daña a un niño dijo lo más duro que llegó a decir: más le valdría que le colgaran una piedra de molino al cuello y lo arrojaran al mar.
«Para el Evangelio, el escándalo es el daño al pequeño. Para la institución, demasiadas veces, el escándalo es que se sepa. Y por eso calla.»
Él se paró; la institución que dice continuarlo, demasiadas veces, pasa de largo. Él amenazó con lo peor al que escandaliza a un niño; y, en la práctica, lo que muchas veces queda señalado es el niño que de mayor se atreve a contarlo. La misma palabra, «escándalo», parece haber cambiado de bando. Para el Evangelio, el escándalo es el daño al pequeño. Para la institución, demasiadas veces, el escándalo es que se sepa. Y de esa inversión nace el mecanismo del silencio: se protege el buen nombre antes que al herido, porque se ha confundido el buen nombre con la causa de Dios.
«El que dice haber sufrido el daño acaba tratado como el problema. El apaleado del camino, convertido en amenaza: el mundo al revés del Evangelio.»
Esa confusión es la idolatría de la propia imagen. Una organización que se ama a sí misma tiende a cerrar filas en torno al hermano de sotana y a mirar con recelo al que denuncia. Así ocurre lo monstruoso: el que dice haber sufrido el daño empieza a ser tratado como el problema. El apaleado del camino, convertido en amenaza. El mundo exactamente al revés del que predicó Jesús de Nazaret.
«Llaman "intimidad" a despachar a las víctimas en una hora a puerta cerrada. Pero decidir por ellas que necesitan silencio, cuando gritan que necesitan GRITAR, no es cuidarlas: es amordazarlas y ponerles encima un lazo bonito.»
Por eso la «intimidad» que se invoca para encerrar el encuentro en una hora no engaña a nadie. Cuidar la intimidad de alguien es preguntarle qué necesita. Decidir por él que necesita silencio —cuando él escribe en mayúsculas que necesita GRITAR— no es cuidado: es amordazar y ponerle encima un lazo bonito. La intimidad que ahí se protege, me temo, no es la de la víctima. Es la del que no quiere salir en la foto del problema.
El amor, el de verdad, el único del que vivía el Nazareno, no es un sentimiento que se proclama desde el atril. Es lo que haces cuando hacer lo correcto te cuesta caro: dinero, prestigio, autoridad, la foto. Una institución que reserva el despliegue para su imagen y una hora arrancada a súplicas para los rotos ya ha contestado, sin querer, a quién ama. Y, a mi entender, no es a los pequeños.
fandosrj@gmail.com
«No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo».
«Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar».