Homilía prohibida: El clericalismo no es un accidente del Papa León ni de la Institución, sino su misma naturaleza
La sentencia vaticana de que la homilía dentro de la Eucaristía queda reservada en exclusiva a obispos, presbíteros y diáconos no es un detalle litúrgico: es una confesión. Revela hasta qué punto el clericalismo no es un accidente del Papa ni de la Institución a la que sirve, sino su misma naturaleza.
Vamos a desmontar este "chiringuito" desde el único lugar desde el que puede desmontarse: el Evangelio. Y la llave está en una pregunta que casi nadie se atreve a responder con sinceridad: ¿para qué se usa en realidad la homilía?
No es lo mismo adoctrinar que evangelizar
El que evangeliza enciende los corazones; el que adoctrina manipula conciencias. El que evangeliza despierta; el que adoctrina adormece.
Por eso la Jerarquía necesita expertos que expliquen la doctrina según los parámetros fijados desde hace siglos para protegerse a sí misma, no para liberar a nadie.
Evangelizar no empieza en la boca. Empieza en la vida. Es hacer visible la Palabra antes de pronunciarla; es que la coherencia hable más alto que el discurso. El primer sermón de un cristiano es cómo trata al que tiene al lado y cómo reacciona ante la injusticia y los abusos.
Evangelizar no empieza en la boca. Empieza en la vida. Es hacer visible la Palabra antes de pronunciarla; es que la coherencia hable más alto que las palabras. El primer sermón de un cristiano es cómo trata al que tiene al lado y cómo reacciona ante la injusticia y los abusos.
Por eso Jesús nunca habló de títulos, ni de currículos, ni de relaciones asimétricas de poder. No pidió expedientes. No abrió una facultad.
«Te doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños.»* (Mt 11,25)
Los apóstoles eran pescadores, gente sin letras, y cambiaron el mundo. Pedro era un hombre rudo, sin formación rabínica, y sobre él edificó Jesús su Iglesia. Pablo lo dijo sin rodeos: «la letra mata, pero el Espíritu da vida» (2 Cor 3,6).
Cuando la homilía se convierte en doctrina manipuladora, todo se invierte. Ya no nace de una vida, sino de una teoría. Es una palabra construida con siglos de filosofía y teología, y que demasiadas veces la pronuncia alguien cuya vida real no acompaña lo que dice desde el púlpito. Se proclama la pobreza desde una posición cómoda. Se predica la misericordia mientras se gestiona el poder sin compasión. Se exalta la verdad y se aprende a callar y esconder lo que incomoda.
Mi amigo Francisco
Tengo un amigo, Francisco. Un hombre sencillo, que me escribe a menudo para animarme y darme sus impresiones sobre lo que escribo. Y puedo asegurar que en dos líneas de WhatsApp es capaz de decir cosas más auténticas y profundas que lo que he escuchado en los púlpitos en toda mi vida.
Si un día se subiera al ambón, movería corazones. Porque cuando habla no añade ni una letra ni una tilde al Evangelio. Lo deja desnudo. Lo que pasa de ahí no es fe: es vanidad, hipocresía y apego al poder.
«Que vuestro lenguaje sea: sí, sí; no, no. Lo que pasa de ahí, viene del maligno.»(Mateo 5,37)
Los seminarios: fábricas de uniformidad
Los seminarios no solo enseñan; moldean. Durante años forman —y a veces deforman— una manera de entender la Iglesia, el mundo y el poder. Y ese molde, cuando se sacraliza como «voluntad de Dios», se convierte en una camisa de fuerza, con un radar siempre encendido para detectar a cualquiera que se salga un milímetro de la línea oficial.
El resultado es un pensamiento único, domesticado, que no admite preguntas incómodas. Un clero que demasiadas veces predica lo que no vive. Una jerarquía que discute sobre la naturaleza del pan eucarístico mientras el mundo se muere de hambre. Un clero que ha perdido el don de ser sal de la tierra y luz del mundo.
El clericalismo: el cáncer que todo lo corrompe
Eso es el clericalismo, el oficial y el que asoma también en muchos laicos: convertir el saber académico en la llave del poder, hacer del título un pasaporte a lo sagrado. El Papa Francisco lo denunció una y otra vez como una perversión y como uno de los males que más corroen a la Iglesia. Y tenía razón.
La Iglesia oficial no es tan distinta de los Lefebvristas y Redentoristas Transalpinos: comparte con ellos lo esencial, el poder de los curas, la jerarquía y el control sobre los sacramentos. Cambia el tono y las formas, pero mantiene el mismo sistema: una estructura que sigue poniendo intermediarios entre los fieles y Dios.
Porque el clericalismo es un pecado teológico. Es poner barreras donde Cristo las derribó. Es creer que Dios habla con más claridad a un obispo con doctorado que a una campesina que reza el rosario mientras recoge la fruta.
El saber académico ha sido el instrumento perfecto para que una élite controle el acceso a Dios. Con la excusa de que «solo ellos interpretan correctamente», han levantado un cerco alrededor de lo sagrado. Y cualquiera que se atreve a pensar por su cuenta se vuelve sospechoso: amenaza, hereje, disidente.
Pero la verdadera herejía no es pensar distinto. La herejía es excluir. La herejía es poner condiciones al amor.
Jesús no vino a fundar una religión de sabios. Vino a reunir una Iglesia donde caben todos. Gente que no sabe explicar la Trinidad, pero sabe compartir el pan con quien tiene hambre. Gente cuyo único dogma es que «Dios no puede no amar».
La Iglesia primitiva no pidió títulos. Pidió testimonio. Pidió vida. A ningún mártir le exigieron una licenciatura en teología ni el sacramento del orden antes de torturarlo. Francisco de Asís no estudió teología: estudió a los leprosos.
La Iglesia primitiva no pidió títulos. Pidió testimonio. Pidió vida. A ningún mártir le exigieron una licenciatura en teología ni el sacramento del orden antes de torturarlo. Francisco de Asís no estudió teología: estudió a los leprosos. Y cambió la historia. La jerarquía, en cambio, es experta en teología y la mayoría de las veces no solo no cambia la historia, sino que levanta auténticas murallas. Basta recordar cuántos informes públicos y comisiones independientes han documentado retrasos, resistencias y silencios en la gestión de los casos de abusos.
Llamada a la conversión
No es la Iglesia la que juzga al mundo. Al final, según los datos mas optimistas, los católicos representan tan solo el 17,7% de la población mundial. Si restamos a tantos y tantos que se declaran no practicantes, la cifra es irrisoria. Por lo tanto es el mundo quien está juzgando a la Iglesia. Y el veredicto que muchos perciben es claro: “os habéis convertido en una élite, no en los seguidores del Nazareno; parecéis un club exclusivo, una estructura poderosa, no una comunidad de amigos”
Que la jerarquía comprenda, de una vez para siempre, que están donde están porque un día prometieron servir al Evangelio y sin ese Evangelio su cargo pierde todo sentido
Pero aún hay esperanza. Que los obispos dejen las mitras y se pongan delantales. Que los sacerdotes bajen del altar y se sienten en el suelo con el pueblo. Que los teólogos renuncien a sus elucubraciones y escuchen a los pobres, que son los que de verdad entienden de Dios. Y que la jerarquía comprenda, de una vez para siempre, que están donde están porque un día prometieron servir al Evangelio —y sin ese Evangelio su cargo pierde todo sentido—. Que entiendan que su misión no es mandar, ni controlar, ni blindarse, sino servir. Servir sin excusas, sin privilegios, sin miedo a perder poder. Servir poniendo su autoridad, su tiempo y sus actos al servicio de los fieles, al servicio de aquellos a quienes dicen acompañar. Todo lo demás es traicionar el espíritu de Aquel que los llamó: el mismo Dios en el que quizá hace tiempo que dejaron de creer.
fandosrj@gmail.com