No a los "subidones": La fe no es un estado de ánimo.
Hay una trampa espiritual en la que caemos sin darnos cuenta: la idea de que la conversión es un instante. Que un día se tiene una experiencia fuerte, y ya está. A partir de ahí, todo será diferente.
La vida real se encarga de desmentirlo. Pasan los días, los meses, y continuamos enfadándonos con nosotros mismos por no llegar, dudando y enfrentándonos incesantemente con nujestras mismas debilidades. Y entonces concluimos: “No sirvo para esto”, o “Dios no me ha tocado de verdad”.
El problema no es que Dios no actúe. El problema es que nosotros seguimos esperando "magia" cuando Jesús nos ofrece un proceso.
El pasaje de Jn 6, 30-35 nos deja una imagen muy nítida. La gente se acerca a Jesús y le habla sin rodeos: “¿Qué signo haces tú? Nuestros padres comieron el maná en el desierto. Moisés les dio pan del cielo. ¿Tú qué nos das?”
Quieren ver milagros, algo que no les cueste esfuerzo y que les resuelva la vida. Queremos una oración o un retiro que nos transforme y nos dé paz al instante. Jesús simplemente cambia la perspectiva: “No fue Moisés. Es mi Padre el que os da el verdadero pan. Y ese pan soy yo.”
Les da una presencia y un alimento. Y el alimento no produce sus efectos al instante, necesita tiempo. Cambiar los malos hábitos de vida, por ejemplo, por otros más sanos no transforma tu fisiología de golpe. La fe funciona igual.
Santa Teresa de Jesús lo sabía bien. Ella misma pasó años de sequedad en la oración, sin consuelos, antes de llegar a la oración de quietud. Nunca prometió atajos. “La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta.” No hablaba de experiencias explosivas, sino de perseverancia. De volver una y otra vez, aunque no sintieras nada. Porque la santidad no es un fogonazo, es un camino.
San Juan de la Cruz fue aún más radical. Llamó a ese proceso “noche oscura”. No es un castigo, es una purificación. Dios va despegando nuestra alma de los apegos, de las seguridades, de las “magias” que nosotros queremos. Y duele. Porque no ver resultados inmediatos duele. Pero sin esa noche, no hay unión profunda.
Ambos carmelitas coinciden en algo que la psicología hoy confirma: la mente cambia por repetición, no por impacto. Para integrar un hábito, sea de la naturaleza que sea, necesitamos comprender, practicar y repetir. Un pianista necesita pasar por ese proceso para llegar a interpretar una pieza musical.
Aquello que practicamos se hace parte de nosotros: si practicamos el miedo, nuestra mente se vuelve experta en miedo. Si practicamos el control, nos volvemos rígidos. El amor verdadero —el que viene de Dios— solo puede emerger en la medida en que desterramos el miedo y el control. Aquí la psicología y la teología se dan la mano: la gracia no anula los mecanismos del aprendizaje humano, sino que los asume y los perfecciona.
La gracia de Dios nos da un alimento: la presencia de Cristo. Y esa presencia, recibida día tras día, va transformando nuestra mente y nuestro corazón hasta hacerlos semejantes al suyo. Eso es la conversión. No un clic. Un proceso.
Jesús termina el diálogo con una frase que parece sencilla pero es demoledora: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.”
No dice “el que me pide un milagro”. Dice “el que viene”. No dice “el que tiene una experiencia espectacular”. Dice “el que cree”. Viene y cree. Una y otra vez. Como quien come pan cada día.
Santa Teresa llamaba a esto “determinada determinación”: una voluntad que no se rinde aunque todo parezca oscuro. San Juan de la Cruz añadía: “Para ir a todo, no ir a nada en nada”. Es decir, soltar la obsesión por los resultados. Comer el pan sin ansiedad, confiando en que Dios actúa en lo escondido, en lo que no vemos ni sentimos.
La gente responde: “Señor, danos siempre de ese pan.”Sin saberlo, están pidiendo lo único que realmente funciona: perseverancia. No un instante mágico, sino un camino de fidelidad cotidiana.