Protección para la institución, abandono pastoral para las víctimas
Abusar de un niño no es una debilidad: es el mal elegido a sangre fría, una traición cometida desde el altar contra quien tenía prohibido sospechar. Pero hay un segundo mal que casi nadie nombra: el de quien sabe y calla, el de una institución rapidísima para defenderse de cualquier crítica y lenta, siempre lenta, cuando el que sufre es un niño. Esto no es un lamento, sino una llamada a despertar las conciencias dormidas, empezando por la propia.
Hay cosas que no se pueden decir a media voz. Cuando un adulto abusa sexualmente de un niño, y todavía más cuando lo hace un hombre vestido de cura, alguien en quien a ese pequeño le habían enseñado a confiar como en Dios, no estamos ante un error ni ante una debilidad. Estamos ante el mal en su máxima expresión. El cura dejó de actuar como un ser humano y eligió comportarse de una forma radicalmente incompatible con la dignidad humana, sin ninguna piedad, con el solo propósito de satisfacer sus mas oscuros deseos a costa de quien no podía defenderse y confiaba en él. Ese mismo cura que después celebró la misa, levantó el caliz y dio la comunión. El mismo cura que hizo un bello sermón sobre el amor y que condenó el pecado y la injusticia, el que confesaba a sus feligreses, escuchaba sus pecados y les imponía una penitencia con la orden de no volver a pecar. En algunos casos conocidos públicamente, sacerdotes acusados o posteriormente condenados llegaron a ocupar cargos de responsabilidad., y se constituyeron en un referente de moral y bondad mientras seguían pisoteando y profanando lo mas sagrado de la condición humana: la inocencia de un niño.
Pensemos un momento en ese niño. No en una estadística, no en un “caso”, sino un niño al que le robaron algo que no se devuelve. Le robaron la confianza, la paz, la idea misma de que el mundo es un lugar seguro. Y lo peor es que muchas veces se quedó callado, cargando él solo con una culpa que no era suya, creciendo con una herida que nadie veía pero que dolía cada día. El que mira esto de frente y no siente que se le rompe algo por dentro, que se revise, porque hay corazones que se han ido quedando fríos sin darse cuenta.
El daño no termina en quien abusa. Se expande, y se hace más grande, en quienes tuvieron conocimiento de indicios graves y no actuaron y siguen sin actuar. En quienes, en algunos casos documentados, optaron por trasladar al responsable en lugar de apartarlo. En quien tuvo el poder de proteger a un niño y eligió proteger un nombre, una imagen, una institución.
El que sabe y no hace nada no está al margen: está sosteniendo el horror con sus propias manos, aunque las tenga limpias. El silencio no es respeto. La calma no es prudencia. Cuando hay un niño esperando justicia, callar y posponer no es neutralidad: es elegir el lado del delincuente.
Cuando se prueba que un sacerdote ha hecho algo tan monstruoso debería dejar de serlo en ese mismo instante: cesado de forma automática, sin trámites eternos ni traslados discretos; excomulgado, apartado de la comunidad que dice servir; y puesto en manos de la justicia como cualquier otro criminal, porque eso es lo que es. Duele ver que basta criticar a la Iglesia, ofender una imagen, cuestionar un dogma, para que lleguen las respuestas firmes, las condenas inmediatas, la maquinaria entera puesta en marcha en defensa propia. Para eso siempre hay rapidez. Pero cuando el que sufre es un niño destrozado por uno de los suyos, de pronto parece que todo se vuelve lento, prudente, complicado, "delicado". Esto revela qué se considera de verdad sagrado y qué se considera prescindible.
La indiferencia no es inocente. Mirar para otro lado tiene un precio, y siempre lo pagan los mismos: los niños a los que nadie defendió a tiempo. Por eso despertar la conciencia empieza por una necesidad apremiante: el que se acostumbra al horror, aunque no lo cometa, ya forma parte de él.
No hace falta ser sabio para saber qué pide la decencia. Pide indignación, no resignación. Pide que ningún cargo, ninguna sotana, ningún prestigio valga más que un niño. Pide hechos, ya, aquí y ahora, no promesas para otro día: apartar al culpable, entregarlo a la justicia, decir la verdad en voz alta y mirar a la víctima a los ojos.
No hace falta ser sabio para saber qué pide la decencia. Pide indignación, no resignación. Pide que ningún cargo, ninguna sotana, ningún prestigio valga más que un niño. Pide hechos, ya, aquí y ahora, no promesas para otro día: apartar al culpable, entregarlo a la justicia, decir la verdad en voz alta y mirar a la víctima a los ojos. Todo lo demás —los discursos bonitos, los gestos medidos, la compasión que sale bien en la foto— es teatro. Y este tipo de representaciones, por elegantes que sean, acaban siempre degenerando en burla mordaz y en cinismo institucionalizado.
Por eso este artículo no es un lamento: es unallamada. Una llamada a despertar conciencias que se han quedado dormidas, empezando por la propia. Para no acostumbrarnos nunca. Para no permitir que la costumbre anestesie lo intolerable.
Para que la próxima vez que escuchemos hablar de “procesos” y de “sanación”, de “personas heridas que hay que acompañar” en lugar de “niños víctimas de sacerdotes despiadados que siguen esperando justicia”, sintamos el golpe seco que esa frialdad merece. Porque cuando hay un niño destrozado, las palabras suaves y los discursos amables no son consuelo: son una forma refinada de crueldad, dardos envenenados que encubren la cobardía de no llamar al mal por su nombre para excusarse de la obligación de actuar.
El mal de quien abusa y el mal de quien no actúa van de la mano: el segundo prolonga, protege y multiplica al primero. No hay matices. No hay zonas grises. Aquí solo hay dos bandos.
El mal de quien abusa y el mal de quien no actúa van de la mano: el segundo prolonga, protege y multiplica al primero. No hay matices. No hay zonas grises. Aquí solo hay dos bandos.
Quien de verdad lo entiende ya no puede quedarse callado ni quieto. Y quien todavía puede callar, aplazar, justificar o mirar hacia otro lado, que sepa que ha elegido el bando equivocado.