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Réplica al cardenal Rouco Varela y a la casta que aún se cree autorizada para dar lecciones

El cardenal Rouco Varela ha vuelto a hablar. Dice que si los laicos alemanes votan, "van contra la constitución divina de la Iglesia". Y yo me pregunto, con el Evangelio abierto al lado, de dónde saca una jerarquía hundida en el lodo hasta el cuello la autoridad moral para dar lecciones a nadie.

Porque esa es la escena real, no la de la entrevista. Décadas de abusos sexuales encubiertos en todos los continentes. Comisiones de investigación que la jerarquía española esquivó hasta que ya no pudo más. Escándalos financieros vaticanos con cardenal condenado incluido. Diócesis en quiebra por las indemnizaciones a víctimas. Y en medio de ese paisaje, un purpurado se declara "muy preocupado" porque en Alemania "la legislación canónica se ha saltado un poco".

Eso no es doctrina. Eso es cinismo con mitra.

Cinismo institucionalizado | Ramón Fandos

El mundo ya no os escucha, y lo sabéis

La jerarquía eclesiástica dejó de ser referente moral para el mundo hace tiempo. No la destronaron los ateos, ni los alemanes, ni la modernidad, ni los cismáticos. La destronó su propia hipocresía organizada: proteger la imagen antes que al herido, mover al depredador de parroquia en parroquia, exigir silencio a la víctima y obediencia al superviviente.

Jesús retrató este final con una precisión que asusta: "Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa... ya no sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente" (Mt 5,13). La gente ya la está pisando. Las iglesias vacías, los jóvenes ausentes, la palabra "cardenal" asociada a escándalo antes que a santidad: es el veredicto de la sal sosa.

Jesús retrató este final con una precisión que asusta: "Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa... ya no sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente" (Mt 5,13). La gente ya la está pisando. Las iglesias vacías, los jóvenes ausentes, la palabra "cardenal" asociada a escándalo antes que a santidad: es el veredicto de la sal sosa.

Y ante ese veredicto, ¿cuál es la respuesta de Rouco? ¿Conversión? ¿Cenizas en la cabeza? No: derecho canónico. "Coláis el mosquito y os tragáis el camello" (Mt 23,24). El mosquito es un voto laical en Frankfurt. El camello lleva décadas atravesado en la garganta de la institución, y tiene nombres y apellidos de víctimas.

Una casta, no un ministerio

Rouco defiende que los laicos "siempre han participado; lo que no podían hacer era votar". Ahí está todo. Voz sin voto es servidumbre con derecho al pataleo. El pueblo puede sostener, pagar, limpiar, rezar y callar. Decidir, jamás. Eso no es un ministerio: es una casta. Un lobby de poder con teología de cobertura, que administra lo sagrado como quien administra un monopolio.

Pero el primer sínodo de la historia ya funcionó de otra manera: "Los apóstoles y los presbíteros, con toda la Iglesia, decidieron..." (Hch 15,22). Con toda la Iglesia. Y Pedro escribió a todos los bautizados: "Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real" (1 Pe 2,9). La casta no la fundó Jesús. Jesús fundó exactamente lo contrario: "Los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos. No será así entre vosotros" (Mt 20,25-26). Esa es la única constitución divina que existe. La monarquía absoluta eclesial no la desarrolla: la deroga.

Y fijaos en la misericordia selectiva, porque retrata a la casta mejor que mil tratados: para los nostálgicos del rito antiguo, "comprensión", "libertad", "no reglamentar". Para los laicos que piden corresponsabilidad, sentencia sumaria. Ternura para el incienso, anatema para el hermano. "Anuláis la palabra de Dios por vuestra tradición" (Mc 7,13).

El clamor ha llegado al Padre

Que nadie se engañe con el tono sereno de las entrevistas. Lo que estamos viendo son los últimos retazos de un régimen totalitario. Y no lo digo yo: lo dice toda la Escritura, que es la crónica de cómo Dios responde cuando una casta explota a su pueblo en su nombre.

"He visto la opresión de mi pueblo, he oído su clamor frente a sus opresores... y he bajado a librarlo" (Ex 3,7-8). El clamor de las víctimas de abusos, de las conciencias manipuladas, de los pobres a los que se predicó miedo mientras se administraba poder, ha llegado al Padre. Y el Padre no llega tarde nunca.

Santiago se lo escribió a los ricos de su tiempo y vale, letra por letra, para toda estructura que vive del pueblo al que dice servir: "El jornal de los obreros que segaron vuestros campos, defraudado por vosotros, está clamando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor" (Sant 5,4).

Y María —una laica, por cierto, sin voz ni voto en ningún sínodo— cantó el programa completo de Dios frente a las castas: "Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos" (Lc 1,52-53). El Magníficat no es una nana. Es una sentencia. Dios extiende su mano contra el explotador no con violencia, sino con algo peor para el poderoso: lo despide vacío. Sin pueblo, sin crédito, sin autoridad. Exactamente lo que está pasando.

María —una laica, por cierto, sin voz ni voto en ningún sínodo— cantó el programa completo de Dios frente a las castas: "Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes...

Lo que va contra la Iglesia

No va contra la Iglesia un pueblo que pide votar. Va contra la Iglesia el miedo como pastoral, la culpa fabricada como correa de control, el silencio ante el abusador y la sospecha ante la víctima. Va contra la Iglesia tratar a los hijos de Dios —"Dioses sois", Jn 10,34— como menores perpetuos. Va contra la Iglesia, sobre todo, confundir la Iglesia con la casta que la administra.

Escribo esto desde dentro. Amo a esta Iglesia: podrá ser la madrastra de Blancanieves, pero es Madre. Y precisamente porque es Madre no pienso dejarla morir secuestrada por sus administradores, embalsamada en derecho canónico, blanqueada por fuera y vacía por dentro.

Cardenal: el sepulcro ya está blanqueado. Reluce. Pero dentro no queda autoridad moral, solo huesos de un poder que fue.

La buena noticia es que nuestra fe empieza, precisamente, en un sepulcro vacío. Dios sabe sacar vida de ahí. De la casta, no tengo tan claro que quede nada que resucitar. Del pueblo de Dios, no me cabe ninguna duda.

fandosrj@gmail.com

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