"Que la Palabra de Dios haga arder nuestro corazón"
"No nos desanimemos cuando nos sorprendamos de las adversidades, que debemos afrontar en la vida. Dejemos que la Palabra de Dios haga arder nuestro corazón, como sucedió a los discípulos de Emaús"
“El día de Pentecostés se presentó Pedro junto con los 11 ante la multitud y, levantando la voz, dijo: “Israelitas, escúchenme. Jesús de Nazaret… fue entregado y ustedes utilizaron a los paganos para clavarlo en la Cruz… a este Jesús Dios lo resucitó y de ello todos nosotros somos testigos”.
Así comenzó la evangelización, donde se da a conocer la resurrección de Jesús venciendo a la muerte. Eso es lo que nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles en la primera lectura, y por eso respondíamos cantando: “Señor, enséñanos el camino de la vida”, es decir, el que supera la muerte.
En la segunda lectura, san Pedro afirma: “Bien saben ustedes… que los ha rescatado Dios, no con bienes efímeros, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo.” En efecto, Jesús dio su vida para mostrarnos el camino a seguir: dar la vida ayudando a los demás, cooperando en comunidad fraternalmente, de manera solidaria.
El hermoso pasaje del Evangelio de san Lucas nos muestra la pedagogía a seguir para ser buenos discípulos de Jesús. Nos dice el inicio del Evangelio de hoy: “Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos. Pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron.”
San Lucas, al narrar esta escena, nos muestra una pedagógica lección, que ilumina cómo proceder ante las adversidades. Estos discípulos creían en Jesús, y muerto en la Cruz; les faltó esa esperanza fundada, de que lo que había dicho Jesús en vida iba a ser cierto, que iba a resucitar. Claro, no es una cosa tan fácil de aceptar. Pensemos cada uno de nosotros, si nos dijera así, si nos hubiera tocado como aquellos discípulos: ¿Le creeríamos a Jesús, antes de ser colgado y crucificado en la Cruz, que iba a resucitar?
Por eso, ante la adversidad, es interesante cómo inicia el diálogo Jesús con estos dos discípulos. Jesús les dijo: “Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas.”
Nuestra fe, la fe católica, no nos muestra, nos anuncia; no nos manifiesta, nos expresa una realidad futura: la vida eterna para nosotros. Por eso nos cuesta trabajo creer. Pero Jesús siguió hablando con sus discípulos en el camino; sin que todavía lo reconocieran, va explicándoles, les va dando cuenta de lo sucedido, y eso es lo que hacemos los presbíteros, los obispos, el Papa: les explicamos a ustedes las Escrituras.
Porque así lo hizo Jesús, nuestro primer maestro. Hay que explicar lo que dicen los Evangelios, la Sagrada Escritura, la Biblia.
Y al ir escuchándola, al ir meditándola —el domingo es explicada, así todos los domingos, pero también en sus casas, explicándose unos a otros— empieza a moverse en nuestro corazón algo parecido a lo que les pasó a estos dos discípulos: “Con razón nuestro corazón ardía mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras.”
Cuando nos dejamos conmover meditando los Evangelios, es el Señor quien está haciendo arder nuestro interior, nuestro corazón. Por tanto, no nos desanimemos nunca cuando afrontemos adversidades, particularmente la muerte, que siempre a nadie se le desea, pero sabemos que todos vamos a pasar en su tiempo, cuando Dios lo tenga reservado.
No nos desanimemos cuando nos sorprendamos de las adversidades, que debemos afrontar en la vida. Dejemos que la Palabra de Dios haga arder nuestro corazón, como sucedió a los discípulos de Emaús. Y también descubramos —¿se fijaron en el texto— cuando descubrieron que era Jesús el caminante que los acompañaba, al partir el pan?
La Eucaristía es al partir el pan; en cada Misa se parte el pan. El sacerdote lo fracciona una vez consagrado, cuando decimos: “Este es el Cordero de Dios.” Que arda, pues, nuestro corazón.
¿Cómo podemos alentarnos en ese caminar? ¿Quién nos puede ayudar a abrir nuestro corazón a la Palabra de Dios? Nuestra madre María de Guadalupe para eso vino a estas tierras. Pongámonos de pie y, en un breve silencio, abrámosle nuestro interior y digamos: Señora nuestra, que arda nuestro corazón como los discípulos de Emaús y te reconozcamos al lado de nuestra vida, especialmente en cada Eucaristía.
Madre nuestra, María de Guadalupe, al llegar a este tercer domingo de Pascua, te pedimos que nos ayudes para agradecer a Dios Padre la encarnación de Jesucristo, camino de verdad y vida. Bien sabemos que Dios Padre nos ha rescatado, no con oro ni con plata, sino con la sangre preciosa de tu Hijo Jesús.
Por ello te pedimos, Madre nuestra, que nos ayudes a descubrir, como los discípulos de Emaús, que al partir el pan de la Eucaristía se encienda nuestro corazón y descubramos por la fe que Jesús está presente para mostrarnos el camino de la vida.
Danos el ánimo y la necesaria convicción de que somos sus discípulos y, por ello, debemos conocerlo leyendo y meditando los Evangelios, y así logremos promover con nuestra conducta diaria la misericordia divina.
Invocamos tu auxilio por todas las familias, especialmente de nuestra patria querida, para que encontremos los caminos de reconciliación y logremos la paz en el interior de cada familia y en la relación de unas con otras, en las vecindades, cotos, departamentos y en nuestra manera de comportarnos al transitar por las calles y los comercios.
Todos los fieles aquí presentes este domingo nos encomendamos a ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza: Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María de Guadalupe. Amén.