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María del Mar: su sí fue sí. Una vida transparente

"Lo que veías en ella era lo que era"

Hoy he celebrado con cariño el funeral de María del Mar, madre de Alfonso, joven que suele estar en nuestras celebraciones parroquiales con su alba para acolitar y ayudar en la misa. El es transparente, hace dos domingos nos decía que su madre habría sufrido un derrame cerebral y aunque parecía que iba remontando, hoy la hemos despedido en una celebración muy especial. Enfoqué la eucaristía desde la perspectiva de la dimensión comunitaria de la persona y el sacramento que éramos los que estábamos allí , sus hijos, primos y demás familiares, miembros de la hermandad del Rocío a la que pertenecía, y personas de nuestra parroquia así como sus vecinos y amistades de su barrio y sus momentos lúdicos.

Elegí el evangelio de la transfiguración porque recordaba cómo participó en la peregrinación que organizamos con motivo del tiempo de la creación a Tentudía, el lugar más alto de nuestra provincia donde se alza el santuario de la Virgen. Fue un día de verdadera alegría según me comentaba después. Pero hoy la transfiguración se ha producido en la celebración con un familiar, su primo Sergio Carmona, él quiso hacer una acción de gracias en la Eucaristía. Le acerqué el micrófono al ambón, y aunque que decía no estar muy avezado en intervenciones litúrgicas, narró una lectura creyente de la persona y figura de María del Mar, que fue haciendo de la celebración un momento de cielo y de gozo. Supo ver la transparencia y la verdad de esta persona que iba mucho más allá de la visión del mundo y de la sociedad, pasando de lo eficaz a lo fecundo, de lo exitoso a lo verdadero, de lo aparente a lo auténtico.

Según entendí no estábamos ante una mujer exitosa o perfecta según el mundo, pero sí compasiva y verdadera a los ojos del amor y de Dios, y se hacía testigo desde lo vivido y contemplado en ella y en su lucha de vida. Yo confieso que allí se estaba derramando la luz de la verdad en la sencillez de una vida tan oculta como fecunda. Dejadme que ponga esta vela encendida por Sergio en lo alto de este blog para que alumbre a todos las personas que se acerquen aquí.

María del Mar

Querida familia, queridos amigos, hermanos en la fe:

Hoy nos reunimos con el corazón roto, pero también con el alma llena de gratitud, para despedir a mi prima hermana María del Mar, a quien, en nuestra familia, con todo el cariño del mundo, siempre llamamos “la Titi”. Decir “la Titi” no es decir un apodo cualquiera. Es decir, cercanía, es decir familia, es decir una vida compartida entre primos, reuniones, risas, conversaciones sencillas y momentos que, sin darnos cuenta, se nos han convertido en tesoros.

Creyente y luchadora

María del Mar fue una mujer creyente, activa y muy querida en la Hermandad del Rocío de Badajoz. Allí, como en tantos otros lugares, dejó algo que no se compra ni se finge: huella. Huella de bondad, de presencia, de esa forma suya de estar con los demás que hacía que uno se sintiera mejor.

María del Mar nació con algunas limitaciones que fueron, sin duda, una gran prueba. Pero si algo define su vida es que, pese a esas dificultades, fue una persona de superación, de lucha por una vida plena, de dignidad silenciosa. No vivió desde la queja, sino desde el empeño. Y eso, en un mundo como el de hoy, tan de escaparate, tan de apariencia, tiene un valor inmenso. Porque la Titi era así: generosa, cariñosa, amable, sin doble fondo. Lo que veías en ella era lo que era. Y hay muy pocas personas de las que podamos decir eso con tanta seguridad.

Deja un legado de amor

En estos últimos días, su marcha ha sido rápida tras el derrame cerebral, y aun así, no ha estado sola. Quiero nombrar, con especial emoción, a su prima Nieves, para quien María del Mar fue como una hermana. Nieves ha estado a su lado con una entrega que solo nace del amor verdadero, de una vida entera caminada juntas. En el recuerdo quedan también esos momentos en Sevilla, aquellas clases de baile, siempre acompañadas, siempre unidas, siempre sumando recuerdos que hoy, aunque duelan, también sostienen. Y quiero agradecer y reconocer también a sus primas Conchita y Raquel, y sobre todo a sus hijos, su queridísima Rocío y su amado Alfonsito, que han estado especialmente atentos y haciéndole compañía en estos últimos días. Ese cuidado, ese amor, dice mucho de lo que María del Mar sembró en los suyos. Uno recoge lo que da… y hoy se ve claramente cuánto dio ella.A mis primos César y Alfonso, y a toda la familia Villarroel Carmona: recibid mi más sentido pésame. Hoy duele, y duele mucho. Pero también hoy podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que vuestra hermana deja un legado limpio: un legado de amor.

Benditos hijos

Y ese legado vive en sus hijos. Rocío: tu madre te adoraba. Te deja el ejemplo de una vida con trabajo, con corazón, con entrega. Te deja una fuerza que quizá ahora no notes, pero que irá apareciendo cuando la necesites. Y tú, Alfonsito: aunque el camino haya tenido piedras desde el principio, quiero decirte algo con toda claridad: tu madre fue una escuela de vida. Y ese amor al prójimo, ese esfuerzo personal, esa manera de luchar sin artificios, te acompañará siempre. Que nadie te robe la esperanza. Que nadie te quite la fe en que se puede vivir con verdad y con bondad. Y permitidme decirlo como familia: “los Carmonas” vamos a estar. Cuando haga falta, como haga falta. Porque en esta familia hay heridas antiguas que se han sostenido con tesón, con ese espíritu emprendedor y valiente que nos caracteriza, y que César y Alfonso han demostrado una y otra vez. Y ese mismo espíritu estará al servicio de Rocío y de Alfonsito.

Amó y quiso ser amada

María del Mar conoció el dolor desde temprano. Se fue su padre siendo muy joven, y aquello fue un golpe grande para la familia. Y aun así, ella y sus hermanos siguieron adelante. Más tarde falleció su querida madre, Maritrini, a quien hoy necesito nombrar también, porque fue una figura especial para todos, y para mí lo fue de forma muy particular. Yo iba a verla mucho: me regalaba consejos, cariño, y esa sensación de hogar que no se olvida. Maritrini tiró de María del Mar sin descanso, fue guía y fue refugio. Y perderla fue un dolor inmenso. María del Mar se quedó sin padres, sufrió… pero se recompuso. Y siguió. Luchó también por su derecho a amar y a ser amada. Y lo consiguió. Se casó con su amado Serafín, formó su familia, y vivió el amor con una entrega profunda, sin rendirse ante opiniones ajenas, sin dejarse apagar. Y también llegó otra prueba: la enfermedad y la muerte de Serafín. María del Mar lo acompañó hasta el final. Y, aun así, su espíritu no se quebró. Porque tenía a sus hijos, tenía a sus hermanos, tenía a su familia, y peleó por mantener lo que para ella era sagrado: la unión.

Nuestra abuela Angelita nos enseñó el valor de la familia. Y María del Mar lo tomó en serio. En esas reuniones de los viernes, en las que los primos Carmona nos comprometimos a vernos, ella era siempre de las primeras: proponiendo fechas, insistiendo, empujando con cariño para que nadie faltara, porque intuía —y sabía— que eso nos sostiene por dentro. Hoy, al despedirme, quiero decirlo en nombre de sus primos, de su gente: gracias, Titi. Gracias por tu ejemplo. Gracias por tu verdad. Gracias por tu manera de querer.

Al cielo con los suyos y con la virgen del Rocío

Y hoy, en un entierro cristiano, no solo lloramos. También rezamos. Y también esperamos. María del Mar creía que después de esto hay algo más. Y yo, aunque a veces a algunos nos cueste creer en el más allá, hoy me agarro a lo esencial del Evangelio: al ejemplo de Jesús Nazareno, humildad y amor al prójimo. Y desde esa fe, le pedimos al Señor que la reciba en su misericordia, que le dé descanso, y que la lleve a la luz. Titi: si el cielo se abre por el amor, por la bondad, por la vida entregada, entonces confiamos en que ya estás con Dios. Y me gusta imaginarte reencontrándote con Serafín, con tu madre Maritrini, con tu padre… y con los nuestros: con el tío Millán, con la tía Puri, con el tío Julio, riéndote con el tío Juan Carlos, abrazando a la Tita María… y sí, también me gusta imaginarte comiéndote unas croquetas con ella, y ayudando al abuelo José a poner en hora ese reloj de pared, que seguro allí arriba también hace falta. Porque esa era tu forma de estar en el mundo: sencilla, familiar, cercana, entrañable. Nosotros nos quedamos aquí con el dolor de tu ausencia, pero también con el privilegio de haberte tenido. Y con un compromiso: seguir tu senda, cuidar a los nuestros, mantener la unión, y querer con verdad. Descansa en paz, María del Mar. Hasta pronto, Titi. De tu primo que siempre te llevará en el corazón, Sergio.

María del Mar

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