Hazte socio/a
Última hora:
San Romero de América, ¿doctor de la Iglesia?

Perdonar es hoy un reto de vida (Domingo XXIV)

Vivir el proceso del perdón y la reconciliación, camino de libertad. Necesidad urgente entre nosotros

Dios del perdón y la misericordia

La construcción de las personas y de la comunidades humanas es inviable sin la educación en el verdadero perdón y la capacidad de reconciliación en el interior personal y en el mundo relacional. Los seguidores de Jesús tenemos en él la escuela y el camino que lleva a la paz y la justicia que nace de un interior perdonado y sanado.Hoy se necesita entrar en este sentido profundo del proceso del perdón.

No podemos silenciar la clave del perdón en la historia de la salvación, pues quedaría en nada. Los procesos de perdón y misericordia de Dios con el pueblo son marco de referencia para la construcción de la persona en el encuentro con los otros desde el Evangelio de Jesús de Nazaret. Es el milagro de saber perdonar el que nos identifica en el seguimiento del Maestro.

20200504_solidaridad_guadalupe

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO (Mateo 18,21-35)

En aquel tiempo se adelantó Pedro y preguntó a Jesús:

–Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?

Jesús le contesta:

–No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:

«Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo». El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo:

«Págame lo que me debes». El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:

«Ten paciencia conmigo y te lo pagaré». Pero él se negó, y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero como yo tuve compasión de ti?». Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Un taller sobre el perdón en primera persona

Le pido a un feligrés cualificado en el sentido profesional y profundo en lo personal que comparta su experiencia tras realizar un taller sobre el perdón en la parroquia. Él nos habla del proceso del perdón desde la desnudez de su propia experiencia elaborada y reflexionada:

Cuando me pidieron hacer un taller sobre el perdón, me sentí obligado moralmente a decir que sí, porque, después de abandonar ideas erróneas sobre el perdón, he podido vivir su auténtico proceso y podría ilustrarlo con mi propia experiencia.

Desde mi infancia he sido objeto de humillaciones y descalificaciones, incluso de violencia por parte de mi hermano, quien, movido por su carácter irascible, volcaba en mí todas sus frustraciones.

Creía que perdonarle consistía en olvidar sus ofensas y actuar como si nada hubiera pasado. Esto me hacía sentir «buena persona». Pero la rabia, la impotencia, la vergüenza…, se acumulaban en mi interior, inflándose como un globo hasta explotar casi con mayor violencia de la que había experimentado sobre mí.

Todo mi convencimiento de ser buena persona desapareció cuando fui consciente de mi deseo de devolverle todo el daño ocasionado. Mi corazón había vivido una falsa paz encubriendo el dolor y el deseo de venganza, por mucho que mi cabeza me dijera que debía perdonarle. Supe entonces que el deseo o la voluntad de perdonar no era suficiente para hacerlo; que perdonar no podía consistir en olvidar, porque el olvido solo oculta una herida a la que hay que atender y cuidar.

Al conectar con esa herida sentí mi propia debilidad: ¿por qué lo he permitido? ¿Cómo he podido dejar que me hiciera esto? ¿Por qué no me he defendido? Y al dolor de la ofensa se añadió la culpa y la vergüenza por haber dejado mi yo más profundo y débil expuesto a la mirada de todos, sintiéndome inadecuado, impotente… y, por tanto, responsable y culpable de todo el daño recibido. Así, la incapacidad de perdonar a mi hermano se volvió sobre mí mismo: no podía perdonarme ni exculpar mi propia debilidad. El dolor causado por la voz de mi propio juez interno era incluso mayor que el daño externo recibido.

Busqué ayuda. Necesitaba que alguien me devolviera una mirada más cariñosa de la que yo era capaz de darme. Una mirada que permitiera acoger la ambivalencia que había en mí y que ninguna persona, institución o divinidad me podían proporcionar, porque mi corazón se sentía indigno de recibirla.

Tras una larga e infructuosa búsqueda, la vida me hizo un enorme regalo. En el curso de una violenta discusión con mi hermano, mi padre, ya anciano y con Alzhéimer, se interpuso entre nosotros defendiéndome, pero yo le recriminé que siempre me había hecho sentirme responsable de los males de mi hermano. Entonces me miró y vi la ternura y el cariño en sus ojos; me tomó las manos y solamente me dijo: «¿Responsable? Tu siempre has sido la víctima». Me di cuenta de que toda la vida había deseado oír esas palabras, recibir esa mirada sin juicio y acogedora por su parte. Quizá estuvo siempre ahí, pero mi propio dolor no me permitía verla.

A partir de ese momento algo ha cambiado: voy dejándome de mirarme con tanto rigor y voy acogiendo mi vulnerabilidad. Me puedo reconocer en mi fragilidad de víctima, pero también en mi capacidad de ofensor. Puedo verme en mi totalidad, y eso me ha ayudado a ver a mi hermano del mismo modo: reconocer su dolor además de su capacidad de dañar.

Entiendo ahora que perdonarle no me exige volver a estar con él como si nada hubiera pasado. He podido tomar distancia, hacer el duelo por la pérdida de mi expectativa sobre él; de una relación fraterna que nunca fue como habría deseado. He podido redefinir cómo quiero relacionarme con él y ya no me siento responsable de él ni de su debilidad. Le puedo perdonar y mi corazón no siente ansias de venganza. Ahora alberga el deseo de que algún día sea feliz, pero yo no puedo hacerlo.

Y desde una perspectiva que supera la cognición y la voluntad experimento también el sentido de todo lo vivido; puedo contemplar una «intención positiva» en todo el daño que me hizo, y eso me permite trascender el dolor y entender que mi hermano, a su manera, buscaba el bien para mí. Desde ahí también contemplo de otro modo esa frase de Jesús en la cruz que nunca había podido comprender: «Perdónalos porque no saben lo que hacen».

El proceso de perdonar y sus claves

Le sugiero al amigo que sintetice las claves del perdón de su relato de vida:

Perdonar no es solo el resultado de una voluntad libre que decide hacerlo. Es un proceso que se inicia con el deseo sincero de poder perdonar a quien me ha dañado y exige algunas condiciones.

No podremos llegar a perdonar sin poner distancia de la ofensa y del ofensor. Es necesario que los actos ofensivos hayan terminado. No podemos ni siquiera contemplar la posibilidad de perdonar mientras sigamos siendo víctimas. En tal caso, lo más que podríamos hacer es reconocer que nos gustaría hacerlo, pero ahora no podemos. Esto exige ser conscientes de nuestros límites.

Como todo proceso, exige un esfuerzo que se inicia haciéndonos conscientes y renunciando a nuestros deseos de venganza; de que el ofensor, de un modo u otro, reciba el mismo daño que no has infligido. La dificultad radica en el miedo que surge de nuestra creencia de que debemos reanudar la relación con el ofensor «como si no hubiera pasado nada». Sin embargo, nunca volveremos a tener la misma relación con el ofensor. Nada volverá a ser igual y hay que hacer un proceso de duelo que nos lleve a redefinir cómo queremos que sea la nueva relación o incluso contemplar la posibilidad de no reanudarla, algo que no equivale a la ausencia de perdón.

La ofensa ha provocado en nosotros ira, enfado, impotencia, decepción…, y detrás de todo esto hay dolor; dolor de sentir nuestra fragilidad, nuestra debilidad y vulnerabilidad, y, cuando lo experimentamos, sentimos vergüenza. Se reavivan nuestras heridas más íntimas, sentimos que la deficiencia de nuestro yo más profundo ha quedado expuesto a los demás y tememos el ridículo y el rechazo que esto pueda provocar. Nos rechazamos y culpamos por nuestra vulnerabilidad, por nuestros límites, y nos volvemos nuestros propios agresores.

Ahora, como con todas las heridas, es necesario cuidar nuestra vulnerabilidad, Tenemos que buscar a alguien a quien confiar nuestro dolor y que nos ayude a aliviar el sufrimiento. Alguien que nos permita desidentificarnos de esa parte de agresor que llevamos dentro y nos ayude a mirarnos con el cariño necesario para acoger nuestra vulnerabilidad sintiéndonos protegidos.

Solo si acogemos esa ambivalencia interna nuestro corazón se abrirá a la paz interior. Aprendemos a amarnos en nuestra debilidad y reconocemos que también podemos dañar. Entonces ya podemos abrimos al perdón del otro. Podemos comenzar a verle también en su totalidad, en sus limitaciones, y no solo como alguien capaz de dañar, alguien que nos ha agredido u ofendido.

Y solo en la medida en que lo comprendemos podremos llegar a buscar la intención positiva en la ofensa. Buscar aquello que pueda ser valioso en el sufrimiento. Esta visión de plenitud y totalidad del otro y de la ofensa requiere algo más que la cognición y la voluntad: es una dimensión trascendente que nos abre a la gracia del perdón y libera nuestro corazón.

Acordes encarnados:

 63. PERDONAR | A. Calvo & P. Monty

Perdonar

Perdonar no es olvidar,

es dejar de sangrar.

Es mirar sin rencor,

aunque no quiera regresar.

Que tu vida encuentre calma,

aunque yo no la pueda dar,

y mi alma, por fin,

se atreva a descansar.

También te puede interesar

Vivir el proceso del perdón y la reconciliación, camino de libertad. Necesidad urgente entre nosotros

Perdonar es hoy un reto de vida (Domingo XXIV)

María, criatura agraciada y agradecida con toda la creación, junto a Cristo, nuestro Alfa y omega. La riqueza humana envuelta en pobreza y humildad, frente al poder y el dinero.

Festejando a Cristo, creador y criatura y a su madre María , esclava en el tiempo de la creación

Tarde de oración y contemplación en Avila con sacerdotes del Prado. Estudio del Evangelio.

Nazaret o evangelizar a los pobres lo es todo

Lo último

Desde 1926, impulsando la misión de la Iglesia

Una web para celebrar los cien años del Domund