Venezuela: orar desde el exilio
“Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos y aun llorábamos, acordándonos de Sion.” (Salmos 137:1)
Visión de un profesor venezolano sobre los sucesos del 3 de enero
Una voz desde el exilio
“Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos y aun llorábamos, acordándonos de Sion.” (Salmos 137:1)
Para iniciar esta reflexión recurro a la imagen bíblica del destierro. Así, como aquel pueblo que lloraba lejos de su tierra, muchos venezolanos observamos hoy a nuestra patria desde la distancia. Desde que la madrugada del 3 de enero estremeció a Venezuela, mi pensamiento ha quedado suspendido entre el asombro, la tristeza y una profunda interrogante sobre lo que significa ser venezolano en tiempos de tanta incertidumbre.
Desde el exilio, la patria se mira con los ojos llenos de memoria y el corazón cargado de preguntas. “Porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir.”(Hebreos 13:14). Las múltiples voces de una misma historia se superponen en el relato de esos días, la información llega fragmentada, a veces contradictoria, cargada de intereses políticos y de emociones colectivas.
Como educador y cristiano, sé que la verdad no se impone: se construye escuchando, contrastando y reflexionando, no repitiendo consignas. “Porque nada hay encubierto que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse.” (Lucas 12:2). En medio del ruido informativo y de la tensión que marcó esas horas, mi mente se desplazó inevitablemente hacia un lugar que para muchos venezolanos simboliza el dolor más hondo: El Helicoide, ese infierno de concreto transformado en prisión de presos políticos, pensé en sus pasillos oscuros, en celdas sin justicia, en hombres, mujeres, jóvenes e incluso niños cuyo único delito ha sido pensar distinto. “Me sacó de la cárcel para que alabara su nombre.” (Salmos 142:7).
Por un instante, al escuchar hablar de cambios y de reordenamientos, quise creer que ese tormento estaba cerca de terminar, que el sufrimiento de tantos inocentes encontraría al fin un respiro. Pero la esperanza se estremeció cuando supe que Delcy Rodríguez quedaba al frente del proceso, entonces comprendí que, al menos por ahora, la estructura que ha sostenido ese sistema de dolor permanecía intacta. “¿Hasta cuándo, oh Señor, clamaré, y no oirás? ¿y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás?” (Habacuc 1:2)
Pensé en los familiares que oran cada noche, en las madres que esperan frente a portones cerrados, en los hijos que crecen sin el abrazo de sus padres, y recordé que, aun en los calabozos más oscuros, hay un clamor que no se pierde en el vacío. “El Señor oye a los presos; no menosprecia a su pueblo cautivo.” (Salmos 69:33) Como profesor y como cristiano, miro estos hechos no solo como eventos políticos, sino como experiencias humanas que marcarán a generaciones enteras. “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.” (Mateo 5:4)
Aun así, la historia enseña que ninguna injusticia es eterna y que toda noche, por larga que parezca, termina cediendo al amanecer. “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice el Señor, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.” (Jeremías 29:11) “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.” (Salmos 126:5) Desde el exilio, con el corazón atado a Venezuela y la fe puesta en la justicia divina, sigo creyendo que incluso los muros de las cárceles más duras caerán, y que la verdad y la libertad, tarde o temprano, terminarán abriéndose paso.
Hugo Parada. Desde Badajoz.