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La homilía prohibida: ¿la Iglesia vuelve a elegir la cristiandad?

La Primera Carta a los Corintios en el capítulo 14 describe una Iglesia donde la palabra circula entre las personas creyentes. Pablo habla de una comunidad donde diversos miembros enseñan, exhortan y profetizan en las celebraciones.

Si todas las personas bautizadas participan del sacerdocio de Cristo, si han recibido el Espíritu, si son corresponsables de la misión, resulta cada vez más difícil justificar la exclusión absoluta de las laicas y laicos de uno de los ministerios más importantes de la comunidad cristiana: la interpretación y actualización pública de la Palabra.

Monopolio clerical de la Palabra

La reciente reafirmación vaticana de que la homilía durante la Eucaristía está reservada exclusivamente a obispos, presbíteros y diáconos ha provocado una nueva decepción entre muchas personas que esperaban que la Iglesia continuara avanzando por el camino abierto por el Concilio Vaticano II.

No se trata simplemente de una cuestión litúrgica ni de una discusión sobre competencias ministeriales. Lo que está en juego es algo mucho más profundo: el modelo de Iglesia que se quiere afirmar para el futuro.

Las decisiones nunca son neutrales. Detrás de una norma aparentemente técnica se esconde siempre una determinada teología, una determinada comprensión del ministerio y una determinada visión del pueblo de Dios.

La prohibición de la homilía a las laicas y los laicos transmite un mensaje inequívoco: en la Iglesia siguen existiendo funciones fundamentales reservadas exclusivamente a quienes pertenecen al estado clerical, que es el estamento privilegiado. Y cuando la pertenencia clerical se convierte en el criterio decisivo para acceder a una función eclesial, la Iglesia vuelve inevitablemente a un modelo: la Iglesia de cristiandad.

La paradoja es especialmente llamativa en el comienzo del pontificado de León XIV. Hacia fuera, la Iglesia presenta un discurso de diálogo, apertura y sensibilidad hacia los grandes desafíos humanos de nuestro tiempo. Sus intervenciones sobre la paz, la justicia social, la dignidad humana o la crisis ecológica proyectan una imagen renovadora y atractiva. Cuando la mirada se dirige hacia las estructuras internas de la institución, el impulso reformador parece frenarse. Allí donde se esperaba una profundización de la participación eclesial y una superación efectiva del clericalismo, aparecen señales de continuidad con modelos clericales heredados.

La cuestión de la homilía es uno de esos signos. Y lo es porque remite a una pregunta más radical: ¿qué sacerdocio quiere representar hoy la Iglesia?

Resulta significativo que los evangelios nunca presenten a Jesús como sacerdote. Lo llaman profeta, maestro, mesías, hijo del hombre, enviado de Dios, pero jamás sacerdote. La categoría sacerdotal aparecerá posteriormente en la Carta a los Hebreos, precisamente para explicar la originalidad absoluta de su misión.

Y lo que afirma Hebreos es extraordinario: en Cristo se produjo un verdadero "cambio del sacerdocio". Jesús no pertenece a la tradición sacerdotal de Aarón. No ejerce su misión desde el templo. No forma parte de la casta sacerdotal. No se separa del pueblo para representar lo sagrado. Al contrario, su sacerdocio consiste precisamente en romper esa lógica religiosa.

Mientras el sacerdocio antiguo se definía por la separación, Jesús se define por la identificación con los hombres y mujeres de su tiempo. Mientras el sacerdote tradicional ascendía hacia Dios desde el ámbito de lo sagrado, Jesús representa a un Dios que desciende hacia la humanidad y especialmente hacia los y las pobres, las personas excluidas y sufrientes. Mientras el sacerdocio religioso tendía a distinguir entre puros e impuros, Jesús derriba esas fronteras.

Su sacerdocio no nace de la distancia sino de la cercanía. No nace del privilegio sino de la solidaridad. No nace del poder sino del servicio. No nace del templo sino de la vida. Y alcanza su culminación no en un santuario sagrado sino en una cruz levantada fuera de la ciudad, en el lugar de las personas marginadas.

El sacerdocio de Jesús constituye una crítica permanente a toda forma de sacerdocio que tienda a separarse del pueblo, a elevarse sobre él o a monopolizar la mediación religiosa.

Sacerdocio de Jesús, sacerdocio laico de la compasión

A lo largo de la historia fue consolidándose otro modelo. Es lo que podemos llamar sacerdocio de cristiandad.

La cristiandad no es simplemente una época histórica. Es una manera de organizar la Iglesia. Una manera de entender la autoridad, los ministerios y las relaciones internas de la comunidad cristiana.

En ella, la Iglesia se concibe como una sociedad desigual. Durante siglos, la propia teología utilizó esta expresión. Existe una categoría de cristianos que enseñan y otra que aprende; una que gobierna y otra que obedece; una que administra y otra que recibe.

En este esquema, el sacerdote ocupa el centro de la vida eclesial. La palabra se clericaliza. La autoridad se clericaliza. La representación de la Iglesia se clericaliza. La misión se clericaliza.Y poco a poco el sacerdote termina apareciendo como alguien situado por encima de la comunidad más que dentro de ella.

Este modelo, aunque revestido de lenguaje cristiano, se aleja significativamente del sacerdocio de Jesús. Jesús nunca creó una clase sacerdotal separada. Nunca estableció una aristocracia religiosa. Nunca distinguió entre creyentes de primera y creyentes de segunda.Por el contrario, dejó una afirmación que sigue siendo revolucionaria: "Todos vosotros sois hermanos". Y añadió: "No será así entre vosotros", refiriéndose precisamente a las formas de dominación y jerarquización propias de los poderes de este mundo.

La prohibición de la homilía a los laicos debe interpretarse en este contexto. No se trata simplemente de quién habla durante unos minutos. Se trata de quién es reconocido como sujeto autorizado de la palabra eclesial.

Hoy existen mujeres y hombres laicos con una preparación bíblica, teológica y pastoral extraordinaria. Existen mujeres que han dedicado décadas al estudio de las Escrituras. Existen catequistas, teólogos y teólogas, y agentes pastorales cuya experiencia evangelizadora es inmensa. Toda estas personas quedan excluidos de la homilía por una única razón: no pertenecen al estado clerical. No porque les falte formación. No porque les falte fe. No porque les falte reconocimiento comunitario. Sino porque les falta una condición jurídica. Y cuando la condición jurídica prevalece sobre el carisma, estamos claramente ante una lógica de cristiandad.

El Nuevo Testamento ofrece una imagen muy distinta de la vida comunitaria.

La Primera Carta a los Corintios en el capítulo 14 describe una Iglesia donde la palabra circula entre las personas creyentes. Pablo habla de una comunidad donde diversos miembros enseñan, exhortan y profetizan en las celebraciones. Toda la comunidad puede contribuir a la edificación común.

También la historia de la Iglesia conoció modelos más abiertos. Orígenes explicó públicamente las Escrituras antes de ser ordenado sacerdote. Los grandes maestros y maestras  monásticas ejercieron una autoridad espiritual reconocida que no dependía esencialmente del ministerio clerical. Durante siglos existieron múltiples formas de ministerio de la palabra nacidas del reconocimiento de los carismas.

Por eso la decisión vaticana produce decepción. Porque parece indicar que, cuando llega el momento de tomar decisiones concretas, sigue prevaleciendo la lógica de la desigualdad eclesial. Y porque contradice en la práctica la gran intuición del Vaticano II.

El Concilio recuperó la idea de que toda la Iglesia participa del único sacerdocio de Cristo. Recuperó la centralidad del Pueblo de Dios. Recuperó la dignidad bautismal como fundamento de toda vida cristiana.

Si todas las personas bautizadas participan del sacerdocio de Cristo, si han recibido el Espíritu, si son corresponsables de la misión, resulta cada vez más difícil justificar la exclusión absoluta de las laicas y laicos de uno de los ministerios más importantes de la comunidad cristiana: la interpretación y actualización pública de la Palabra.

Frente a la Iglesia de cristiandad emerge hoy la necesidad de una Iglesia de cristianía.

Una Iglesia construida desde el Evangelio y no desde el poder religioso. Una Iglesia de iguales y no de desiguales. Una Iglesia que parte del bautismo antes que de la condición clerical. Una Iglesia donde los ministerios existen para servir al pueblo de Dios y no para diferenciarse de él.

Una Iglesia donde el sacerdocio ministerial sea verdaderamente una diaconía al servicio del sacerdocio común de los creyentes.Una Iglesia donde la autoridad nazca de la comunidad y vuelva siempre a ella.

En definitiva, una Iglesia más fiel al sacerdocio de Jesús que al sacerdocio heredado de la cristiandad.

Iglesia inclusiva de la Cristianía

La prohibición de la homilía no es únicamente una norma litúrgica. Es una declaración eclesiológica. Dice qué Iglesia se considera deseable y qué Iglesia sigue generando temor. Y precisamente por eso decepciona. Porque muchas personas creyentes esperaban que el tiempo de las desigualdades sagradas estuviera llegando a su fin. Porque muchos pensaban que la Iglesia estaba preparada para confiar más en el Espíritu derramado sobre todo el pueblo de Dios.

La gran cuestión del siglo XXI continúa siendo la misma: si la Iglesia quiere seguir viviendo según la lógica de la cristiandad o si tendrá el coraje de convertirse plenamente en una Iglesia de cristianía, más evangélica, más soro-fraternal y más fiel al sacerdocio laico de Jesús.

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