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!Ah, mi casa!

¿Qué se llevó la Dana cuando se llevó mi casa y qué ardió cuándo ardió mi casa? La casa, el microcosmos, centro y síntesis del mundo, el mismo mundo, su umbral es el límite entre el dentro y fuera, es el lugar en donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos; el lugar con el que las personas establecen una profunda simpatía instintiva y tantas afinidades magnéticas y materiales que se adhieren a la piel como la tortuga a su caparazón. La casa simboliza el ritmo y el equilibrio cósmicos, y para multitudes enteras, además, la casa son los ahorros de toda una vida. Cada rincón es un escaparate de recuerdos de aquellas tardes de juego que duraban una eternidad, y que hoy se escapan entre los dedos como un puñado de agua. La casa, ante la falta de solidez de todo, es el símbolo del fundamento inquebrantable del arraigo contra el repelús de la cercanía del abismo; es el espacio lleno de referencias que dan sentido a todo. El mundo es el desierto inmenso que inquieta y abisma, la casa la quietud de la contemplación. La casa es el apoyo seguro sobre el que se puede caminar con confianza contra el desasosiego que causa caminar por arenas movedizas.

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