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Los barrotes, como un fuselaje que naufraga en la arena, como una catedral muerta, pueden herir el paisaje o iluminar el corazón; son un infierno para quienes viven atados pero un deleite para quienes viven allí dentro libremente. Los barrotes levantan muros infranqueables contra el brillo de latas sin valor, contra la tumba y el laberinto de los sueños vacíos y contra la cripta del miedo que entorpecen y emborronan la realidad. El mundo es una gramática de flores, de lirios, de rayos y de sunamis, una espiral, un jeroglífico de signos y símbolos, reflejo de mil visiones del mundo con cortinas de nubes y de estrellas, con lagos, montes y dulces praderas verdes. Para la monja, los barrotes son la protección de su soledad que agita y hace florecer el jardín interior. “El espíritu libre es el fuego esencial” que da fuerza para obedecer las leyes que se han desobedecido, eso que tan pocos se atreven a querer.
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