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La Providencia

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Echaba largas horas inmóvil perdido en sus ensoñaciones escuchando subir las campanas s arañando la falda del monte, valar las ovejas perdidas entre la maleza del monte, trinar y cantar los pájaros que distinguía por su canto. En el polvo distinguía la pisada de la perdiz de la del gorrión, la de la libre de la del conejo, la del lobo de la del perro de caza. Por la sombra de los árboles adivinaba la hora exacta de la mañana o de la tarde. Al atardecer salía a errar por los senderos que conocía desde niño cuando pastoreaba las ovejas de su casa. Estaba flaco como una sombra, nadie sabía de qué se alimentaba porque nadie le veía comprando nada. Cuando se paraba a conversar, con quien tuviera tiempo para entretenerse con él, la ristra de gatos que lo acompañaban quedaba inmóviles a su alrededor. Conversando, se mesaba las luengas barbas sin parar. “¿En dónde vive el ermitaño, o el mendigo, o ese vagabundo, que el que hoy me he encontrado paseando?”, preguntó en el bar el recién llegado. Ahhh¡ La Providencia.

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