La Orden de San Agustín afilia al arzobispo de Madrid: un signo de cercanía espiritual
Un vínculo que lo acoge como "parte de nuestra familia de modo análogo a quienes lo son por la profesión de los votos religiosos", expresa el padre Domingo Amigo
(Archimadrid).- En la Orden de San Agustín, un modo de «manifestar nuestra gratitud a quienes se han distinguido particularmente como benefactores», es concederle la condición de afiliado. Un título que lleva a pertenecer «con un vínculo de comunión de fe y participa, tanto en vida como después de la muerte, de los beneficios espirituales», con el que es considerado «parte de nuestra familia de modo análogo a quienes lo son por la profesión de los votos religiosos».
El último en recibir este título ha sido el arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo, en una misa celebrada el 13 de mayo de 2026 en la parroquia San Manuel y San Benito de Madrid. Una celebración que contó con la participación de un buen número de agustinos de diversas comunidades presentes en la archidiócesis, entre ellos el prior provincial de la Provincia San Juan de Sahagún, padre Domingo Amigo, y el vicario episcopal de la Vicaría VIII, padre Ángel Camino.
Acogido y querido por la Orden
Un momento que el cardenal Cobo dijo haber vivido como un regalo, expresión de la comunión que se vive en la Eucaristía, y que «hoy también tiene nombres y apellidos concretos en cada uno de vosotros». El arzobispo insistió en dar las gracias a la Orden de San Agustín, por quien dijo sentirse «acogido, querido y recibido por una cercanía que nace de la fe y de la vida de la Iglesia».
Una proximidad con San Agustín y su Orden que dijo haber iniciado cuando con 17 o 18 años leyó apasionadamente Las Confesiones, escritas por el santo de Hipona. En sus páginas, «me sorprendió, ya en la juventud, la capacidad para hablar de la amistad, del corazón humano y de la necesidad que tenemos unos de otros», y junto con ello que «incluso la fe necesita compañía, conversación, afecto y comunidad» subrayó.
De los agustinos dijo haber percibido «esa capacidad de unir la cabeza y el corazón. El gusto por pensar, pero también por escuchar y por estar cerca de la gente. La pasión por la verdad, pero sin dureza, con un gesto muy especial. La profundidad espiritual, pero estar siempre cerca de la vida de la gente que Dios os pone». Algo que «siempre me ha hecho mucho bien». El arzobispo agradeció la presencia y dedicación de los Agustinos en la Iglesia de Madrid, afirmando la necesidad de su carisma y forma de hacer las cosas.
El arzobispo agradeció el gesto a la Orden, por quien dijo sentirse acogido, querido y recibido por una cercanía que nace de la fe y de la vida de la Iglesia
El corazón humano sigue teniendo sed
Algo que San Agustín aporta a la sociedad actual es que «el corazón humano sigue teniendo sed», que hoy se define, en palabras del cardenal, como resurgimiento espiritual. De hecho, considera que «una de las grandes aportaciones agustinianas a nuestra diócesis es y será que ayudáis a las personas a encontrarse consigo mismas, dentro de ellas, sin tener que salir fuera».
En ese sentido, señaló que «hoy la familia Agustiniana tiene mucho que aportar: frente al ruido, la interioridad. No las normas, no el hacer cosas, sino el buscar dentro. Una iglesia que además puede escuchar antes que responder», algo que afirmó haber aprendido de los Agustinos. «San Agustín conoció la duda, la fragilidad y la inquietud humana. Por eso su legado hoy nos ayuda a construir una iglesia cercana, capaz de acompañar procesos sin juzgar rápidamente, que dialoga con las preguntas que hace la gente».
La aportación de los agustinos hoy, en palabras del cardenal Cobo, es unir cabeza y corazón, inteligencia y humanidad, pensamiento y cercanía. Y junto con ello, algo en lo que son expertos, «que la fe no teme el pensamiento, ni el diálogo en nuestra cultura», y el crear comunidad, una necesidad en un mundo individualista. Una presencia agustiniana en diversos ámbitos que «ha ayudado en Madrid durante décadas a formar generaciones enteras, no solo académicamente, sino a ser mejores personas y a mirar la vida gracias al corazón y a la vida de San Agustín».
Queda aquello que amamos
El cardenal Cobo recordó una frase de San Agustín que siempre le ha acompañado: «Mi peso es mi amor, él me lleva a donde quiera que voy». Desde ahí afirmó que «al final, lo que verdaderamente queda en la vida es aquello que amamos», algo que se nota en los agustinos «en vuestra manera de acompañar, de educar, de compartir la vida y de vuestro ser comunidad».
Una filiación que dijo sentir «no como algo protocolario, sino como expresión de cariño, como abrir las puertas de una familia», que le ayudará «a caminar de forma más cercana con la espiritualidad agustiniana, que siempre me ha ayudado» y en la que destacó que «no consiste en aparentar la perfección, sino en dejarse buscar por Dios incluso en medio de las fragilidades, los cansancios y las preguntas». Una filiación que muestra que «la Iglesia se construye con nombres, con gestos, con afectos, acogiendo y creando fraternidad».
Amor a la Orden, cercanía espiritual y disponibilidad
En la homilía, el prior provincial recordó que, junto a la memoria de Nuestra Señora de Fátima, la Orden de San Agustín celebra Nuestra Señora del Socorro, una de las primeras advocaciones marianas entre los agustinos. En sus palabras fue destacando elementos presentes en la figura de María, entre ellas ser elegida por Dios para ser la Madre de su Hijo. Con relación al mensaje de Fátima, que no se limita al pasado, sino que es presente hoy, subrayó el hecho de ser «un mensaje de esperanza, de conversión y de paz».
Según el padre Domingo Amigo, la filiación a la Orden del cardenal arzobispo de Madrid refleja «su amor a la Orden, su cercanía espiritual y su disponibilidad», relatando las consecuencias que ello conlleva, como recoge el documento entregado después de la homilía. Se trata de querer «vivir las enseñanzas de Jesucristo siguiendo el Espíritu de Nuestro Padre San Agustín».
Una espiritualidad agustiniana en la que destacó la búsqueda incansable de Dios, propia de un corazón inquieto, sediento de verdad; la interioridad, un viaje al propio interior para descubrir cómo somos por dentro; la comunión y la comunidad de vida, un don de Dios al que se llega cuando Cristo es el centro de la vida; la disponibilidad y el servicio a las necesidades de la Iglesia.