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25 de julio: Santiago y la tentación del poder frente a la autoridad del servicio

Hoy, 25 de julio, celebramos a Santiago, recordando que el verdadero poder no está en dominar, sino en servir.

El Evangelio nos desafía: a no buscar ser grandes, sino hacernos servidores de todos.

Santiago

Cada 25 de julio, la tradición cristiana recuerda a Santiago el Mayor, una figura intensa, apasionada y, a la vez, profundamente humana dentro del grupo de los discípulos de Jesús. Hermano de Juan y parte del círculo más cercano al Maestro, Santiago aparece en los evangelios como alguien marcado por el ímpetu, hasta el punto de que ambos recibieron el sobrenombre de “Boanerges”, es decir, hijos del trueno. No es un detalle pequeño: revela un carácter fuerte, impaciente, incluso impulsivo, que contrasta con el camino que Jesús proponía.

La importancia de Santiago en la primera comunidad cristiana queda reflejada en su destino. Fue uno de los primeros en dar la vida, ejecutado por orden del rey Agripa hacia los años 41-44. Este hecho sugiere que ocupaba un lugar relevante en la Iglesia primitiva de Jerusalén, alguien visible, influyente, comprometido. Su historia, por tanto, no es la de un discípulo secundario, sino la de un protagonista en los comienzos del cristianismo, alguien que, como le había anunciado Jesús, “bebería el cáliz” (cf. Mc 10,39).

Sin embargo, los evangelios no ocultan las sombras. Santiago y su hermano Juan aparecen también vinculados al deseo de ocupar los primeros puestos en el Reino. El evangelio de Mateo presenta la petición a través de su madre (cf. Mt 20,20-21), mientras que Marcos la sitúa directamente en ellos: “Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda” (Mc 10,37). En cualquier caso, la escena refleja una misma mentalidad: entender el Reino como un espacio de poder y reconocimiento. Incluso llegan a desear que el fuego caiga sobre quienes no acogen a Jesús: “Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?” (Lc 9,54). Estas escenas muestran con claridad que, en torno a Jesús, existían expectativas de poder, de dominio y de triunfo visible, muy en sintonía con las esperanzas de buena parte del pueblo que aguardaba un mesías fuerte.

Poder en la Iglesia
La grandeza no se mide por el rango, sino por la capacidad de servir. Quien quiera ser importante debe hacerse servidor de todos, porque “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida” (Mc 10,45).

Es precisamente ahí donde el mensaje de Jesús rompe todos los esquemas. Jesús no fue un hombre de poder, pero sí de autoridad. No perteneció a las estructuras dominantes, no buscó riqueza ni influencia política, ni se apoyó en el prestigio institucional. Y, sin embargo, “la gente quedaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas” (Mc 1,22). Su autoridad no nacía de imponer, sino de liberar, acoger y devolver dignidad. Escuchaba a quienes nadie escuchaba, se acercaba a los marginados, perdonaba sin condiciones —“tampoco yo te condeno” (Jn 8,11)— y enseñaba a vivir desde la misericordia: “no te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18,22).

Cuando envió a sus discípulos, no les otorgó poder para dominar, sino autoridad para liberar del mal: “les dio autoridad sobre los espíritus inmundos” (Mc 6,7). Esa diferencia es decisiva. El poder controla, la autoridad auténtica transforma. El poder impone, la autoridad convence desde la verdad y el amor.

Por eso, Jesús fue tan claro al corregir a sus discípulos: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones las dominan… no ha de ser así entre vosotros; el que quiera ser grande, que sea vuestro servidor” (Mc 10,42-43; cf. Mt 20,25-26). Con estas palabras, desmonta la lógica habitual y propone un camino radicalmente distinto. En su proyecto, la grandeza no se mide por el rango, sino por la capacidad de servir. Quien quiera ser importante debe hacerse servidor de todos, porque “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida” (Mc 10,45).

Servidores en la Iglesia
Jesús no fue un hombre de poder, pero sí de autoridad. No perteneció a las estructuras dominantes, no buscó riqueza ni influencia política, ni se apoyó en el prestigio institucional. Y, sin embargo, “la gente quedaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas” (Mc 1,22). Su autoridad no nacía de imponer, sino de liberar, acoger y devolver dignidad.

Este giro resulta desconcertante, incluso hoy. Porque seguimos asociando el poder con la capacidad de imponerse, de controlar o de asegurar resultados. Y aquí aparece una tentación muy concreta, también dentro de la Iglesia: la de moverse por resultados, por crecimiento visible, por reconocimiento. La necesidad de que las cosas “funcionen”, de ser valorados, de escalar posiciones, de ser considerados eficaces ante los demás o ante los propios superiores. Es una lógica comprensible, pero peligrosa, porque puede desviar el corazón del Evangelio.

Cristo renunció precisamente a ese tipo de poder, eligiendo la debilidad, la cercanía y la vulnerabilidad como camino. No organizó estructuras de presión ni buscó garantizar el éxito según criterios humanos. Su forma de actuar —aparentemente frágil— es, en realidad, profundamente transformadora. Y por eso escandaliza: porque no encaja en nuestras categorías de éxito.

La figura de Santiago, en este contexto, se vuelve especialmente actual. Representa esa tensión permanente entre la tentación del poder y la llamada al servicio. Una tensión que no pertenece solo al pasado. También hoy, entre quienes desean seguir a Jesús, reaparecen actitudes similares a las de aquellos “hijos del trueno”: la impaciencia, el juicio rápido, la descalificación del otro, el deseo de imponer criterios sin escuchar.

En lugar de convencer con la vida, a veces se intenta ganar espacios desde posiciones de privilegio, como si el mensaje necesitara apoyarse en estrategias de influencia o dominio. Pero el Evangelio va en otra dirección. Jesús no buscó asegurar su mensaje mediante la presión ni la fuerza, sino mediante la coherencia, el servicio y la entrega. “El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Lc 14,11).

Primeros puestos
Santiago y su hermano Juan aparecen también vinculados al deseo de ocupar los primeros puestos en el Reino. El evangelio de Mateo presenta la petición a través de su madre (cf. Mt 20,20-21), mientras que Marcos la sitúa directamente en ellos: “Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda” (Mc 10,37).

Por eso, celebrar hoy a Santiago no es solo recordar a un apóstol del pasado. Es también examinar nuestras propias actitudes. Preguntarnos si seguimos el camino del servicio o si, de manera más o menos sutil, buscamos dominar, imponernos o excluir. El mensaje es claro: no hay lugar, en la lógica de Jesús, para el poder que aplasta o elimina al diferente.

Frente a eso, se nos propone un camino exigente pero profundamente humano: servir, escuchar, incluir y construir desde el amor. No se trata de debilidad, sino de una forma distinta de entender la fuerza. La única que, en verdad, transforma.

En este 25 de julio, la memoria de Santiago nos invita, en definitiva, a dejar atrás toda incoherencia y a recuperar lo esencial: seguir a Jesús no es ocupar lugares de poder, sino ponerse al servicio de los demás.

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