Andrés Torres Queiruga: la fe que se atreve a amar sin miedo

La voz de Andrés Torres Queiruga devuelve al cristianismo su centro: un Dios que es amor y una fe que se mide en la entrega al otro.

Frente al miedo y la culpa, su mensaje es claro: solo quien ama —y actúa— vive de verdad.

Andrés Torres Queiruga
Andrés Torres Queiruga

En tiempos de incertidumbre espiritual y ruido ideológico, la voz de Andrés Torres Queiruga resuena con una claridad poco común. Su reciente entrevista en Faro de Vigo, bajo el luminoso epígrafe de “Dios es amor”, no es simplemente una afirmación teológica: es la destilación de toda una vida dedicada a liberar la fe de sus sombras y devolverle su núcleo más genuino. A sus más de ochenta años, el pensador gallego sigue ofreciendo algo que hoy escasea: una fe intelectualmente honesta, espiritualmente profunda y radicalmente humana.

La gran intuición de Queiruga, aquella que atraviesa toda su obra, es tan sencilla como revolucionaria: Dios no compite con el mundo, lo sostiene. Frente a la imagen tradicional de un Dios intervencionista —caprichoso, corrector de errores, vigilante de conductas—, él propone una presencia constante, discreta y amorosa. Dios no “aparece” de vez en cuando para alterar la realidad: ya está siempre en ella, haciéndola posible desde dentro. Esta visión no debilita la fe; la purifica. La libera de supersticiones y la reconcilia con la razón.

Gracias a este planteamiento, creer deja de ser un acto de ruptura con el conocimiento moderno. Ciencia y fe ya no se enfrentan, porque no hablan el mismo lenguaje ni ocupan el mismo plano. El mundo es autónomo, y esa autonomía no es una amenaza para Dios, sino precisamente su obra. En esta perspectiva, la madurez del pensamiento humano no aleja de lo divino: lo hace más comprensible.

Pero es en su reflexión sobre el mal donde el pensamiento de Queiruga alcanza una de sus cotas más altas. Durante siglos, la teología ha intentado justificar a Dios ante el sufrimiento humano, formulando preguntas como “¿por qué Dios permite el mal?”. Queiruga desactiva esta lógica desde la raíz: el mal no necesita permiso divino, porque no es un acto querido, sino una consecuencia inevitable de la finitud. Un mundo creado es, por definición, limitado. Y en ese límite aparecen el dolor, la pérdida y la muerte.

Repensar el mal
Repensar el mal
La fe verdadera no consiste en no hacer el mal, sino en atreverse a hacer el bien hasta las últimas consecuencias. Dar de comer, acoger, acompañar, compartir tiempo, recursos y vida. No desde la obligación, sino desde la sobreabundancia del amor.

La respuesta, entonces, no es buscar culpables en lo alto, sino descubrir una presencia distinta: Dios no es quien permite el mal, sino quien lo combate desde dentro como “Anti-mal”. No es un juez distante, sino una compañía solidaria. Dios sufre con el ser humano. Esta idea transforma profundamente la vivencia religiosa. La oración deja de ser un intento de convencer a Dios para que actúe y se convierte en un acto de apertura a una fuerza que ya está actuando y que necesita nuestra libertad para hacerse historia.

Desde esta clave, la fe deja de ser refugio para convertirse en compromiso. Y aquí es donde el pensamiento de Queiruga conecta con una de las intuiciones más radicales del Evangelio, tantas veces olvidada: la centralidad del amor como criterio último de verdad y de vida. No en vano, la tradición joánica lo expresa con una contundencia que atraviesa los siglos: quien no ama, ya está muerto. No es una amenaza, sino una constatación. Vivir sin amar es vivir sin plenitud, sin sentido, sin Dios.

Esta misma lógica se despliega con toda su fuerza en la parábola del juicio final. En ella no se condena por el mal cometido ni se salva por el mal evitado. El criterio es otro, más exigente y más luminoso: la omisión del bien. No se dice “apartaos porque robasteis”, sino “porque no disteis”. No se premia la corrección moral, sino la generosidad radical. El juicio no gira en torno a la justicia entendida como equilibrio, sino al amor entendido como entrega.

Este mensaje encaja de manera natural con la teología de Queiruga. Si Dios es amor, no puede contentarse con una ética mínima ni con una religiosidad defensiva. La fe verdadera no consiste en no hacer el mal, sino en atreverse a hacer el bien hasta las últimas consecuencias. Dar de comer, acoger, acompañar, compartir tiempo, recursos y vida. No desde la obligación, sino desde la sobreabundancia del amor.

Dios es amor
Dios es amor
Si Dios es amor, entonces todo cambia. Cambia la manera de entender el sufrimiento, la oración, la moral, la Iglesia y la propia vida. Desaparece el miedo y emerge la responsabilidad. Se diluye la culpa y florece la alegría.

En este punto, su mirada hacia la Iglesia resulta especialmente interpeladora. Durante demasiado tiempo, la institución ha estado marcada por el miedo, el control y el lenguaje incomprensible. Queiruga propone otra cosa: una Iglesia que sea espacio de libertad, de acogida y de sentido. No una fortaleza que se defiende, sino una casa que se abre. No un sistema de dogmas cerrados, sino un camino de experiencia compartida.

Su crítica no es destructiva, sino profundamente evangélica. Lo que aleja hoy a muchas personas de la religión no es la falta de inquietud espiritual, sino la incapacidad del lenguaje religioso para dialogar con el mundo actual. Por eso insiste en la necesidad de una renovación profunda: una teología que escuche a la cultura contemporánea, que dialogue con el feminismo, que se comprometa con la justicia ecológica y que asuma los valores democráticos.

En el fondo, todo converge en esa afirmación sencilla y definitiva: “Deus é amor”. No como lema piadoso, sino como núcleo de una visión del mundo. Si Dios es amor, entonces todo cambia. Cambia la manera de entender el sufrimiento, la oración, la moral, la Iglesia y la propia vida. Desaparece el miedo y emerge la responsabilidad. Se diluye la culpa y florece la alegría.

La teología de Andrés Torres Queiruga no es un ejercicio académico aislado. Es una invitación a vivir de otra manera. A creer sin renunciar a pensar, a amar sin medida, a actuar sin esperar recompensa. Es, en definitiva, una llamada a recuperar lo mejor del cristianismo: su capacidad de humanizar.

En un mundo fragmentado y cansado de discursos vacíos, su voz sigue siendo necesaria. Porque nos recuerda algo esencial: la verdad no se impone, se busca; y en esa búsqueda, el amor no es una opción, es el único camino.

Como recordaba San Juan de la Cruz con su provocadora humildad —“yo no guardo ganado”—, nadie en la Iglesia debería situarse por encima de nadie, como dueño de conciencias o pastor de sometidos. A la luz del pensamiento de Andrés Torres Queiruga, esta intuición cobra nueva fuerza: creer no es dominar, sino acompañar; no es imponer, sino amar. Porque, en última instancia, solo una fe que se pone al nivel del otro —y se entrega— puede ser creíble en el mundo de hoy.

Una Iglesia para Todos
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