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En defensa de Torres Queiruga

Andrés Torres Queiruga: teología, diálogo y fidelidad al Evangelio frente a la cultura de la sospecha

Que Torres Queiruga hable en un seminario no es una amenaza, sino una oportunidad formativa. Los futuros sacerdotes no necesitan burbujas ideológicas, sino herramientas para pensar, discernir y acompañar a comunidades reales, marcadas por preguntas profundas y sufrimientos concretos.

Torres Queiruga

En los últimos días se ha generado una nueva polémica en torno a Andrés Torres Queiruga, a raíz de su invitación a impartir una conferencia en el Seminario Mayor de Santiago de Compostela con motivo de la festividad de Santo Tomás de Aquino. Desde algunos medios de orientación marcadamente ideológica, como Info Vaticana, se ha presentado este hecho como un escándalo doctrinal y una traición a la fe, llegando incluso a exigir la censura del ponente y a responsabilizar directamente al arzobispo de Santiago por permitir su intervención. Conviene, sin embargo, rebajar el tono, elevar el nivel del debate y situar la figura y la obra de Torres Queiruga en su justo contexto.

Lo primero que debe afirmarse con claridad es que Andrés Torres Queiruga no es un agitador marginal ni un improvisado, sino uno de los teólogos españoles más relevantes de las últimas décadas, con una obra extensa, rigurosa y reconocida internacionalmente. Su pensamiento ha sido objeto de debate, de crítica y también de recepción fecunda en múltiples ámbitos eclesiales y académicos. Reducir su trayectoria a una caricatura de “herejía” es intelectualmente deshonesto y teológicamente empobrecedor, además de ignorar la complejidad y riqueza del pensamiento teológico contemporáneo.

Captura de Infovaticana sobre Queiruga

Uno de los ejes centrales de su teología ha sido precisamente la defensa de la bondad radical de Dios frente a imágenes deformadas que han generado miedo, angustia y culpa en generaciones de creyentes. Torres Queiruga ha insistido, con hondura bíblica y sensibilidad pastoral, en que Dios es amor y solo amor (cf. 1 Jn 4,8), y que cualquier formulación teológica que convierta a Dios en un juez sádico, necesitado de sangre para perdonar, traiciona el núcleo del Evangelio. Esta aportación no es un capricho moderno, sino una recuperación del mensaje central de Jesús, que revela a un Padre que «hace salir el sol sobre malos y buenos» (Mt 5,45), que «no quiere la muerte del pecador, sino que viva» (Ez 18,23), y que corre al encuentro del hijo perdido antes incluso de que termine su confesión (Lc 15,20).

Libro Queiruga
Uno de los ejes centrales de su teología ha sido precisamente la defensa de la bondad radical de Dios frente a imágenes deformadas que han generado miedo, angustia y culpa en generaciones de creyentes

Se le acusa reiteradamente de negar el carácter redentor de la cruz. Nada más lejos de la realidad, si se entiende correctamente su planteamiento. Torres Queiruga no niega la salvación en Cristo, sino que cuestiona una interpretación sacrificialista y violenta de la redención, que presenta a Dios como alguien que exige la muerte de su Hijo para aplacar su ira. Su propuesta se sitúa en la línea de una teología que entiende la cruz como expresión máxima del amor fiel de Dios en un mundo marcado por el pecado, no como un mecanismo jurídico de compensación. Es el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), el amor del que da la vida por sus amigos (Jn 15,13), y la afirmación radical de que «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo» (2 Cor 5,19). Esta reflexión está hoy ampliamente presente en la teología contemporánea y no puede despacharse con anatemas simplistas.

Algo semejante ocurre con su reflexión sobre la resurrección. Torres Queiruga no niega la resurrección de Jesús, sino que intenta pensarla de modo coherente con una antropología y una cosmología actuales. La fe cristiana nunca ha sostenido que la resurrección sea una simple reanimación de un cadáver, y el propio Nuevo Testamento afirma que el cuerpo resucitado de Cristo es un cuerpo transformado, libre de las condiciones espacio-temporales ordinarias: entra con las puertas cerradas (Jn 20,19), no está sometido a los límites físicos habituales y remite a una realidad nueva. San Pablo lo expresa con claridad al hablar de un cuerpo “espiritual”: «se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual» (1 Cor 15,44). La tradición cristiana siempre ha distinguido entre corrupción física y corrupción moral, de modo que afirmar que el “cuerpo no conoció corrupción” remite en sentido pleno al pecado, no a un dato biológico o forense.

En este contexto resulta iluminador releer los relatos evangélicos de las apariciones pascuales, particularmente aquellos en los que Jesús resucitado aparece comiendo ante los discípulos (cf. Lc 24,41-43). A menudo se ha interpretado este gesto como una demostración casi apologética de una corporeidad material entendida en clave moderna. Sin embargo, leído desde la tradición bíblica, el gesto remite a algo más hondo. Comer es signo de vida restaurada, de comunión y de alegría, y pertenece al lenguaje simbólico y litúrgico del Antiguo y del Nuevo Testamento. Jesús manda dar de comer a la muchacha devuelta a la vida (Mc 5,43); Elías es fortalecido con pan antes de reemprender el camino hacia el Horeb (1 Re 19,6-8); Ester celebra un banquete cuando su pueblo ha sido librado del exterminio (Est 7); Job convoca una comida cuando su prueba ha terminado (Job 42,11); y el padre del hijo pródigo ordena una fiesta porque «este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida» (Lc 15,24).

En esta misma línea, Jesús resucitado participa del ámbito de la vida y no del mundo de los muertos, anticipando el banquete del Reino. El interés del relato no está en el alimento en sí, sino en afirmar la realidad de la experiencia pascual, no como espectáculo prodigioso, sino como acontecimiento de vida compartida. El hecho de que, según san Lucas, Jesús coma ante los discípulos y no simplemente con ellos, puede entenderse incluso a la luz de las costumbres orientales, donde el huésped come ante quienes lo reciben (cf. Gn 18,8). No se trata, por tanto, de una prueba burda, sino de un signo cargado de sentido: Cristo vive, y su vida inaugura una forma nueva de existencia.

Queiruga

Así, pues, lo verdaderamente preocupante de esta polémica no es la conferencia en sí, sino la persistencia de una mentalidad eclesial basada en la sospecha, el control y la censura, como si la fe fuera frágil y necesitara ser protegida del pensamiento. Antiguamente se quemaba a las personas en la hoguera; hoy se las quema simbólicamente expulsándolas del espacio eclesial, negándoles la palabra o deslegitimando su aportación. Nada de esto tiene que ver con el Evangelio, que proclama la verdad que libera (Jn 8,32) y que invita a discernirlo todo, quedándose con lo bueno (1 Tes 5,21).

San Pablo, tan citado como poco leído, recordaba que «el conocimiento envanece, pero el amor edifica» (1 Cor 8,1), y distinguía entre fuertes y débiles en la fe, pidiendo respeto, paciencia y cuidado mutuo. Exhortaba a «acogerse unos a otros como Cristo nos acogió» (Rom 15,7). La Iglesia no es una fortaleza sitiada, sino un espacio de comunión donde el diálogo teológico es necesario para que la fe siga siendo inteligible y creíble. Callar voces incómodas no fortalece la fe; la empobrece.

Que Torres Queiruga hable en un seminario no es una amenaza, sino una oportunidad formativa. Los futuros sacerdotes no necesitan burbujas ideológicas, sino herramientas para pensar, discernir y acompañar a comunidades reales, marcadas por preguntas profundas y sufrimientos concretos. Escuchar a un teólogo que ha ayudado a muchos a liberarse del miedo religioso y a descubrir un Dios que no condena, sino que salva (cf. Jn 3,17), no puede ser considerado un peligro, sino un servicio pastoral de primer orden.

La Iglesia no se defiende con silencios impuestos, sino con confianza en la verdad del Evangelio, que no teme el diálogo ni la confrontación honesta. Andrés Torres Queiruga ha servido a esa verdad desde la reflexión, la fe y el amor a la Iglesia, aunque algunos prefieran una Iglesia muda antes que una Iglesia pensante. Frente a la cultura de la cancelación eclesial, conviene recordar que «el Espíritu sopla donde quiere» (Jn 3,8), y que nadie tiene el monopolio de Dios.

Y es justo terminar reconociéndolo con gratitud: para muchísimas personas creyentes, Andrés Torres Queiruga ha sido una auténtica bendición. Su palabra ha sanado conciencias heridas, ha devuelto la fe a quienes solo habían recibido miedo y ha mostrado con hondura y honestidad que el cristianismo no es una amenaza, sino una buena noticia. Ha ayudado a redescubrir que Dios ama primero (1 Jn 4,19), que su misericordia es mayor que nuestro pecado y que el rostro definitivo de Dios es Jesucristo. En ese sentido profundo, su teología no aleja del Evangelio: lo hace más transparente, más humano y más fiel al Jesús que pasó haciendo el bien (Hch 10,38).

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