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Armenia, Iglesia martirial y llamada profética a la unidad: un solo Cuerpo y un solo Espíritu

En un mundo herido por guerras, persecuciones religiosas y fracturas identitarias, la Iglesia está llamada a ser profecía de unidad y de paz.

Unidad de los cristianos

La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2026, que se celebra del 18 al 25 de enero, se sitúa en el corazón mismo de la fe cristiana con un lema tomado de san Pablo: «Un solo Espíritu, una sola esperanza» (Ef 4,4). No se trata de una fórmula devocional ni de un gesto diplomático entre Iglesias, sino de una exigencia evangélica en un tiempo marcado por la fragmentación, la polarización y la tentación de absolutizar la propia identidad. Que los materiales de este año hayan sido preparados por la Iglesia Apostólica Armenia, en colaboración con las Iglesias armenias católica y evangélica, confiere al mensaje una densidad histórica, teológica y espiritual singular. Armenia habla de unidad desde la herida, desde la sangre de los mártires y desde una fe probada por el sufrimiento.

Para comprender la fuerza de esta propuesta ecuménica es imposible ignorar el genocidio armenio (1915-1923), una de las grandes tragedias del siglo XX. Más de un millón y medio de armenios, en su mayoría cristianos, fueron asesinados mediante deportaciones forzadas, marchas interminables por el desierto, hambre, violencias sistemáticas y exterminio planificado. Aproximadamente un tercio de la población armenia del Imperio Otomano fue eliminada. La negación oficial de este genocidio sigue siendo hoy una herida abierta. Como afirmó con claridad el papa Francisco en 2015, recordar no es un acto de odio, sino un deber moral, porque ocultar el mal impide la curación de la memoria y la reconciliación auténtica.

En medio de esta historia de dolor se alza la Iglesia Apostólica Armenia, una de las comunidades cristianas más antiguas del mundo. Armenia fue la primera nación que se proclamó cristiana, en el año 301, incluso antes de la conversión del emperador Constantino. Según la tradición, la fe cristiana llegó a estas tierras por la predicación de los apóstoles Tadeo y Bartolomé. Desde entonces, la Iglesia armenia ha sido custodia de la fe, de la lengua y de la identidad de un pueblo, especialmente en tiempos de persecución, exilio y dominación extranjera. Aunque pertenece a la familia de las Iglesias orientales no calcedonianas, las diferencias cristológicas históricas ya no constituyen hoy un obstáculo real para la comunión, como ha demostrado el diálogo ecuménico contemporáneo.

Un solo Espíritu
El Evangelio no nos llama a ganar disputas confesionales, sino a reconocernos discípulos del mismo Señor, escuchando juntos su Palabra y dejándonos transformar por ella.

No es casual que desde Armenia se afirme con tanta convicción que la unidad no es un ideal opcional, sino parte constitutiva de la identidad cristiana. En la liturgia armenia, los fieles profesan su fe en la Iglesia “una, santa, católica y apostólica” y oran explícitamente por la unidad de todos los cristianos. Esta conciencia se ha visto reforzada por la experiencia del martirio compartido. Juan Pablo II habló con razón del «ecumenismo de la sangre»: cuando cristianos de distintas confesiones mueren por confesar a Cristo, las divisiones confesionales quedan radicalmente relativizadas. La sangre de los mártires clama por la unidad más que cualquier documento teológico.

El texto bíblico elegido para la Semana 2026, Efesios 4,1-13, ofrece una clave decisiva: la diversidad no es una amenaza para la unidad, sino su condición de posibilidad. Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, una sola esperanza, un solo Señor, pero muchos dones, ministerios y carismas. La imagen paulina del cuerpo no es decorativa: expresa la realidad viva de la Iglesia como presencia de Cristo en la historia, más allá de fronteras culturales, étnicas o confesionales. Donde se absolutiza la propia identidad y se descalifica al otro, el cuerpo se resiente; donde se acoge la diversidad como don, el cuerpo crece y madura.

En este horizonte resulta especialmente iluminadora la reflexión del cardenal Walter Kasper, uno de los grandes referentes del ecumenismo contemporáneo. En Caminos hacia la unidad de los cristianos recuerda un proverbio alemán: para construir un barco no basta la madera ni la vela; es necesario, sobre todo, “anhelo de mar”. Sin ese deseo profundo de partir hacia nuevas orillas, el ecumenismo se reduce a retórica estéril. La Biblia entera, afirma Kasper, está atravesada por este anhelo: desde los profetas que anuncian la reunión de todos los pueblos en la paz de Dios, hasta el Nuevo Testamento, donde el Reino de Dios inaugurado por Jesús rompe muros y convoca a todas las naciones. El ecumenismo auténtico no consiste en imponerse, sino en darse testimonio mutuo, aprender unos de otros y dejarse enriquecer recíprocamente.

Desde esta perspectiva es necesaria una advertencia clara. El fundamentalismo, venga de donde venga, es una negación práctica del Evangelio. Cuando desde ciertos planteamientos confesionales se ha calificado a la Iglesia católica como “la gran ramera”, o cuando desde posiciones católicas o evangélicas se ha transmitido la idea de que solo una Iglesia posee de manera exclusiva y cerrada toda la verdad, se hiere gravemente el cuerpo de Cristo. Documentos como Dominus Iesus deben leerse en clave de identidad y no como justificación del desprecio. La verdad cristiana no se defiende excluyendo, sino testimoniando con humildad.

Todos unidos

En este punto resulta especialmente oportuno escuchar la voz de Elena de White, una de las figuras fundacionales del adventismo, cuya reflexión dista mucho del tono agresivo de ciertos planteamientos posteriores. Ella advertía con claridad: «No tenemos ninguna verdad que defender atacando a otros», y recordaba que «el amor de Cristo es el argumento más poderoso que puede presentarse en favor de la verdad». En otra ocasión escribió: «Entre los seguidores de Cristo no debe existir un espíritu de dureza ni de condenación; ese espíritu no procede de Dios». Estas afirmaciones, lejos de diluir la identidad, la purifican, porque sitúan la verdad en el terreno del testimonio y no de la confrontación.

En la misma línea, Elena de White insistía en que «la unidad cristiana no se alcanza por la fuerza ni por la uniformidad, sino por la acción del Espíritu Santo en corazones humildes». Estas palabras conectan profundamente con la intuición ecuménica actual y desautorizan cualquier lectura sectaria o beligerante de la fe cristiana. Nadie posee a Dios como propiedad privada, y toda confesión que absolutiza su lenguaje y demoniza al otro corre el riesgo de convertir la fe en ideología.

La celebración ecuménica de 2026, titulada «Luz de Luz para la Luz», recoge magistralmente esta visión. Inspirada en san Nersés el Agraciado y san Gregorio de Narek, recuerda que Cristo es la Luz que no divide, sino que ilumina y hace florecer la diversidad. La unidad cristiana no es uniformidad, sino armonía; no es absorción, sino comunión.

En un mundo herido por guerras, persecuciones religiosas y fracturas identitarias, la Iglesia está llamada a ser profecía de unidad y de paz. La memoria del genocidio armenio, la fidelidad martirial de su Iglesia y su compromiso ecuménico nos interpelan a todos. Ser diferentes no nos separa: nos enriquece. Y solo desde esta convicción, sostenida por la oración y por el Espíritu, el cuerpo de Cristo podrá crecer hasta «la medida de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13).

Como colofón, resulta necesario recordar también palabras que hoy reclaman una lectura crítica a la luz del Evangelio. En la encíclica Mortalium Animos (1928), el papa Pío XI afirmaba: «Dios es testigo de que los hijos han abandonado la casa del Padre. Que vuelvan, por tanto, al hogar del Padre común, que hace mucho han olvidado el daño que infligieron a la sede apostólica y que les acogerá con un corazón pleno de amor». Estas palabras reflejan un contexto histórico marcado por una comprensión unilateral de la unidad, entendida principalmente como retorno y subordinación.

Sin embargo, leídas hoy desde el Evangelio de Jesucristo, plantean una seria dificultad: el Evangelio no habla de hijos pródigos en plural que deban volver humillados a una casa ajena, sino de hermanos reconciliados, convocados por el mismo Padre que sale al encuentro de todos. La unidad cristiana no puede construirse desde una lógica de superioridad, sino desde la conversión común al Evangelio, que juzga por igual a todas las Iglesias y confesiones.

La historia demuestra, además, que los cristianos evangélicos han aportado dones esenciales al conjunto del cristianismo: amor profundo a la Escritura, centralidad del anuncio de Cristo, compromiso misionero, testimonio personal de fe y una viva conciencia de la gracia. Del mismo modo, la tradición católica ha ofrecido una rica reflexión teológica, una comprensión sacramental profunda y una experiencia milenaria de comunión eclesial. Lo verdaderamente evangélico no es que unos regresen a otros, sino que lo mejor de cada tradición se encuentre, se purifique y se ponga al servicio del único Cuerpo de Cristo.

El Evangelio no nos llama a ganar disputas confesionales, sino a reconocernos discípulos del mismo Señor, escuchando juntos su Palabra y dejándonos transformar por ella. Solo así la unidad dejará de ser una estrategia eclesial para convertirse en testimonio creíble del Reino de Dios, donde la verdad y la caridad no se oponen, sino que caminan inseparablemente.

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