Rezar por Donald Trump: cuando la fe se arrodilla ante el poder

La imagen de varios pastores evangélicos imponiendo las manos sobre Donald Trump en el Despacho Oval pretende transmitir fervor religioso. Pero observada con un mínimo de distancia crítica revela algo más inquietante: cuando la oración se acerca demasiado al poder, corre el riesgo de convertirse en simple legitimación política.

Oracion por Donald Trump
Oracion por Donald Trump

Estos días circula por las redes una fotografía bastante reveladora: varios líderes evangélicos rodean a Donald Trump, le imponen las manos y oran por él con una solemnidad casi litúrgica. La escena tiene algo de retablo barroco improvisado y algo también de ceremonia política cuidadosamente preparada. A primera vista parece un momento de intensa espiritualidad; pero observada con un mínimo de distancia crítica, la imagen recuerda más bien a una especie de investidura religiosa del poder, donde la oración se convierte en un gesto simbólico para legitimar a quien ya tiene suficiente poder por sí mismo.

Porque, si uno lo piensa un momento, resulta difícil no preguntarse qué exactamente está ocurriendo en esa escena. ¿Se trata de invocar humildemente la voluntad de Dios… o de sugerirle con bastante insistencia qué decisión debería tomar? La diferencia no es menor. Y, sin embargo, en determinados ambientes religiosos, esa línea se vuelve peligrosamente difusa.

El fenómeno no es nuevo. En ciertos sectores del evangelismo estadounidense, religión y política mantienen una relación tan estrecha que a veces parece imposible separarlas. La oración pública termina adoptando un carácter casi instrumental: se ora para que Dios bendiga a un líder, proteja una nación o confirme determinadas decisiones políticas. En teoría se trata de invocar la voluntad divina; en la práctica, muchas veces parece un intento bastante humano de convencer a Dios de que respalde nuestras propias preferencias.

Esta forma de religiosidad política suele convivir además con otro fenómeno bien conocido en algunos ambientes religiosos evangélicos contemporáneos: la llamada teología de la prosperidad.

Lo verdaderamente curioso es que esta religiosidad tan entusiasta convive con un discurso moral extremadamente contundente en algunos temas muy concretos. Muchos de estos grupos se presentan como defensores radicales de la vida, especialmente en lo que se refiere al aborto. El tema se convierte en bandera, identidad y cruzada moral. Pero, al mismo tiempo, se produce una curiosa forma de ceguera selectiva: se denuncia con enorme fervor la interrupción del embarazo mientras se pasa por alto —con una serenidad espiritual francamente admirable— que los líderes políticos a los que se bendice y se presenta casi como instrumentos de Dios toman decisiones que terminan provocando la muerte de niños en guerras, bombardeos que afectan directamente a hospitales, escuelas o poblaciones civiles.

El aborto indigna; las bombas parecen entrar dentro de los misteriosos planes de la providencia.

La defensa de la vida se vuelve entonces extraordinariamente precisa en su calendario: empieza antes del nacimiento y termina, curiosamente, justo después. A partir de ese momento, la vida humana parece convertirse en una cuestión secundaria frente a la defensa del orden político, la seguridad nacional o cualquier otro noble argumento que permita dormir tranquilo por la noche.

Esta forma de religiosidad política suele convivir además con otro fenómeno bien conocido en algunos ambientes religiosos evangélicos contemporáneos: la llamada teología de la prosperidad. Según esta visión, la fe no sólo fortalece la vida espiritual, sino que abre la puerta a bendiciones materiales, prosperidad económica e incluso éxito personal. Dios termina apareciendo como el garante último de una especie de contrato espiritual-financiero: el creyente entrega su fe —y, naturalmente, su diezmo— y Dios responde con prosperidad.

Teología de la prosperidad
Teología de la prosperidad
El Evangelio, por cierto, ofrece una perspectiva bastante distinta sobre el dinero, el poder y la religión. Basta recordar aquella advertencia de Jesús que sigue teniendo una claridad incómoda: “No podéis servir a Dios y al dinero"

En ese contexto uno recuerda inevitablemente algunas escenas bastante pintorescas de ciertas predicaciones. En una ocasión, durante un culto centrado casi exclusivamente en el diezmo, un pastor animaba a los fieles a no tener miedo de meter la mano en el bolsillo para contribuir generosamente. Según explicó con entusiasmo pastoral, nadie debía preocuparse porque dentro de los bolsillos no había cocodrilos. La frase pretendía ser tranquilizadora, pero resultaba involuntariamente reveladora. Porque, en efecto, cocodrilos no había. Pero tampoco era difícil sospechar quién terminaría beneficiándose de aquella expedición espiritual al interior de los bolsillos.

El Evangelio, por cierto, ofrece una perspectiva bastante distinta sobre el dinero, el poder y la religión. Basta recordar aquella advertencia de Jesús que sigue teniendo una claridad incómoda: “No podéis servir a Dios y al dinero.” La frase no parece necesitar demasiadas interpretaciones exegéticas. Sin embargo, en ciertos contextos religiosos contemporáneos ha sido reinterpretada con bastante creatividad, hasta el punto de que servir al dinero puede llegar a presentarse como una forma indirecta de servir a Dios.

Algo parecido ocurre con la oración. Algunas veces, la oración se convierte en una especie de herramienta para obtener resultados concretos, casi como si Dios fuese una autoridad cósmica susceptible de ser persuadida mediante la intensidad emocional del momento. Se ora para que cambien acontecimientos, para que Dios intervenga directamente en los procesos políticos o para que respalde determinadas decisiones humanas.

Pero esta forma de entender la oración plantea un problema teológico considerable, porque termina presentando a Dios como una especie de poder arbitrario que se deja influir por la presión espiritual de los creyentes.

Andrés Torrees Queiruga
Andrés Torrees Queiruga
 La oración cambia el corazón humano, nos despierta ante la injusticia y nos compromete con la vida de los demás. Pero una cosa es orar para abrirse a la voluntad de Dios y otra muy distinta pretender utilizar a Dios como aval espiritual de nuestros proyectos políticos.

Frente a esa imagen, algunos teólogos contemporáneos han insistido en una comprensión muy distinta. Andrés Torres Queiruga ha subrayado que la oración no consiste en manipular a Dios ni en convencerlo para que altere caprichosamente el curso de la realidadDios no necesita ser persuadido para amar ni para querer el bien del mundo. La oración, en ese sentido, no es un intento de doblar la voluntad divina, sino un espacio de confianza, de apertura y de transformación interior, donde el creyente se sitúa ante Dios para dejarse transformar por el amorpor la justicia y por la responsabilidad ética.

Eso no significa que la oración sea inútil ni que no transforme la realidad. Al contrario. La oración cambia el corazón humano, nos despierta ante la injusticia y nos compromete con la vida de los demás. Pero una cosa es orar para abrirse a la voluntad de Dios y otra muy distinta pretender utilizar a Dios como aval espiritual de nuestros proyectos políticos.

Cuando se olvida esta dimensión profunda, la religión corre el riesgo de convertirse en espectáculo. Y a veces ese espectáculo adopta formas bastante llamativas.

Un amigo me contó hace tiempo una experiencia muy ilustrativa. En cierta ocasión visitó una iglesia donde el ambiente espiritual era extraordinariamente intenso. En un momento del culto, varios fieles se abalanzaron literalmente sobre él, le impusieron las manos y comenzaron a orar con entusiasmo creciente para que mi amigo alabara a Dios en lenguas extrañas…. La situación era tan insistente que, para poder escapar de aquel fervor colectivo, no le quedó más remedio que improvisar algunas palabras sin sentido, simulando hablar en glosolalia. El resultado fue inmediato: los presentes interpretaron aquellas palabras como una manifestación del Espíritu y lo dejaron finalmente en paz.

El episodio tiene algo de cómico, pero también algo profundamente revelador. Porque muestra hasta qué punto, en determinados contextos, la interpretación de lo espiritual termina adaptándose exactamente a lo que el grupo desea escuchar. Así, lo que debería ser experiencia interior se convierte en ritual emocional; lo que debería ser discernimiento se transforma en confirmación colectiva; y lo que debería ser búsqueda sincera de la verdad acaba funcionando como reafirmación del propio entusiasmo religioso.

El Espíritu deja de ser una presencia que cuestiona y transforma para convertirse en un recurso que legitima lo que ya se pensaba de antemano.

Quizá por eso resultan tan elocuentes esas fotografías en las que ciertos líderes religiosos rodean a un político poderoso, le imponen las manos y oran por él como si estuvieran consagrando a un nuevo rey bíblico. El gesto pretende mostrar fe, pero a veces termina revelando algo bastante más humano: la fascinación eterna del poder religioso por el poder político.

Así, pues, más allá de las fotografías devotas, de las ceremonias espirituales y de los discursos sobre la defensa de la vida, lo que verdaderamente pone a prueba cualquier religión no es la intensidad con la que ora, ni la fuerza con la que invoca a Dios, ni la espectacularidad de sus gestos litúrgicos. Lo que realmente la pone a prueba es si es capaz de ver la realidad con honestidad, denunciar la injusticia venga de donde venga y defender la vida sin excepciones ni cálculos políticos.

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