Del “cambio” al palco: la larga travesía de Felipe González hacia la comodidad del poder que juró combatir
Del “cambio” al palco: la metamorfosis de Felipe González ya no es duda, es evidencia.
Entre astilleros cerrados y fotos con María Corina Machado, queda una pregunta incómoda: ¿qué fue de aquel líder?
Hay trayectorias políticas que envejecen con dignidad y otras que, con el paso del tiempo, se convierten en un espejo incómodo. La de Felipe González pertenece, para muchos, a esta segunda categoría. Aquel líder que en 1982 encarnó la ilusión de una España moderna, social y más justa, hoy parece haberse instalado en una confortable atalaya desde la que observa —y critica— aquello que un día dijo defender. La pregunta ya no es qué fue González, sino en qué se ha convertido.
Porque si uno rasca en la memoria colectiva de lugares como Ferrol, Vigo o Cádiz, lo que aparece no es precisamente una postal amable de modernización ejemplar. Aparece la reconversión industrial de los años 80, dirigida en buena medida por su ministro de Economía, Carlos Solchaga. Aquello que se vendió como inevitable adaptación a Europa tuvo, en la práctica, el rostro de astilleros cerrados, empleos destruidos y barrios enteros condenados a la incertidumbre. No fue una transición: fue una amputación.
Y en esa amputación hubo algo más que decretos y cifras macroeconómicas. Hubo conflicto social. Hubo trabajadores defendiendo su pan. Y hubo también cargas policiales, antidisturbios y una imagen que todavía hoy permanece grabada en la retina de quienes lo vivieron: la del Estado socialista golpeando a los mismos obreros que decía representar. El puño y la rosa, en aquel contexto, parecieron cerrarse más contra el trabajador que contra la desigualdad.
Aquel dirigente que lideró un partido llamado Partido Socialista Obrero Español parece hoy sentirse más cómodo en entornos donde lo “socialista” y lo “obrero” son, como mínimo, conceptos secundarios. Es difícil no ver la contradicción en que quien fue bandera de la izquierda sea hoy aplaudido en foros donde esa izquierda es sistemáticamente cuestionada.
Se podrá argumentar —y se ha hecho durante décadas— que no había alternativa, que el contexto internacional obligaba, que España debía transformarse. Pero incluso aceptando esa narrativa, queda una cuestión de fondo: ¿cómo se gestiona ese cambio y a quién se protege en el proceso? Y ahí es donde la figura de González empieza a mostrar grietas que el paso del tiempo no ha cerrado, sino ampliado.
Lo verdaderamente llamativo, sin embargo, no es solo ese pasado, sino el presente. Porque el mismo líder que pilotó aquella reconversión hoy aparece, con una naturalidad casi desconcertante, compartiendo espacio político y simbólico con figuras que representan justo lo contrario de lo que un partido socialista debería defender. La imagen de González junto a Alberto Núñez Feijóo y María Corina Machado no es simplemente una anécdota fotográfica:es un símbolo poderoso de una deriva ideológica difícil de ignorar.
Y aquí conviene detenerse un momento en lo que representa Machado, más allá de la foto. Su trayectoria política se ha caracterizado por una defensa firme de modelos económicos liberalizadores: reducción del papel del Estado, apertura al capital privado, privatizaciones de sectores estratégicos y un énfasis claro en que el mercado sea el principal organizador de la vida económica y social. En ese esquema, servicios públicos como la sanidad, la educación o la protección social tienden a concebirse más como ámbitos de gestión privada que como derechos universales garantizados por el Estado.
No es un matiz menor. Porque cuando ese tipo de enfoque se traslada a la práctica, el resultado suele ser un sistema en el que la calidad y rapidez del acceso a servicios esenciales depende cada vez más de la capacidad económica de cada ciudadano. Y ahí es donde el contraste con la realidad cotidiana en España resulta especialmente llamativo: mientras aquí ya se perciben tensiones en la sanidad pública —con esperas de varias semanas incluso para gestiones básicas como una receta—, el horizonte que dibujan esas políticas no apunta precisamente a reforzar lo público, sino a desplazarlo progresivamente.
En el fondo, lo que está en juego no es solo la figura de un expresidente, sino la identidad misma de un partido. ¿Qué significa hoy ser socialista? ¿Dónde están las líneas rojas? ¿Qué se tolera y qué no? Responder a estas preguntas exige valentía, no silencios incómodos.
A este posicionamiento económico se suma además su cercanía histórica con determinados círculos políticos internacionales. Machado ha participado en espacios y foros vinculados a la política exterior de George W. Bush, especialmente en etapas marcadas por una estrategia clara de promoción de modelos liberalizadores en América Latina.Esa sintonía no es un detalle menor: sitúa su proyecto dentro de una corriente internacional que ha defendido de forma reiterada la reducción del Estado y la primacía del mercado incluso en ámbitos sensibles como los servicios públicos.
La paradoja es evidente: en un momento en el que muchos ciudadanos reclaman fortalecer servicios públicos para evitar su deterioro, figuras con las que González decide alinearse o, al menos, coincidir en espacios, defienden modelos que tienden a lo contrario. No se trata de caricaturizar posiciones, sino de señalar una diferencia de enfoque profunda sobre qué papel debe jugar el Estado en la vida de las personas.
Porque uno podría pensar que se trata de diálogo institucional, de transversalidad, de esa etiqueta tan socorrida de “hombre de Estado”. Pero cuando ese diálogo se convierte en coincidencia reiterada de discurso, en críticas constantes a tu propio partido y en una evidente sintonía con posiciones conservadoras, la explicación deja de ser tan inocente. La transversalidad no debería confundirse con el abandono del propio marco ideológico.
La ironía aquí resulta casi inevitable. Aquel dirigente que lideró un partido llamado Partido Socialista Obrero Españolparece hoy sentirse más cómodo en entornos donde lo “socialista” y lo “obrero” son, como mínimo, conceptos secundarios.Es difícil no ver la contradicción en que quien fue bandera de la izquierda sea hoy aplaudido en foros donde esa izquierda es sistemáticamente cuestionada.
Y mientras tanto, desde esa posición privilegiada, González no ha dudado en cargar contra la actual dirección del PSOE, cuestionando decisiones, estrategias e incluso principios. Lo hace, además, con una libertad que no parece tener coste alguno. Aquí es donde surge una cuestión incómoda pero necesaria: ¿puede un partido permitirse que uno de sus referentes históricos actúe de facto como un verso suelto sin asumir ninguna consecuencia?
A cualquier militante de base que adoptara una actitud similar —cuestionar públicamente al partido, alinearse con posiciones externas, debilitar la estrategia común— probablemente se le abriría un expediente disciplinario en cuestión de días. Sin embargo, en el caso de González, parece existir una especie de inmunidad no escrita, ese famoso “jarrón chino” que nadie sabe muy bien dónde colocar, pero que nadie se atreve a tocar.La cuestión es si ese respeto histórico puede seguir justificando una falta de coherencia presente.
Machado ha participado en espacios y foros vinculados a la política exterior de George W. Bush, especialmente en etapas marcadas por una estrategia clara de promoción de modelos liberalizadores en América Latina. Esa sintonía no es un detalle menor: sitúa su proyecto dentro de una corriente internacional que ha defendido de forma reiterada la reducción del Estado y la primacía del mercado incluso en ámbitos sensibles como los servicios públicos.
Porque los partidos políticos, especialmente aquellos que aspiran a representar valores claros, no pueden sostenerse sobre excepciones permanentes. La coherencia no debería ser selectiva ni depender del peso del apellido político. Si las normas existen, deben aplicarse. Y si no se aplican, dejan de ser normas para convertirse en decorado.
De ahí que cada vez más voces —dentro y fuera del partido— consideren que ha llegado el momento de abordar esta situación sin ambigüedades. Abrir un expediente no es un acto de venganza ni de ruptura: es un ejercicio de responsabilidad interna.¡Es decir, con claridad, que nadie está por encima del proyecto colectivo!
No se trata de borrar la historia ni de negar el papel que González tuvo en momentos clave de la democracia española. Se trata de reconocer que el presente también importa, y que las acciones actuales tienen consecuencias políticas. La memoria no puede ser un escudo permanente frente a la rendición de cuentas.
En el fondo, lo que está en juego no es solo la figura de un expresidente, sino la identidad misma de un partido. ¿Qué significa hoy ser socialista? ¿Dónde están las líneas rojas? ¿Qué se tolera y qué no? Responder a estas preguntas exige valentía, no silencios incómodos.
Porque si algo demuestra esta historia es que las transformaciones políticas no siempre son lineales. A veces, quienes fueron motor de cambio acaban convirtiéndose en freno. Y cuando eso ocurre, lo más honesto no es mirar hacia otro lado, sino afrontarlo con la misma determinación que se exige en otros ámbitos.
Tal vez la mayor ironía de todas sea que aquel líder que prometió el cambio se haya convertido, para muchos, en símbolo de una etapa que necesita precisamente lo mismo: cambio. Y esta vez, no en los astilleros ni en la industria, sino en la forma en la que un partido gestiona su propia coherencia.