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Cuaresma y Evangelio vivido: reconstruir la comunión en una Iglesia minoritaria

Las iglesias se vacían, las estadísticas enfrían y la fe parece diluirse. Pero la Cuaresma vuelve a recordarnos que el Evangelio no se mide en números, sino en vidas transformadas y en comunión reconstruida.

Cuaresma

Las cifras hablan con frialdad, pero no lo dicen todo. En Galicia, como en otros territorios del Estado, la religión católica ha dejado de ser un referente mayoritario, especialmente entre los jóvenes. Los estudios sociológicos confirman una tendencia sostenida: descenso de la práctica religiosa, alejamiento institucional y crecimiento de la indiferencia religiosa. Sin embargo, reducir la fe a porcentajes sería empobrecer una realidad que, por su propia naturaleza, se resiste a ser capturada por la estadística.

La cuestión decisiva no es si la fe retrocede, sino qué experiencia de Dios estamos ofreciendo. Porque cuando Dios se separa de la vida real, cuando no toca el dolor, la fragilidad y las preguntas últimas, se convierten en una palabra abstracta. Y las palabras abstractas no sostienen cuando la vida se quiebra. El Evangelio no nació como una teoría religiosa, sino como una vida entregada hasta el extremo. Jesús no explicó el sufrimiento desde fuera: lo atravesó.

La fe cristiana no se transmite como un contenido cultural ni como una obligación moral. Solo se transmite lo que se vive. Una comunidad cristiana anuncia el Evangelio no cuando lo proclama con fuerza, sino cuando es capaz de habitar el dolor del mundo sin huir de él. Dios no se reconoce en los discursos impecables, sino en la cercanía, en la compasión, en la fidelidad silenciosa a quienes sufren.

Sufrimiento
Hay un Amigo al que se le puede hablar sin miedo, al que se le puede llorar el cansancio, al que se le puede confiar incluso la rabia y el silencio. Y ese Amigo no solo escucha: da vida eterna.

En este sentido, la Cuaresma no es un tiempo de prácticas externas, sino una invitación a entrar con verdad en la condición humana, a mirar de frente nuestras heridas personales y colectivas. Es un tiempo para preguntarnos qué hacemos con el sufrimiento, cómo lo acompañamos y desde dónde lo miramos. Porque hay dolores que no se resuelven, situaciones que no se entienden, enfermedades que no se curan, pérdidas que no se superan del todo. Y ahí es donde se juega la verdad de la fe.

Hoy conocemos familias atravesadas por el sufrimiento: una enfermedad grave, un hijo que sufre, una incertidumbre que no deja dormir. En esos momentos, hablar con los amigos es imprescindible. La palabra compartida, el abrazo, el silencio acompañado salvan. Pero llega un punto en el que ni siquiera los amigos encuentran palabras suficientes. Y es ahí donde, para muchos creyentes, emerge una certeza profunda: no estamos solos.

El Evangelio no promete una vida sin dolor, pero sí una presencia que no abandona. Dios no se presenta como un juez distante ni como una idea consoladora, sino como un amigo fiel, alguien a quien se le puede hablar sin filtros, alguien que escucha incluso cuando no sabemos qué decir. Hay personas que, en medio del sufrimiento más oscuro, no han perdido la fe porque han descubierto que hay un Tú que permanece cuando todo lo demás se tambalea.

Esta experiencia no se impone ni se demuestra. Se vive. Y cuando se vive, transforma. Porque la fe cristiana no se limita a aliviar el presente, sino que abre el horizonte de la vida eterna. No como evasión, sino como esperanza radical. Creer que la vida no termina aquí, que el amor no se pierde, que lo que hoy duele será un día transfigurado, cambia la manera de sufrir. No elimina las lágrimas, pero las llena de sentido.

En este horizonte se sitúa la llamada que hoy realiza el obispo de Mondoñedo-Ferrol, Fernando García Cadiñanos, cuando invita a vivir este tiempo como una oportunidad para “reconstruir juntos la comunión”. Porque el sufrimiento, cuando no es acompañado, aísla; cuando no es compartido, rompe; cuando no es acogido, deshumaniza. Reconstruir la comunión es volver a tejer vínculos en un mundo herido.

Fernando García Cadiñanos- Obispo de Mondoñedo - Ferrol
Reconstruir la comunión es volver a tejer vínculos en un mundo herido.

Reconstruir la comunión con Dios no significa cumplir ritos, sino atreverse a confiar, incluso cuando no entendemos. Reconstruir la comunión con uno mismo implica aceptar la propia fragilidad, dejar de exigirnos respuestas que no tenemos. Reconstruir la comunión con los demás supone estar presentes, sin huir, sin juzgar, sin ofrecer soluciones rápidas. Y reconstruir la comunión con la creación nos recuerda que también la tierra sufre y espera cuidado.

El Evangelio es claro: Jesús se acerca a los que sufren, no los esquiva. Llora con quienes lloran. Se conmueve. Se queda. Ahí está Dios. No en el ruido, no en la apariencia, no en la fuerza institucional, sino en la fidelidad humilde al dolor humano. Por eso la fe sigue teniendo algo decisivo que decir hoy: la vida no es absurda, el sufrimiento no tiene la última palabra y la muerte no es el final.

En una Iglesia minoritaria y envejecida, quizá el camino no sea demostrar fuerza, sino ofrecer profundidad. No convencer, sino acompañar. No imponer, sino estar. Cuando una comunidad cristiana es capaz de sostener a quienes sufren, de ofrecer esperanza sin ingenuidad, de hablar de la vida eterna sin huir de la muerte, entonces el Evangelio vuelve a ser creíble.

Y, sin embargo, el Evangelio no se queda en el dolor. Nunca se queda ahí. Jesús no solo acompaña en la noche: abre un amanecer. A quienes están cansados y agobiados les dice: «Venid a mí». A quienes lloran les promete consuelo. A quienes temen la muerte les asegura que la vida no termina, que el amor es más fuerte que la tumba. La fe cristiana no es optimismo ingenuo, es esperanza pascual, nacida del paso por la cruz.

Cuando una familia sufre y apenas puede sostenerse, cuando las fuerzas fallan y las preguntas no tienen respuesta, el Evangelio no ofrece explicaciones fáciles. Ofrece una presencia fiel y una promesa que no defrauda: Dios está ahí y la vida no se pierde. Hay un Amigo al que se le puede hablar sin miedo, al que se le puede llorar el cansancio, al que se le puede confiar incluso la rabia y el silencio. Y ese Amigo no solo escucha: da vida eterna.

Por eso, incluso en una Iglesia pequeña, frágil y minoritaria, la esperanza no está agotada. Mientras haya alguien que acompañe, que sostenga una mano, que permanezca junto al que sufre y crea —aunque sea con una fe temblorosa— que la muerte no tiene la última palabra, el Evangelio sigue vivo. No como ideología, sino como vida compartida.

La Cuaresma nos conduce precisamente ahí: a atravesar la verdad del dolor sin quedarnos en ella, a caminar hacia la Pascua con la certeza de que Dios no abandona su obra. La última palabra no es el sufrimiento, ni la noche, ni el fracaso. La última palabra es la vida. Y esa palabra, silenciosa y firme, sigue pronunciándose hoy en medio del mundo.

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