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El Evangelio según Luis Argüello: el nuevo dogma de las “paguitas”

“Paguitas”, en boca de Luis Argüello, no es solo una palabra: es toda una forma de mirar al pobre… y de apartarse del Evangelio.

Argüello con la ultra derecha

Cada vez más gente se está marchando de las iglesias. Y no parece que sea por falta de misas, de rosarios o de confesiones. La explicación probablemente sea bastante más incómoda: hay quien se va porque el mensaje que escucha ya no le suena al Evangelio. Porque percibe una distancia creciente entre lo que se predica y lo que se vive. Y la gente —conviene recordarlo— no es tonta.

En ese contexto, las reiteradas alusiones de Luis Argüello a las “paguitas” no son un simple desliz. Son un síntoma. “Paguitas” no es una palabra inocente: es un marco que banaliza la necesidad y convierte la ayuda al vulnerable en sospecha. Sugiere que el problema no es la pobreza, sino quienes intentan aliviarla.

Y ahí aparece una paradoja difícil de disimular. Con toda una tradición teológica centrada en la dignidad humana, cabría esperar que la preocupación principal girara en torno a la desigualdad, la precariedad o la exclusión. Pero no: el foco se desplaza hacia quienes reciben ayuda, no hacia las causas que la hacen necesaria. Como si el verdadero problema moral no fuera la pobreza, sino el alivio de la pobreza.

Iglesias Vacías
Cada vez más gente se está marchando de las iglesias. Y no parece que sea por falta de misas, de rosarios o de confesiones. La explicación probablemente sea bastante más incómoda: hay quien se va porque el mensaje que escucha ya no le suena al Evangelio. Porque percibe una distancia creciente entre lo que se predica y lo que se vive. Y la gente —conviene recordarlo— no es tonta.

El Evangelio, sin embargo, no deja mucho margen para ese tipo de giros interpretativos. “Tuve hambre y me disteis de comer” no distingue entre ayuda pública o privada, ni introduce sospechas preventivas. Sitúa el problema donde está: en la necesidad concreta de las personas. Y responder a esa necesidad no es una opción estética, sino una exigencia moral.

Por eso resulta llamativo que se contraponga, de forma más o menos explícita, la acción pública con la caridad privada. Como si ayudar estuviera bien… siempre que no se convierta en derecho. Porque cuando la ayuda deja de depender de la buena voluntad y pasa a formar parte de las estructuras, entonces empieza a incomodar. Ya no es virtud; es política. Y la política, al parecer, genera desconfianza.

Sin embargo, la Doctrina Social de la Iglesia —de Rerum Novarum a Fratelli Tutti— es bastante clara: la justicia social no es opcional, y el Estado tiene la obligación de intervenir para garantizarla. No como concesión, sino como exigencia del bien común. Reducir todo eso a “paguitas” no es simplificar: es deformar.

Aquí es donde la ironía se vuelve inevitable. Se insiste en la necesidad de más oración, más sacramentos, más práctica religiosa, como si el alejamiento de la Iglesia fuera un problema de liturgia insuficiente. Pero quizá convendría considerar algo más sencillo: que la gente no se va por falta de ritos, sino por exceso de incoherencia. Que reconoce cuándo el mensaje que recibe no encaja con el Evangelio que se le predica.

Papa Francisco
La Doctrina Social de la Iglesia —de Rerum Novarum a Fratelli Tutti— es bastante clara: la justicia social no es opcional, y el Estado tiene la obligación de intervenir para garantizarla. No como concesión, sino como exigencia del bien común. Reducir todo eso a “paguitas” no es simplificar: es deformar.

Porque resulta difícil sostener la credibilidad de un discurso que apela a la compasión y, al mismo tiempo, ridiculiza las herramientas que permiten a las personas vivir con un mínimo de dignidad. Como si la precariedad fuera un contexto neutro en el que la fe pudiera florecer sin interferencias. Como si el Evangelio pudiera entenderse al margen de las condiciones materiales de la vida. Y se sigue insistiendo, como si el problema fuera la falta de fe… y no la falta de coherencia.

Tal vez porque —y aquí la ironía ya no es tan sutil— quienes sostienen ese discurso no viven las consecuencias de aquello que cuestionan. No dependen de salarios precarios ni de ayudas sociales para salir adelante. Su sustento está garantizado. Y eso introduce una distancia que, cuando no se reconoce, acaba convirtiéndose en desconexión.

Pero hay algo más de fondo, y más inquietante. Como señala José Manuel Vidal en uno de sus artículos, una parte del discurso eclesial contemporáneo corre el riesgo de alinearse peligrosamente con los marcos ideológicos de la ultraderecha, reduciendo el cristianismo a una identidad cultural defensiva, a una trinchera política. No es un matiz retórico: apunta a una deriva de fondo que afecta al núcleo mismo del mensaje cristiano. Porque lo que está en juego no es solo el lenguaje, sino algo mucho más profundo: la transformación de una fe universal en un instrumento ideológico, donde el pobre deja de ser sujeto preferente para convertirse en sospechoso, y donde la compasión queda subordinada al orden, al control y a una determinada visión del mundo.

Semillero de curas ultras
Como señala José Manuel Vidal en uno de sus artículos, una parte del discurso eclesial contemporáneo corre el riesgo de alinearse peligrosamente con los marcos ideológicos de la ultraderecha, reduciendo el cristianismo a una identidad cultural defensiva, a una trinchera política. No es un matiz retórico: apunta a una deriva de fondo que afecta al núcleo mismo del mensaje cristiano. Porque lo que está en juego no es solo el lenguaje, sino algo mucho más profundo: la transformación de una fe universal en un instrumento ideológico, donde el pobre deja de ser sujeto preferente para convertirse en sospechoso, y donde la compasión queda subordinada al orden, al control y a una determinada visión del mundo.

Cuando eso ocurre, el Evangelio deja de ser una buena noticia para los últimos y se convierte en un relato cómodo para los instalados. Ya no interpela; legitima. Ya no incomoda; tranquiliza. Y entonces sí, el problema deja de ser terminológico —si se dice “paguitas” o no— para convertirse en algo mucho más serio: una distorsión profunda del mensaje cristiano.

Mientras tanto, en la realidad, hay trabajadores que no llegan a fin de mes, familias que dependen de una prestación para no caer en la exclusión. Pero todo eso desaparece cuando el debate se reduce a una palabra condescendiente. Las “paguitas” no explican la realidad: la simplifican hasta hacerla irreconocible.

No se trata de decir que las políticas sociales sean perfectas. Deben evaluarse, mejorarse, corregirse. Pero una cosa es el análisis serio y otra la caricatura. Y cuando la caricatura sustituye al argumento, lo que se pierde no es solo rigor: es también credibilidad.

Al final, la cuestión es bastante simple. ¿El vulnerable es un sujeto de derechos o un sospechoso habitual? Porque el Evangelio lo sitúa en el centro, no en el margen. Y cuando ese centro se desplaza, no hace falta expulsar a nadie: los fieles se marchan por su propio pie, con una mezcla de decepción y lucidez, dejando atrás bancos vacíos… mientras desde el púlpito se sigue hablando, cada vez con más seguridad, para quienes ya no están.

Trabajo decente

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