El fariseísmo también puede vestirse de rigorismo

Hay un rigorismo que vigila con lupa la forma en que el otro se acerca al altar, pero jamás se pregunta con qué disposición se acerca él al hermano. Porque cuando la observancia sirve para sentirse superior, deja de ser humildad y empieza a parecerse demasiado al fariseísmo que el propio Evangelio condena.

Los rituales no satisfacen
Los rituales no satisfacen

Resulta difícil no estar de acuerdo con una afirmación de partida: la fidelidad a la doctrina y la liturgia de la Iglesia no está reñida con la misericordia, la humildad ni la cercanía. Un sacerdote puede celebrar conforme a las normas y entregar su vida por los demás; un católico puede defender íntegramente la doctrina y, al mismo tiempo, acompañar con delicadeza a quien sufre. Nadie debería plantear una oposición artificial entre fidelidad y caridad.

Pero precisamente por eso sorprende que, después de establecer esa premisa correcta, se termine presentando la misericordia casi como una sospechosa coartada de quienes pretenden rebajar la exigencia cristiana, mientras que la observancia aparece revestida de una especie de superior garantía de humildad. Ahí es donde conviene detenerse y volver al Evangelio, porque Jesucristo fue mucho más exigente con la religión cuando la religión corría el riesgo de olvidarse del hombre.

Fariseismo
Fariseismo
Hace bastantes años tuve ocasión de tratar con un sacerdote de posiciones muy rigoristas, especialmente preocupado por las formas litúrgicas y muy crítico con quienes reciben la comunión en la mano en lugar de hacerlo en la boca. No pretendo entrar en esa discusión. Lo que recuerdo es otra cosa. Un día coincidí con él en la cola de un hospital, donde esperaba para hacerse una analítica. Delante había varias personas, entre ellas ancianos, mujeres y niños pequeños, que aguardaban pacientemente su turno. Aquel sacerdote, sin embargo, comenzó a pasar por delante de los demás.

Jesús no despreció la Ley ni enseñó que las normas fueran irrelevantes. Lo que hizo fue recordar constantemente que ninguna observancia puede convertirse en un fin en sí misma. «El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27). Y cuando quienes se consideraban fieles a la tradición cuestionaron su cercanía con los pecadores, respondió: «Misericordia quiero y no sacrificio» (Mt 9,13).

No son dos frases para utilizar cuando nos convienen. Son criterios fundamentales para interpretar la propia experiencia religiosa.

Por eso habría que preguntarse si el problema está realmente en quienes recuerdan la misericordia, o si existe también un peligro en quienes llegan a identificar la fidelidad cristiana, casi exclusivamente, con la corrección de las formas externas. La liturgia importa, la doctrina importa y la tradición importa, pero ninguna de ellas convierte automáticamente en humilde, caritativa o santa a la persona que las observa. El Evangelio jamás concede semejante garantía.

Hace bastantes años tuve ocasión de tratar con un sacerdote de posiciones muy rigoristas, especialmente preocupado por las formas litúrgicas y muy crítico con quienes reciben la comunión en la mano en lugar de hacerlo en la boca. No pretendo entrar en esa discusión. Lo que recuerdo es otra cosa.

Un día coincidí con él en la cola de un hospital, donde esperaba para hacerse una analítica. Delante había varias personas, entre ellas ancianos, mujeres y niños pequeños, que aguardaban pacientemente su turno. Aquel sacerdote, sin embargo, comenzó a pasar por delante de los demás.

Rigorismo
Rigorismo
Cuando reprocha a los fariseos su manera de entender la religión, no les acusa de no cumplir. Les acusa precisamente de cumplir unas cosas mientras descuidan otras que considera más importantes: «Diezmáis la menta, el eneldo y el comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad» (Mt 23,23).

Lo vi personalmente.

No cuento esta anécdota para juzgar su conciencia ni para convertir una actuación concreta en una condena de toda su persona. Todos podemos ser incoherentes y todos necesitamos misericordia. Pero aquella escena plantea una pregunta que resulta difícil esquivar cuando se habla tanto de observancia religiosa: ¿qué sentido tiene una preocupación extraordinaria por la forma en que otro recibe la Eucaristía si no somos capaces de respetar al anciano, al niño o al enfermo que tenemos delante?

El propio Jesús ya había respondido.

Cuando reprocha a los fariseos su manera de entender la religión, no les acusa de no cumplir. Les acusa precisamente de cumplir unas cosas mientras descuidan otras que considera más importantes: «Diezmáis la menta, el eneldo y el comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad» (Mt 23,23).

Aquí está probablemente el punto que más debería hacernos reflexionar. El problema no es la observancia; el problema aparece cuando la observancia se convierte en una medida de superioridad sobre los demás.

Eso es exactamente lo que sucede en la parábola del fariseo y el publicano. El fariseo cumple, ayuna y presenta sus méritos ante Dios. Pero necesita mirar al publicano para sentirse justo. El publicano, en cambio, solamente puede reconocer su propia pobreza. Y es este último quien sale justificado (Lc 18,9-14).

Por eso también resulta necesario tener cuidado con determinadas palabras. Se denuncia con razón que no debe llamarse «rígido», «fariseo» o «escrupuloso» a quien simplemente quiere ser fiel a la Iglesia. De acuerdo. Pero tampoco parece razonable responder atribuyendo «ego», «arrogancia» o pretensiones de poder a quienes ponen el acento en la misericordia, la acogida o la necesidad de atender a las personas. Si rechazamos los juicios sobre las intenciones ajenas, debemos rechazarlos para todos.

Fariseos de hoy en día
Fariseos de hoy en día
Jesús no despreció la Ley ni enseñó que las normas fueran irrelevantes. Lo que hizo fue recordar constantemente que ninguna observancia puede convertirse en un fin en sí misma. «El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27). Y cuando quienes se consideraban fieles a la tradición cuestionaron su cercanía con los pecadores, respondió: «Misericordia quiero y no sacrificio» (Mt 9,13).

Porque el ego puede aparecer en quien pretende modificarlo todo según su criterio, pero también en quien convierte su manera particular de observar la religión en una credencial desde la que examina permanentemente a los demás. La soberbia no tiene una liturgia determinada ni pertenece a una sensibilidad concreta. También puede esconderse detrás de una observancia impecable.

Y tampoco se trata de defender una misericordia sin verdad. La misericordia cristiana no significa que todo dé igual, ni que la doctrina pueda modificarse según nuestras preferencias. Pero presentar la misericordia como una especie de concesión sentimental frente a la verdadera exigencia cristiana tampoco resiste la lectura del Evangelio. Cristo no opuso verdad y misericordia. Las vivió inseparablemente.

Por eso, cuando hablamos de fidelidad, deberíamos hablar de la fidelidad completa: de la fidelidad a la doctrina, pero también de la fidelidad al mandamiento del amor; de la fidelidad a la liturgia, pero también de la fidelidad a la justicia; de la fidelidad a la tradición, pero también de la fidelidad al hermano que sufre.

Cuando llegue el juicio que describe san Mateo, Cristo no preguntará solamente qué normas defendimos o cuántas veces corregimos la conducta de los demás. Preguntará si dimos de comer al hambriento, si visitamos al enfermo, si acogimos al extranjero y si atendimos al necesitado: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

Por eso convendría recordar, antes de utilizar la palabra «ego» para explicar la conducta ajena, que Jesús también dijo: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Mt 7,1).

Fariseismo.
Fariseismo.
Cuando llegue el juicio que describe san Mateo, Cristo no preguntará solamente qué normas defendimos o cuántas veces corregimos la conducta de los demás. Preguntará si dimos de comer al hambriento, si visitamos al enfermo, si acogimos al extranjero y si atendimos al necesitado: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

La Iglesia necesita fidelidad, doctrina, tradición y liturgia. Pero necesita también recordar para qué existen todas esas cosas. No para que el hombre pueda sentirse superior a su hermano, sino para conducirlo hacia Cristo.

Y Cristo dejó bastante claro cómo se reconoce a quien realmente le sigue: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,35).

Quizá, por tanto, el verdadero rigor cristiano no consista solamente en examinar cuidadosamente cómo cumplen los demás las normas de la Iglesia. Consiste también en permitir que el Evangelio examine, con la misma severidad, nuestra propia manera de tratar al hermano.

Porque la fidelidad a las formas puede ser necesaria.

Pero la fidelidad a Cristo siempre tendrá que llegar hasta la persona que tenemos delante.

También te puede interesar

Lo último

stats